La 74.ª edición del Festival de San Sebastián ha estado marcada por ser la última con José Luis Rebordinos al frente de la dirección y también por un equilibrio realmente envidiable entre glamour, buen cine y una meteorología favorable a la causa, que han contribuido a una experiencia especialmente memorable. No en vano, el Zinemaldi ha vuelto a demostrar por qué es uno de los grandes festivales del mundo y quizá el mejor en algo fundamental: conseguir que el público regrese a las salas, se emocione con historias nuevas y encuentre propuestas interesantes en secciones muy diversas, todas ellas con un nivel medio más que notable. Por Álvaro G. Illarramendi

En este sentido, la lectura del palmarés representa inmejorablemente algunos de los temas clave de esta edición. La gran ganadora, Tender Loving Care (Concha de Oro y Premio del Jurado al mejor guion, así como Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista para Kate O’Flynn), quizá la última película de Mike Leigh, es una cinta costumbrista, pero también rebosante de humor e incluso de melancólica poesía, sobre la importancia de los cuidados en la sociedad moderna.
Sus dos protagonistas, compañeras y trabajadoras sociales, amigas desde siempre, comparten cuitas personales y laborales, y lo hacen con inquietud, pero también cantando y bailando juntas, compartiendo sus reflexiones en unos diálogos que se sienten auténticos y cercanos.
Es admirable que, a sus 83 años, Mike Leigh siga logrando captar las conversaciones y los sentimientos con la veracidad y la profundidad que ya nos demostrara en clásicos como Secretos y mentiras o Another Year. Menos elaborada formalmente que otras propuestas del realizador y probablemente menos incisiva u original que su anterior película, Mi única familia (Hard Truths), que se fue del Zinemaldia sin premio, Tender Loving Care resulta, con todo, plenamente reveladora del talento de su director y de un estilo personal que echaremos mucho de menos si esta acaba siendo su despedida.
La amistad, y también los bailes y cantos compartidos, han atravesado el festival y todas sus secciones. Esa misma celebración de los vínculos protagoniza la película ganadora de dos importantes premios, el Premio DAMA de la Juventud y el Premio Horizontes Make & Mark: La ilusión de un verano sin fin, dirigida por la fotógrafa Alessandra Sanguinetti, condensa más de veinte años de grabación y fotografías a dos primas de la Pampa argentina, desde su más tierna infancia hasta la edad adulta, convertidas ya en madres.
No es una propuesta interesada en desarrollar grandes subtramas, sino en captar el paso del tiempo y cómo este afecta a la personalidad y a la relación de dos niñas, luego mujeres, siempre carismáticas y encantadoras. Desde sus bailes infantiles hasta sus reflexiones sorprendentemente precoces y lúcidas, este documental resulta conmovedor desde la sencillez y sorprendente por su naturalidad. Una auténtica sensación en el Zinemaldia, que ojalá se traduzca también en una carrera comercial exitosa en todo el mundo, y una hazaña habida cuenta de las dificultades que atraviesa actualmente el cine argentino.

Precisamente debido a esas dificultades, la propuesta de Benjamín Naishtat, Glaxo, presentada en la Sección Oficial, tuvo que ser producida principalmente en Brasil, aunque todo en ella es argentino: desde el equipo artístico hasta la novela en la que se inspira. Es una película muy estimulante en el plano visual, ya que se desarrolla en tres épocas —los años cincuenta, los sesenta y los ochenta—, que también obtienen un reflejo formal diferenciado.
Ese cuidado apartado estético es, asimismo, lo mejor de un filme que, pese a sus abundantes referencias cinéfilas, con un homenaje nada velado al melodrama y al cine negro en Technicolor de los años cincuenta, no logra que su prometedora premisa cristalice en una historia verdaderamente apasionante, lastrada por la acumulación de tópicos y por una subtrama política que no alcanza la enjundia exigible. En todo caso, fue una cinta disfrutable, con un reparto muy interesante: una Lali Espósito en modo femme fatale, un Marcelo Subiotto en su salsa y un Esteban Bigliardi magnético,
El subtexto político y la intriga conyugal también protagonizan Minotauro, la película con la que Andrey Zvyagintsev ha vuelto al cine tras una dura enfermedad, ya exiliado en Francia. Esta cinta, que logró el Gran Premio del Jurado en Cannes y que versiona La mujer infiel de Claude Chabrol, no está al nivel de las mejores obras de Zvyagintsev, como su anterior y magistral Sin amor.
Pese a reunir elementos de indudable interés, como el trasfondo de la guerra entre Rusia y Ucrania, su trama principal resulta demasiado conocida y la aproximación del realizador, siempre en busca de la majestuosidad visual, no logra aquí el efecto hipnótico de películas anteriores. Antes al contrario, ciertos recursos hacen que la película se sienta más farragosa de lo deseable en algunas secuencias alargadas innecesariamente.

