Siete meses después del estreno de 28 años después, uno de los hits de terror más celebrados del año pasado, su secuela —centrada en Ian Kelson y Jimmy Crystal— aterriza en nuestras salas con una aventura más calmada, pero igualmente sanguinaria. Por Belit Lago

Desde un punto de vista creativo, la fuerza que emana del trabajo de la dupla Garland-Boyle es incontestable, y así lo demostraban (de nuevo) en la primera entrega de esta secuela de 28 semanas después (Juan Carlos Fresnadillo, 2007), propuesta que justificó, minuto a minuto, esos largos 18 años de espera.
Mientras nos volaba la cabeza con su apuesta formal, también nos ablandaba el corazoncito con su trama familiar y nos hacía sudar de lo lindo con esos personajes ¿súper?dotados que te arrancaban la espina dorsal con una caricia desgarbada. Y lo mejor no fue la propia experiencia cinematográfica, sino la noticia de que estábamos ante la primera parte de una trilogía escrita por el director de Warfare, cuya continuación —prevista para 2026 bajo el título 28 años después: El templo de los huesos— estaría dirigida por Nia DaCosta. Casi nada.
La directora del notable remake de Candyman (2021) asume el reto con brío, ofreciendo dos retratos de la soledad masculina articulados a través de dos tramas paralelas que, como suele ocurrir, acaban por confluir.

Quienes esperen encontrarse hordas de zombis, persecuciones infinitas o cantidades ingentes de hemoglobina envenenada, lamento deciros que no estáis de suerte. Garland y DaCosta —sin olvidarse nunca del muerto viviente— se centran aquí en el monstruo más terrorífico: el humano.
Por un lado, el personaje del doctor Ian Kelson continúa aislado de todo y de todos hasta que descubre, gracias a sus conocimientos médicos, una lúdica forma de relacionarse con el otro. Su voluntad por humanizar al infectado nos regala secuencias entrañables que remiten a cómo el inventor de Eduardo Manostijeras se emocionaba al contemplar las manos que pensaba colocarle a su creación justo antes de su fallecimiento.
Una relación que entremezcla la amistad y el vínculo paternofilial para hablar de las posibilidades de acercamiento una vez superado el miedo. En el mundo en el que vivimos, una premisa que roza ya la ciencia ficción.
Por otro lado está quien para muchos es el personaje más detestable y a la vez más icónico de la trilogía: Jimmy Crystal, o lo que es lo mismo, el hijo de Satán. Interpretado por un acertadísimo Jack O’Connell (a quien también hemos visto recientemente como vampiro en Los pecadores), siempre va acompañado de su banda de matones que, oh sorpresa, se llaman igual que él. Y en el fondo, ese terror que proyecta —no solo hacia los desconocidos, sino también dentro de su propio grupo— es la prueba de que, al igual que el doctor, está más solo que la una.
Si bien la culminación de ambos caminos —es decir, el momento en que los dos protagonistas se encuentran— da lugar a un final bastante espectacular, con número musical a cargo de Ralph Fiennes incluido, lo más interesante de 28 años después: El templo de los huesos es su cruel retrato de la maldad.

Si en la primera parte la aldea de supervivientes funcionaba como halo de esperanza en una sociedad gobernada por la enfermedad (entendida, quizá, como metáfora del nacionalismo), esta secuela apenas ofrece destellos de luminosidad.
Tan solo un personaje secundario (y embarazado) logra escapar de las diabólicas garras de esos rubios satánicos, que, por otro lado, son los responsables de las secuencias más violentas y gores del film, momentos realmente crudos (y festivos) que obligarán a más de uno a apartar los ojos de la pantalla.