Las historias sobre crímenes reales siempre han estado presentes en la conversación pública, pero durante los últimos años han experimentado un enorme auge que las ha convertido en uno de los géneros estrella de la industria audiovisual actual. El true crime, entendido como la reconstrucción narrativa de delitos reales a través de herramientas propias del documental (y en algunas ocasiones, también de la ficción), ha dejado de ser un formato marginal para ocupar un lugar central en la oferta de las principales cadenas de televisión y plataformas de streaming. Por Fer S. Carrascosa

En España, este fenómeno ha encontrado un terreno especialmente fértil, tanto por la potencia de sus historias como por la evolución de la industria audiovisual.
Aunque el interés por los sucesos viene de lejos en nuestro país, tal y como se puede comprobar gracias a la extensa tradición de programas televisivos o de la crónica negra en prensa, el salto cualitativo del true crime se produce cuando el género empieza a adoptar una serie de códigos narrativos más sofisticados.
De este modo, ya no se trata únicamente de relatar un caso concreto, sino de construir un relato con ritmo, punto de vista y ambición estética. En este sentido, títulos como El caso Alcàsser (Elías León Siminiani, 2019) marcaron un antes y un después al demostrar que una historia conocida podía revisitarse desde una mirada contemporánea, con acceso a material de archivo inédito y con una estructura que apelaba directamente al espectador de las plataformas.
A partir de ahí, el crecimiento ha sido exponencial. Producciones como Crims (Crímenes) (Carles Porta, 2020-), han logrado consolidarse durante varias temporadas con una audiencia fiel. Del mismo modo, propuestas como Dolores: La verdad sobre el caso Wanninkhof (Noemí Redondo, 2021), han contribuido a definir un ecosistema en el que el true crime no solo interesa, sino que además también genera una conversación social, reabre debates y, en algunos casos, incluso influye en la percepción pública de los hechos.
Pero este auge no podría entenderse sin el papel crucial de las plataformas de streaming, que han encontrado en el true crime un formato reconocible, exportable y capaz de fidelizar al espectador a lo largo de varios episodios. Además, la serialización de este tipo de producciones también ha permitido profundizar en los casos con un nivel de detalle que antes resultaba impensable en una cadena de televisión generalista. Pero al mismo tiempo, también ha introducido nuevas exigencias, como la necesidad de mantener la tensión narrativa, de dosificar la información y de competir en un mercado saturado de contenidos.
En este contexto, las productoras españolas han tenido que adaptarse rápidamente a estas circunstancias. Algunas, como las responsables de Cómo cazar a un monstruo (Carles Tamayo, 2024) o El asesino de la baraja (Román Parrado, 2022), han apostado por desarrollar proyectos que combinan una cuidada investigación periodística, con el acceso a fuentes primarias y un exhaustivo trabajo de realización.
Por su parte, otras producciones han alternado el documental con la ficción basada en hechos reales, como El caso Asunta (Ramón Campos, Gema R. Neira, Jon de la Cuesta, David Orea Arribas, 2024), lo que también ha servido para abrir un nuevo debate al respecto, al plantear preguntas como qué supone el dramatizar una historia real o dónde se encuentran los límites de ambos lenguajes narrativos.
De hecho, si algo define al true crime actual es precisamente esa tensión entre el rigor y la narrativa. Contar un crimen real implica enfrentarse a materiales sensibles como sumarios judiciales, testimonios, o imágenes de archivo, y convertirlos en un relato accesible sin traicionar su complejidad. El uso del archivo, en particular, se ha convertido en una de las herramientas fundamentales del género puesto que además de aportar una gran veracidad al relato, también permite reconstruir el contexto mediático en el que ocurrieron los hechos, evidenciando cómo fueron contados en su momento.
Sin embargo, la utilización de este tipo de material plantea importantes dilemas debido a la exposición que en él se hace sobre las víctimas y sus familiares, abriendo la posibilidad de reabrir heridas o cayendo en la tentación de darle un enfoque sensacionalista; unas cuestiones que sobrevuelan cualquier producción de true crime. En España, donde muchos de los casos abordados forman parte de la cultura popular, estas decisiones adquieren un peso aún mayor. ¿Hasta qué punto es legítimo volver sobre una historia conocida? ¿Qué responsabilidad tienen los creadores en la construcción del relato? ¿Puede el true crime contribuir a esclarecer, o al menos a replantear, hechos del pasado?