Precisamente a la guerra de Ucrania se acerca también una de las propuestas más interesantes de la sección Nuevos Directores, Siete días de febrero de Tatjana Moutchnik. Esta crónica absorbente de cómo una familia ucraniana afronta el comienzo de la guerra mientras se encuentra en Alemania, adonde ha acudido por el fallecimiento de la abuela, pone de relieve las diferentes perspectivas que sobre dicho conflicto han tenido los ucranianos y la necesidad de tomar partido, reaccionar y comprometerse ante una situación que difícilmente puede dejar indiferente a nadie.
Es una cinta comprometida y muy veraz, que logra transmitir la angustia y las dudas de sus atribulados personajes y que resulta valiosa porque nos recuerda la gravedad y la cercanía de un conflicto cuyas heridas se abren cada día.
Desde luego, Nuevos Directores nos ha traído este año importantes revelaciones. La ganadora del premio del jurado de esta sección, Body of Glass, es una ópera prima valiente, pues se atreve con temas verdaderamente espinosos (si bien no muy originales): el maltrato, la sumisión y la mentira como forma de supervivencia. En manos de la debutante realizadora Naëmi Ada, que supera ciertas tendencias efectistas, estos elementos adquieren solidez y un tratamiento visual y sonoro de notable intensidad.
Por su parte, Florid de Billy Lumby, una de las últimas revelaciones del festival en esta sección, se aproxima a un enfermo de esquizofrenia con los mejores rasgos del realismo social británico: crudeza, humanidad, compromiso social y empatía. La interpretación de Jonathan Jules se ve realzada por una dirección precisa, que no teme afrontar un asunto tan delicado como la representación de la enfermedad, pero lo hace desde el respeto y la esperanza.

La otra gran sección habitual del festival es Horizontes Latinos, donde podemos asistir a algunas de las mejores propuestas del cine latinoamericano del año. Además de la ya comentada La ilusión de un verano sin fin, otra de las propuestas que conmovió al público fue Chicas tristes, una cinta de Fernanda Tovar que aborda el consentimiento, la violencia sexual y, ante todo, la amistad entre sus dos adolescentes protagonistas, con una aproximación visual cuidada, de gran sensibilidad y con la emoción siempre a flor de piel. Podríamos decir que, si bien no inventa nada nuevo, esta cinta tiene una eficacia admirable a la hora de transmitir la fuerza de la amistad y el peso del trauma.
Mucho más oscura y coqueteando (si no sumergiéndose de lleno) en el género de terror, A professora de francés, uno de los estrenos de esta sección, abordó la homofobia y el extremismo religioso con inusitada fuerza, revelando a un director superdotado para la creación de atmósferas malsanas (Ricardo Alves JR) y permitiéndonos disfrutar de la entregada interpretación de Grace Passô.
El terror, aunque más sutil, es también lo que preside la nueva cinta de Beth de Araújo, Josephine, que tras El club del miedo, se atreve ahora con las consecuencias que para su jovencísima protagonista (increíble Mason Reeves) supone presenciar, con tan solo ocho años, una agresión sexual en el parque donde va a correr con su padre (conmovedor Channing Tatum).
Lo que sigue es una cinta directa, implacable, eficaz y por momentos efectista, en la que Araújo logra ponernos en la piel de la niña y en los sentimientos contradictorios y difíciles por los que tiene que atravesar. Una película que remueve conciencias y que, como ya se ha comentado durante el festival, tiene argumentos para aspirar a una amplia repercusión internacional.

Perlak fue, desde luego, una fuente de películas potencialmente oscarizables. Además del éxito que ha cosechado la arrolladora (y un poco agotadora) La bola negra de Javier Calvo y Javier Ambrossi, pudimos ver Wild Horse Nine. Tras su paso por Venecia, la nueva cinta de Martin McDonagh se antoja más luminosa y política de lo que nos tiene acostumbrados, aunque, por supuesto, mantiene su humor ácido y amoral a la hora de retratar a estos dos agentes de la CIA que pasan una semana muy especial en la Isla de Pascua.
Malkovich, sin duda, es la estrella de la película, aportando talento, ingenio e irreverencia, en un ejemplo de casting verdaderamente afortunado. También están muy bien Sam Rockwell y Steve Buscemi, sus particulares compañeros en lo que es esencialmente una buddy movie. El filme gustará al público porque resulta más accesible de lo habitual en su realizador y ofrece unas cuantas reflexiones entre lúcidas y descacharrantes.
Todavía más orientada al público está Club Kid, a la que no puede negarse una eficacia notable a la hora de desarrollar un melodrama de crecimiento y de nuevas familias en el Nueva York nocturno de su protagonista, director y guionista Jordan Firstman. Es una cinta de las que hacen felices a quienes las ven, de esas en las que uno se quedaría a vivir, poblada de personajes carismáticos, a la que quizá solo cabe reprochar un cierto conservadurismo en su aproximación a los modos de vida menos convencionales.
No obstante, su adscripción al cine LGTBIQ+ redondeó una edición particularmente generosa en esta temática, ya que, además de Club Kid y La bola negra, se pudo ver en Perlak la sobresaliente Coward de Lukas Dhont, una cinta de amor gay en la Primera Guerra Mundial que logra aunar un romanticismo clásico con una reflexión muy moderna sobre el significado de la valentía y un retrato convincente del amor entre sus protagonistas.

