Seguimos con la cobertura de la 79.ª edición del Festival de Cannes con tres historias familiares de la Sección Oficial a Competición firmadas por tres autores de largo recorrido: Sorogoyen, Mungiu y Koreeda. Por Belit Lago

Tras presentar su anterior film, As Bestas, en Cannes Première en 2022, Rodrigo Sorogoyen vuelve al certamen francés por todo lo alto. Este año es uno de los directores de las tres películas españolas que compiten por la Palma de Oro, junto a Pedro Almodóvar con Amarga Navidad y Javier Ambrossi y Javier Calvo con La bola negra.
El ser querido, otra de las varias propuestas metacinematográficas que se han podido ver durante estos días, presenta una relación paternofilial truncada cuyo horizonte está por ver. Victoria Luengo y Javier Bardem, hija y padre en la ficción, abren el film con un reencuentro: después de trece años sin verse, quedan para comer. El motivo no es promover un acercamiento íntimo, sino que él —cineasta que vuelve a España para rodar un nuevo proyecto tras una temporada en Estados Unidos— quiere que ella —actriz que sirve copas para pagarse el alquiler— sea una de sus protagonistas.
Este prólogo nos pone rápidamente en situación: los diálogos son forzados, los movimientos incómodos, el montaje mecánico. Todo subraya ese vacío comunicativo que ha gobernado el vínculo durante más de una década, el frío inevitable de la distancia.

A partir de la excusa del rodaje, Sorogoyen sitúa a sus protagonistas, Emilia y Esteban, en un espacio emocional complejo, estirando la posición de poder de él —que lleva años ocupando el rol de líder— y colocándola a ella en un hueco más vulnerable: el del punto de mira. Todos se preguntan si está ahí por sus logros o por ser “la hija de”; aunque lo que piense el resto importa relativamente poco: el motor del film radica en ese ir y venir de Esteban, sostenido en un gesto, una mirada, y desbordado en una de las mejores escenas del festival: la repetición de una secuencia en la que, a medida que avanzan las tomas, el monstruo tras la cámara (de la ficción) se revela.
Un duelo interpretativo apoteósico que, si bien está dirigido milimétricamente, emociona más bien poco, quizás por una sublevación excesiva del dispositivo.
Si Javier Bardem vuelve a bordarlo como representación de esa masculinidad tóxica que no conoce término medio entre el susurro y el grito —no sorprendería en absoluto que se llevara el premio a Mejor Actor—, Sebastian Stan le disputa el puesto en Fjord, lo nuevo de Cristian Mungiu. Con una Palma de Oro por 4 meses, 3 semanas, 2 días (2007) y un premio a Mejor Dirección por Los exámenes (2016), sería injusto no encontrarnos esta maravilla en el palmarés.

El director rumano, impulsor de ese cine político que interpela al espectador a través de situaciones moralmente complejas, vuelve aquí a sus temas y recursos predilectos. A través de su ya conocida perspectiva hiperrealista de los espacios cotidianos y de esas largas conversaciones sin cortes, con una tensión palpable y un humor incisivo siempre presente, Mungiu recupera su obsesión por la religión y el conflicto entre tradición y modernidad.
Partiendo de lo individual —un matrimonio evangelista y sus cinco hijos—, el cineasta despliega una problemática social —el maltrato infantil— y ofrece, como de costumbre, pocas soluciones. Lejos de juzgar a unos y otros, deja la difícil decisión en nuestras manos, el público.
Y del realismo social pasamos a la ciencia ficción de Sheep in the Box, actualización de Hirokazu Koreeda del clásico moderno A.I. Inteligencia Artificial de Spielberg, aunque atravesado por esa luminosidad tan característica del japonés. En un futuro próximo, los avances tecnológicos permiten recuperar a aquellos seres queridos que se han ido demasiado pronto.

A partir de esta idea —ciertamente vista demasiadas veces—, el director de Monstruo (2023) quiere hablarnos de dos cuestiones principales: la culpa y la identidad. Por un lado, unos padres que se relacionan de maneras muy distintas con el sustituto de su hijo; por otro, un androide que performa ser un niño, pero que se pregunta quién es en realidad. Tres caminos que, pese a hacerse bien en un momento dado, están destinados al desencuentro.
El problema con autores como Koreeda es que han realizado ya tantas obras sobresalientes —sin ir más lejos, la Palma de Oro de 2018, Un asunto de familia— que resulta muy difícil que consigan sorprendernos. Es evidente que Sheep in the Box no está a la altura de sus mejores películas, pero su forma de acercarse a los núcleos familiares, esa intimidad aquí atravesada por una arquitectura futurista y envuelta, al mismo tiempo, en una naturaleza del todo vívida, sigue siendo deliciosa.