A estas preguntas se suma otra dimensión clave: la legal. El acceso a determinados documentos, los derechos sobre las imágenes o las posibles implicaciones judiciales de ciertas afirmaciones obligan a los equipos a moverse en un terreno complejo, donde la creatividad está inevitablemente condicionada por los límites legales. Lejos de ser un obstáculo menor, este marco forma parte del propio proceso de producción y condiciona decisiones que van desde el enfoque hasta el montaje final.
Pese a todo, o quizá precisamente por ello, el true crime sigue creciendo. Su capacidad para combinar la investigación, el relato y la reflexión social lo convierte en un género especialmente atractivo en un momento en el que el espectador demanda contenidos que vayan más allá del entretenimiento. En el caso de nuestro país, además, existe una generación de creadores y productoras que ha sabido apropiarse del formato y adaptarlo a las particularidades de nuestro contexto.
Este reportaje pretende adentrarse en ese proceso desde dentro, a través de la voz de productores y directores que han trabajado directamente en este tipo de proyectos, para poder explorar cómo se construye hoy el ‘true crime’ en España. De este modo, Rubik Audiovisual ha tenido la oportunidad de contar con el testimonio de tres voces autorizadas dentro del terreno del true crime nacional: el cineasta Elías León Siminiani, director de El caso Alcàsser; Ramón Campos, CEO de Bambú Producciones, productora responsable de éxitos como el El caso Asunta; y Laura Tremoleda, cofundadora y directora de formatos y contenidos de Goroka TV, productora de series documentales como Crims (Crímenes) o La caza del solitario.
Para empezar, hemos querido conocer a qué se debe el auge del true crime en España y por qué la audiencia siente una conexión tan fuerte con este tipo de historias. Ramón Campos, de Bambú Producciones, nos explica que “el auge del true crime responde a algo bastante primario: la necesidad de entender el mal desde una distancia segura. Aun así, no es algo nuevo, ya teníamos true crime en el teatro clásico, en la literatura, en la radio, en la televisión… Lo que ha cambiado es la forma de consumirlo, además de que ahora hay una narrativa mucho más sofisticada. El espectador ya no busca solo saber qué pasó, sino entender por qué pasó y en qué contexto”.
Por su parte, Laura Tremoleda, de Goroka TV, comenta que “en nuestro caso concreto, creo que la conexión con el público se debe a la manera que tenemos de contar esas historias. A diferencia de la mayoría de los true crimes, nosotros no solo explicamos un crimen, sino que lo narramos. La importancia está en el relato. Buscamos que tenga giros de guion y dosificamos bien la información para que llegue en el momento preciso. Cada capítulo lo contamos con mecanismos narrativos de una ficción y convertimos a los testigos reales en personajes, para que el espectador conecte y empatice con ellos”.

También hemos querido profundizar en la forma de aproximarse a este género que tienen cada uno de los tres entrevistados desde sus respectivas posiciones. En el caso del director Elías León Siminiani, nos cuenta que siempre ha admirado la narrativa del Nuevo Periodismo que, entre otras cosas, “implica el establecimiento de un punto de vista personal sin renunciar en ningún momento al contraste riguroso de datos y la exhaustividad documental”.
“También contempla la introducción del propio proceso investigador en el seno del relato. Esta última práctica, que podemos llamar meta, la venía practicando en mi trabajo anterior de corte más personal y ensayístico, gracias también a la voz en off. En El caso Asunta: Operación Nenúfar, y los demás true crime que he hecho no hay voz en off, pero sí esa impronta del Nuevo Periodismo que traía de Tom Wolfe, Talese, Joan Didion o Norman Mailer. Por otro lado, me fijé mucho en el vuelo noir que Errol Morris le había dado a The Thin Blue Line (1988), un título indispensable para entender las primeras semillas del true crime audiovisual contemporáneo”, explica el cineasta.