En Nuevos Directores resultó muy tierna (y a la vez madura y real) la película taiwanesa Ri guang / Will You Still Be My Friend de Lu Po-Shun, una cinta que reinterpreta de algún modo la vieja premisa de Romeo y Julieta en clave homosexual: una historia de amor y amistad entre familias con intereses contrapuestos, en el marco de la instalación de una planta de energía fotovoltaica en el Taiwán rural. La historia está narrada de forma hermosa y sentida, logrando transmitir los sentimientos de los personajes y su descubrimiento de la corrupción y el interés que gobiernan el mundo de los adultos.
En Horizontes Latinos, por su parte, pudo verse la brillante Seis meses en el edificio rosa con azul, una cinta mexicana que narra desde la ficción, pero también con pinceladas documentales, la infancia de su director, Bruno Santamaría Razo, cuando su padre fue diagnosticado de VIH. Los miedos y prejuicios que ello provoca en la familia dan lugar a un conjunto bellísimo y lleno de frescura.
También desde Latinoamérica, aunque con menor fortuna, nos llega Narciso del realizador de Las herederas, Marcelo Martinessi. Esta aproximación a la situación durante la dictadura militar del general Alfredo Stroessner y a la persecución de los jóvenes gays resulta encomiablemente realista, pero también demasiado sombría para su propio bien y un tanto asfixiante en el peor sentido.
Mucha más luz y humor, pese a su premisa dramática, nos trajo Tangles, una de las sensaciones del festival gracias a su mezcla de comedia, melodrama y reivindicación LGTBIQ+. Bajo una animación funcional pero idónea, en blanco y negro, esta cinta de Leah Nelson nos habla de la experiencia biográfica de Sarah Leavitt, la ilustradora cuyas memorias gráficas inspiran la película, en la que se habla de Alzheimer, cuidados, lucha lésbica y, sobre todo, de mucho amor. Es una cinta que, sin inventar nada nuevo, resulta emocionante y a la vez muy divertida.

También resulta sorprendentemente cómica por momentos la nueva propuesta del director japonés Ryusuke Hamaguchi, De repente, la cinta de casi tres horas y veinte minutos con la que volvió a conquistar Cannes, donde Virginie Efira y Tao Okamoto compartieron el premio a la mejor interpretación femenina. Dentro de la película se incluye también una obra de teatro vanguardista, una suerte de reflexión sobre la evolución del capitalismo, una historia de amor conmovedora y una reflexión punzante sobre la dificultad de implantar sistemas basados en la atención y el cuidado en entornos laborales sometidos inevitablemente al estrés.
Es una cinta larga, que no se hace pesada gracias a un ritmo cuidadosamente establecido, tan sereno como envolvente y evocador. Sus dos protagonistas están magníficas. Es admirable escuchar a Virginie Efira y Tao Okamoto hablar de lo humano y de lo divino en una película contemplativa, pero siempre estimulante por su contenido.
Sin embargo, la Palma de Oro en Cannes fue para Fjord de Cristian Mungiu, que aborda una temática indudablemente interesante e incluso atrevida, pues recrea el caso real de una familia rumano-noruega a la que se retira la custodia de sus hijos ante las sospechas de una agresión. El director se sirve de ella para construir una crónica en la que se exponen los diferentes argumentos, desde la protección de la infancia hasta los derechos de los padres, con un sesgo quizá involuntario hacia la crítica del sistema noruego de protección a la infancia que, por momentos, resulta demasiado esquemático.
El realizador no logra trascender cinematográficamente la crónica sociojurídica, interesante pero algo tediosa, echándose en falta mayor profundidad en los personajes y en su psicología, así como quizá mayor inventiva visual y un ritmo menos dependiente de las palabras.

