En 2011, el cine de autor estaba de suerte: el nacimiento de Annapurna Pictures situaba a un selecto grupo de cineastas independientes como referentes del cine estadounidense a escala mundial. La empresa de Megan Ellison irrumpía en Hollywood con el objetivo de producir un cine ambicioso que el resto de estudios consideraba demasiado arriesgado y poco rentable, convirtiéndose en una especie de refugio para este tipo de proyectos. Por Belit Lago

Durante su primera década, Annapurna se convirtió en sinónimo de prestigio crítico; sin embargo, los problemas llegaron cuando la calidad artística de sus propuestas no se tradujo en éxito comercial, un hecho que acabaría marcando su etapa posterior.
Pero volvamos a los inicios. En su primer año, Ellison —quien fundó la empresa con tan solo 25 años y fue incluida en la emblemática lista de las 100 personas más influyentes del mundo de la revista Time en 2014— se encargó de financiar varias obras que hoy forman parte de la historia del cine contemporáneo.
Así, Annapurna se consolidaría como una de las productoras independientes más influyentes de la década, con una identidad marcada por la sofisticación y la innovación formal que dejaría huella en la industria. Su catálogo, centrado en el cine independiente, combinaba propuestas para públicos diversos, donde géneros y formas se entendían como conceptos flexibles capaces de abarcar desde el drama histórico hasta la comedia irreverente, pasando por el thriller político o incluso el fantástico.

The Master (2012), del reciente ganador del Oscar a mejor dirección Paul Thomas Anderson; la provocadora Spring Breakers (2012), del excéntrico artista audiovisual Harmony Korine; o La noche más oscura (2012), trabajo inmediatamente posterior a En tierra hostil (2008) de Kathryn Bigelow, fueron algunas de las apuestas de ese inicio rompedor, que culminó en un 2013 especialmente significativo: hasta 17 producciones vinculadas a Annapurna lograron colarse en las nominaciones a los Premios de la Academia.
Durante los siguientes años le llegaría el turno a Wong Kar-wai con The Grandmaster (2013), Spike Jonze con Her (2013) o Todd Solondz con su última película hasta la fecha, Wiener-Dog (2016) —a la espera de la todavía pendiente de estreno Wild Child—, hasta que, en 2017, una serie de decisiones comenzó a torcer el rumbo del estudio.
Annapurna decidió probar suerte en la distribución, siendo Detroit (2017) su primera gran apuesta en este terreno. También firmó un acuerdo con Plan B Entertainment, productora fundada por Brad Pitt, Jennifer Aniston, Brad Grey y Kristin Hahn, una alianza que duraría tan solo tres años, pero de la que surgirían títulos como El blues de Beale Street (2018) de Barry Jenkins, quien dos años antes se había llevado dos premios Oscar por Moonlight, una de las primeras bombas de A24 (en coproducción junto a Plan B).

Ese mismo año, Annapurna y MGM (hoy Amazon MGM Studios) crearon una empresa conjunta de distribución que en 2019 desembocaría en United Artists Releasing. Lejos de consolidar el proyecto, esta estrategia terminó por sumir a la compañía en una delicada situación financiera: películas como El vicio del poder (Adam McKay, 2018) o Destroyer. Una mujer herida (Karyn Kusama, 2018) generaron pérdidas considerables, a lo que se sumó el abandono de proyectos como El escándalo (Jay Roach, 2019).
Después de una temporada fuera de juego —de 2020 a 2024 no estrenaron ningún título destacable—, parece que Annapurna resurge con la intención de volver a su esencia inicial: apoyar un cine de presupuesto medio que hoy en día parece olvidado tras la obsesión de las majors en la producción masiva (e indecente) de reboots, franquicias y remakes. Con la noticia del retorno de los antiguos ejecutivos Chelsea Barnard y Matthew Budman, y a la espera de nuevas contrataciones, la productora vuelve con ganas de hacer frente a una nueva etapa centrada en recuperar su espíritu original.
La (primera) edad de oro
Desde sus inicios, Annapurna ha defendido un modelo de cine muy concreto, y la elección de cineastas como Kathryn Bigelow, Paul Thomas Anderson o Harmony Korine define su identidad.
Su apuesta por el cine de autor en un momento en el que pocos estudios miraban en esa dirección fue clave para construir una primera etapa de éxitos: como mecenas de voces únicas, priorizaron la visión artística frente a criterios comerciales, y esta no era la actitud predominante.