En este sentido, Ramón Campos cree que “el espectador de hoy está muy acostumbrado a consumir contenido, así que necesitas construir un relato que le atrape, pero sin traicionar la verdad de lo que estás contando. Por eso lo diferencial no está tanto en el caso como en el enfoque. Hay muchos casos conocidos, pero lo importante es qué mirada tienes sobre ellos. Buscamos profundidad, no solo reconstrucción. Que el proyecto nos permita reflexionar sobre algo más que un crimen y nos ayude a entendernos como sociedad, o el momento que estamos viviendo. Cuando tienes claro qué quieres contar más allá de los hechos, es decir, qué reflexión hay detrás, es cuando el proyecto realmente encuentra su dirección”.
Del mismo modo, Laura Tremoleda, opina que la clave radica en el enfoque y el estilo del producto: “Nosotros hemos aprendido que lo más importante es el relato. Que una buena historia tiene que estar bien contada, con rigor y respeto. Cada plano está muy pensado porque nosotros no reconstruimos un crimen, sino que sugerimos una emoción. Sin enseñar el asesinato, ni el cadáver, ni la sangre».
«A diferencia de otros productos similares, nosotros utilizamos el lenguaje cinematográfico para contar la historia. No enseñamos exactamente lo que pasó, lo sugerimos a través de imágenes simbólicas para que sea el espectador quien complete con su imaginación lo que está fuera de campo. El crimen no se ve, se imagina. Hay más tensión en un plano de una puerta entreabierta que en un cadáver lleno de sangre”, afirma Tremoleda.
No obstante, como ya hemos señalado con anterioridad, un tratamiento poco cuidado puede incurrir fácilmente en el sensacionalismo y en la falta de respeto para las víctimas y sus familiares. En este sentido, hemos querido conocer cuáles son las claves para crear un relato sólido sin caer en este tipo de trampas.
Laura Tremoleda nos da su visión al respecto: “En nuestro caso, pensamos mucho cada plano, cada palabra la ponemos en duda. No hay nada improvisado. Somos un equipo muy grande y cada uno en su campo analiza y reflexiona si la opción que está escogiendo es la mejor para respetar a la víctima, explicar la historia con rigor y generar interés en el espectador. No enseñamos cadáveres, ni sangre, ni somos nada obvios. No buscamos conectar con el espectador a través del morbo, queremos tocar sus emociones más primarias. Nuestro interés es contar lo que pasó con el máximo respeto intentando entender sin juzgar, sin opinar. Nosotros buscamos seducir al espectador, que empatice con la historia, llegar a su corazón”.
Por su parte, Ramón Campos explica que las consideraciones éticas y legales “tienen un peso absoluto. No es un elemento más, es la base sobre la que se construye todo. Estamos hablando de personas reales, de dolor real, y eso obliga a tener mucho cuidado. Desde el punto de vista legal, hay que ser extremadamente rigurosos: todo lo que se cuenta debe estar respaldado. Pero más allá de lo legal, está lo ético. Hay líneas que no se deben cruzar, aunque se puedan cruzar. El respeto a las víctimas y a sus familias es fundamental. Y también entender que hay historias que, por muy atractivas que sean narrativamente, quizá no deben contarse, o no en este momento”.

El realizador Elías León Siminiani se pronuncia a este respecto sobre la necesidad de cuestionar el tratamiento que se ha dado a estos casos en los medios tradicionales: “En general no creo que deba ser una obligación del ‘true crime’ cuestionar sus relatos. Más bien considero que lo que debería hacerse es plantear relatos sólidos, con una investigación seria y que no recurra a la truculencia o a estilemas mil veces repetidos para levantarlos. O sea, no es tanto que el ‘true crime’ deba cuestionar su lenguaje sino más bien el hecho de que apenas se produzcan ‘true crimes’ de calidad”.
Además, desde Rubik Audiovisual nos hemos interesado por cuáles son concretamente los principales desafíos que se encuentran al sumergirse en este género. Ramón Campos nos lo explica: “La diferencia principal es que en el true crime no tienes red. Trabajas con lo que hay, y muchas veces lo que hay es incompleto o contradictorio. En ficción puedes reconstruir, decidir qué enseñar y qué no, y darle una forma más cerrada al relato. En el documental tienes que aceptar que hay zonas oscuras, dudas, versiones que no encajan del todo… Y aun así construir algo que tenga sentido».