Los paisajes noruegos y sus majestuosos fiordos protagonizaron una de las mejores películas vistas en el festival: la adaptación del clásico noruego del premio Nobel Knut Hamsun, Markens grøde / Growth of the Soil, a cargo del veterano realizador Hans Petter Moland, especializado en otras ocasiones en el cine negro y que aquí nos ofrece una lección de cine de aroma clásico y sensibilidad contemporánea.
Con su imagen en 4:3, siempre deslumbrante, resulta una cinta verdaderamente absorbente y poderosa. Sin recurrir apenas a las palabras, logra transmitirnos la evolución de sus personajes, su apego a la tierra y las implicaciones de la llegada del mundo moderno, con una profundidad envidiable, dejando el poso de las grandes novelas, como la que indudablemente adapta, y con unas interpretaciones extraordinarias de sus protagonistas, Herbert Nordrum y Asta Kamma August, merecedora ella de la Concha de Plata a la mejor interpretación protagonista, ex aequo con Kate O’Flynn.
De tierras nórdicas nos vino también otra de las propuestas más interesantes de la sección, Garrat du váimmu / Brace Your Heart de Amanda Kernell, una producción que también se antoja una especie de western (esta vez en Laponia) y que explora las particularidades y dificultades del mundo sami a través de la historia de su joven protagonista, que deberá afrontar la necesidad de subsistencia económica de ella y de su familia al mismo tiempo que, tras sufrir un acto de violencia sexual, comprueba cómo el mundo no se lo pone nada fácil a las mujeres.
Es una cinta muy atenta a los detalles, pero siempre absorbente, sugerente y emotiva, con una protagonista, Elli Sara Valkeapää, carismática e inolvidable. El premio a la mejor dirección concedido a Amanda Kernell no resultó, desde luego, gratuito.
Menos explicación se encuentra la ausencia en el palmarés de dos estupendas películas que gustaron tanto a público como a crítica. Por un lado, la realizadora japonesa Maja Harada se estrena como directora de cine tras una larga trayectoria como escritora con In My Father’s Room, una película que nos habla de la relación entre una joven y su difunto padre con algunos de los mejores rasgos del estilo cinematográfico japonés: elegancia, belleza, melancolía, sensibilidad visual y emocional. Ambientada principalmente en un museo de arte moderno donde la protagonista se desempeña como vigilante, la cinta logra recordarnos los pequeños y grandes placeres que encierran el arte y sus rituales.

Por su parte, The Debut, la nueva película de Jesse Eisenberg, nos confirma a este realizador como uno de los nuevos maestros de la incomodidad. Si en su anterior y alabada A Real Pain hacía una crónica agridulce del viaje de dos primos a Polonia, donde la naturalidad y dureza de las conversaciones resultaban dolorosamente reales, aquí nos plantea, recurriendo a claves del cine musical y del género de cine dentro del cine, una historia de emancipación deliciosamente excéntrica y maliciosa.
La interpretación de Julianne Moore, encarnando a una mujer que busca y encuentra su vocación actoral a una edad ya adulta, y su relación con su director de escena, un entonadísimo Paul Giamatti, nos regala escenas hilarantes en el punto exacto entre el patetismo y la inevitable empatía. Es difícil manejar con tanta habilidad esos tonos y el realizador sale airoso con una película que podría granjearle nominaciones al Oscar, incluso el premio para su protagonista.
El cine español no ha logrado en San Sebastián el éxito de ediciones anteriores. Sin embargo, justo es reconocer el ingenio de 5 minutos más, la comedia macabra escrita por Berto Romero y dirigida por Javier Ruiz Caldera, que ofrece un giro sangriento y al mismo tiempo humanísimo al subgénero de ciencia ficción de los bucles temporales.
Ambientada íntegramente en los aledaños de una casa rural, esta historia protagonizada por Berto Romero, Belén Cuesta y Javier Cámara (merecedor este último del premio a la mejor interpretación de reparto), no deja de sorprender y mantiene en vilo durante sus ajustadísimos 90 minutos, erigiéndose en una de las comedias más precisas y eficaces del cine español reciente, a la que auguramos una larga carrera en festivales de cine de género y en las salas comerciales.

En un entorno rural se desarrolla también la encantadora Le corset / Iron Boy, una cinta animada francesa de estilo próximo a la acuarela, que reúne todo aquello que nos hace amar el cine: humor, emoción, buena música —en este caso, los éxitos ochenteros de Estefanía de Mónaco— y una lección de aprendizaje vital en la que también tienen gran peso el arte y la música, en este caso el órgano. En esta crónica familiar se narran las dificultades de la vida agraria y los problemas de comunicación intrafamiliares con una ternura irresistible.
Películas como esta nos recuerdan por qué amamos el cine y, en última instancia, por qué cada año venir al Zinemaldia es un ritual del que no podemos desprendernos. No hay nada más hermoso que ver la vida reflejada y sublimada en una pantalla de cine. Y no hay pantallas de cine como las del Zinemaldia.
Gracias a José Luis Rebordinos y a todo su equipo. Y gracias también a Maialen Beloki, cuya inminente dirección del festival abre una nueva etapa para el Zinemaldia. Contamos ya los días para afrontar la 75.ª edición del Festival de San Sebastián.