Sus primeras producciones destacan precisamente por asumir riesgos: el abordaje de Her de la soledad en la era digital convirtió la película de Jonze en un hito generacional; mientras que el tándem interpretativo formado por Phoenix y Seymour Hoffman en el inteligentísimo retrato de la cienciología que es The Master significaría para buena parte del público y la crítica la certeza de estar frente a una obra maestra instantánea.
Por su parte, Spring Breakers rompió cánones estéticos y recuperó la energía visual del videoclip de los primeros dos mil, ofreciendo una vía de escape vandálica a estrellas infantiles de Disney Channel como Selena Gomez o Vanessa Hudgens.
Una expansión truncada
Con la creación de nuevas divisiones a partir de 2016 —Annapurna Television y Annapurna Interactive—, la empresa quiso mirar más allá del séptimo arte, pero quizás dividir energías no fue la decisión más acertada. En el ámbito del videojuego lograron el reconocimiento de la crítica gracias a títulos como What Remains of Edith Finch (2017) o Outer Wilds (2019); sin embargo, en el cine, su voluntad de ampliar el control creativo y económico terminó por volverse en su contra.
Películas como Detroit (Kathryn Bigelow, 2017) o Joy (David O. Russell, 2015), pese a una recepción crítica favorable, simplemente no resultaron rentables. El modelo que les había funcionado durante años empezaba a mostrar fisuras: producir cine de autor con presupuestos demasiado altos para el cine independiente chocaba frontalmente con las lógicas del mercado.
El retorno de Annapurna
En los últimos años, aunque con un perfil más discreto, la productora ha seguido participando en distintos proyectos. Los números ya no acompañan como antes, y la atención mediática también se ha visto afectada, pero Annapurna parece recomponerse poco a poco. Quién sabe si en el futuro llegará a competir con A24, tótem actual de cine independiente estadounidense.
En esta nueva fase, aun manteniéndose fiel a sus principios, la compañía parece renovar su ambición creativa: sus últimas producciones muestran un leve cambio estratégico al tomar en cuenta el mercado, sin que esto signifique dejar de lado la identidad de sus proyectos.
Con su primer film animado, Nimona (2023), distribuido por Netflix y reflejo de un momento clave en la historia de la empresa —ya que demuestra sus ganas de explorar otros formatos con el objetivo de conectar con públicos más amplios sin renunciar a su personalidad—, recibieron una nominación al Oscar.

En 2024 coprodujeron, junto a Searchlight Pictures, la adaptación de la novela de Rachel Yoder Canina, con Marielle Heller a la dirección y Amy Adams como protagonista. La propuesta, que despertó opiniones dispares entre la crítica internacional, logró conseguir algunas nominaciones en certámenes internacionales relevantes. Su capacidad de mezclar la comedia negra con el relato feminista de corte fantástico daba como resultado una obra doblemente interesante: no únicamente por la realidad que mostraba —el día a día de una madre superada por las circunstancias de la vida familiar—, sino también por la forma en la que lo hacía: a través de una alegoría surrealista que acabaría despertando pasiones en la 57.ª edición del Festival de Sitges.
Más reciente es El testamento de Ann Lee (Mona Fastvold, 2025), que, tras una ovación de quince minutos en Venecia, pudo colarse entre las nominadas de los Globos de Oro y los Independent Spirit Awards.
Para el presente año, dos producciones que prometen: la nueva película de Olivia Wilde, The Invite, basada en la obra de teatro Los vecinos de arriba del dramaturgo y cineasta catalán Cesc Gay y I Love Boosters de Boots Riley, quien capta con acierto la desesperanza del capitalismo actual en una distopía hilarante.
Si algo ha demostrado el estudio californiano a lo largo de sus quince años de existencia es que el prestigio no garantiza estabilidad, pero también —y no menos importante— que todavía existe un espacio para un cine que desafía las reglas del mercado. Veremos si su nuevo equipo es capaz de encontrar el equilibrio justo entre arte y rentabilidad sin renunciar a aquello que les hizo imprescindibles: la confianza en el cine de autor.