Además, está la cuestión del acceso, esto es, «conseguir testimonios, archivos, hablar con gente que muchas veces no quiere hablar… Todo eso es un proceso largo y delicado”.
En este contexto, Elías León Siminiani apunta al desgaste psicológico que conlleva el hecho de involucrarse en este tipo de historias truculentas: “Al principio me sentía bastante inmune porque estaba inmerso en un proceso muy profundo de aprendizaje: del sistema judicial español, de las disciplinas investigadoras en las fuerzas de seguridad del Estado y de otros extremos de los que tenía apenas conocimiento. Pero con el paso del tiempo, concretamente después de terminar 800 metros, sí sentí que llevaba demasiado tiempo conviviendo, digamos, con la sombra del ser humano. Necesité dar un paso hacia algo más luminoso y esa fue la semilla de El circo de los muchachos, que es una serie por la que tengo especial debilidad por la naturaleza de su historia”.
Laura Tremoleda, de Goroka TV, también nos comenta cuáles son, en su experiencia, las principales dificultades de sumergirse en el true crime: “Cada historia es única. Tiene unos protagonistas, una víctima y una forma propia de ser contada. Nos planteamos cada capítulo como una película. Tiene sus giros, sus personajes y nuestra mirada siempre es nueva. Analizamos qué tiene de único, de diferente, y apostamos por contarlo con la técnica audiovisual y las imágenes que sean mejores para ese caso. Buscamos qué tono le queremos dar a cada historia y escogemos la mejor manera de contarla: construyendo una maqueta, realizando ilustraciones, con cámaras de seguridad…»
«No aplicamos una fórmula, analizamos lo que cada historia pide. Además contamos con música original creada para cada capítulo que nos permite reforzar esa identidad y personalidad propia”, añade.

También hemos querido preguntar a Ramón Campos por la gestión y el uso del material de archivo: “El archivo es fundamental porque aporta verdad, pero también es peligroso si se utiliza sin criterio. El acceso suele ser complejo: hay derechos, costes y, en algunos casos, material muy sensible. La clave está en la selección. No todo lo que existe debe usarse. Hay que preguntarse constantemente qué aporta cada imagen al relato. Si solo genera impacto o morbo, probablemente no debería estar. También es importante el contexto. Una imagen sin contexto puede ser manipuladora. Por eso, el trabajo editorial es esencial: ordenar, explicar y dar sentido al archivo para que construya relato”.
Por último, Elías León Siminiani nos explica qué supone enfrentarse a un caso que está instalado en el imaginario colectivo de una manera tan clara: “A este respecto, hay dos consideraciones que rápidamente tomaron forma cuando nos enfrentamos a El caso Alcàsser. La primera, los casi 30 años que habían pasado desde el crimen, y el hecho de que estábamos en una sociedad muy distinta a la contemporánea».
«La segunda es la idea de que, junto al 23-F y el 11-M, Alcàsser alberga una teoría de la conspiración tan asentada en el imaginario colectivo, que es prácticamente imposible de desmontar por muchas evidencias que se hagan públicas. Ante todo, hacer El caso Alcàsser, para mí, supuso entender el mecanismo de selección de la memoria humana. Elegimos lo que queremos creer del pasado, moldeamos los relatos y estos pasan a convertirse en nuestra verdad. En este sentido, fue un aprendizaje tremendo sobre la naturaleza del ser humano a la hora de lidiar con el trauma y el paso del tiempo”, indica.
Gracias a las interesantes declaraciones de estas fuentes podemos concluir que el auge del true crime en España no responde únicamente a una moda pasajera, sino a la consolidación de un lenguaje audiovisual capaz de combinar investigación, narrativa y reflexión social. Tal y como señalan los profesionales consultados, el reto consiste en encontrar un equilibrio entre el rigor y la construcción de un relato que atrape al espectador sin caer en el sensacionalismo.
En un contexto marcado por la expansión de las plataformas y por una audiencia cada vez más exigente, el género parece haber encontrado un espacio propio dentro de la producción nacional. Su evolución dependerá, en buena medida, de la capacidad de creadores y productoras para seguir explorando nuevas formas de contar estas historias sin perder de vista el respeto por los hechos, por las víctimas y por la complejidad de la realidad que intentan reconstruir, que es, en definitiva, aquello que las sustenta.