Con el estreno de Posesión infernal: El despertar, Sam Raimi y su socio Rob Tapert transformaron la franquicia en una antología en la que ahora incorporan al francés Sébastien Vanicek, que continúa con el tono seco y violento del soft reboot de 2013. Por Tonio L. Alarcón

Tanto la primigenia Within the Woods (1978) como, por extensión, Posesión infernal (1981), partían de un planteamiento sencillo, hiperdirecto, que ofrecía tanto a Sam Raimi como a su equipo suficiente flexibilidad como para poder rodar rápido, barato y conciso.
No había excesivas complicaciones: un grupo pequeño de protagonistas con un héroe reticente, Ash (Bruce Campbell), una localización más o menos cerrada y un remedo de los zombis de Fulci. Consciente de esa (buscada) simplicidad, Raimi optó por explotar lo amoldable del universo que había creado llevándolo al terreno de la comedia negra en ese ejemplo temprano de recuela que fue Terroríficamente muertos (1987), y al de la aventura pulp en El ejército de las tinieblas (1992).
Tras pasarse más de dos décadas huyendo de la alargadísima sombra de su primer gran éxito, tanto Raimi como Campbell optaron por abrazar su legado en una doble vertiente. Por un lado, dándole continuidad a la trilogía original con las tres temporadas de Ash vs. Evil Dead (2015-2018).

Por el otro, abriendo la franquicia a otros creadores con el soft reboot que supuso Posesión infernal (Evil Dead) (2013) en la que Fede Álvarez y su coguionista habitual, Rodo Sayagues, marcaron, con el beneplácito de los responsables de la marca, el camino a seguir en posteriores entregas. Es decir, apostar por algo similar a lo que intentó Halloween III: El día de la bruja (1982) respecto a las andanzas de Michael Myers, transformando Posesión infernal en una antología con una continuidad muy tenue, muy velada, y presupuestos muy ajustados, entorno a los 20 millones de dólares.
Hasta tal punto es así, que Posesión infernal: El despertar (2023) puede considerarse como un nuevo soft reboot de la saga. Después de todo, lo principal que Lee Cronin hereda es la imaginería de los Deadites de Álvarez/Sayagues y algunos de los guiños visuales a la trilogía de Raimi. Porque se llevaba la influencia lovecraftiana de aquélla al terreno del horror urbano, sin apenas humor de por medio, de obras previas como La centinela (1977) de Michael Winner o La puerta (1987) de Tibor Takács.
En cambio, Posesión infernal: En llamas (2026) sí que establece puntos de conexión voluntarios con su antecesora, más allá del tono igualmente seco, lóbrego: su secuencia de arranque funciona como espejo de la de Cronin, y se ha incorporado una escena poscréditos que profundiza todavía más en sus vasos comunicantes.
La filosofía de Raimi y su fiel compañero en la producción, Rob Tapert, a partir de El despertar ha sido la de atraer a la franquicia a nombres que les parecen interesantes para darles libertad para juguetear con sus elementos. Así, por su lado, Cronin exploró su obsesión por las relaciones familiares disfuncionales en las que también incidió, antes, en Bosque maldito (2019), y después, en La momia de Lee Cronin (2026).
Por su parte, el francés Sébastien Vanicek, junto a su coguionista Florent Bernard, ha optado por buscar un mensaje sociopolítico afín al de su ópera prima, Vermin: La plaga (2023). Si allí usaba la plaga de arañas como proyección de la xenofobia presente en las banlieus, aquí convierte la infección de los Deadites en una forma de sacar a la luz, no precisamente de forma sutil, la recalcitrante toxicidad de la familia de Will (George Pullar), el marido maltratador de Alice (Souhelia Yacoub).
Precisamente, lo que impide a En llamas levantar el vuelo es que tanto Vanicek como Bernard parecen estar más preocupados por justificar el hecho de estar rodando una entrega de Posesión infernal que por impregnarse, de forma sincera, del espíritu juguetón y desprejuiciado de la franquicia. Incluso los momentos de casquería, que han llevado a comparar el largometraje con el extremismo francés, se dirían un mero trámite para ganarse el sello de aprobación de Raimi/Tapert.

Como ocurre con algunas set pieces que se pretenden espectaculares, les sobra un punto de exhibicionismo y les falta auténtica visceralidad: al fin y al cabo, en su anterior Vermin: La plaga, el director no resultaba especialmente explícito, pues prefería eludir la violencia mediante el empleo del off visual.
No es baladí la comparación con su ópera prima. Aunque aquí haya sustituido a su director de fotografía habitual, Alexandre Jamin, por Philip Lozano (colaborador habitual de Samuel Bodin y de los Carpenter Brut), la estética de Posesión infernal: En llamas apuesta por una puesta de escena similar a la de su anterior trabajo. Es decir, han optado por el diseño compacto de la cámara Sony CineAlta Venice 2, equipada con ópticas Panavision Ultra Vista, para rodar mucho cámara en mano, con pulso nervioso, y apostando por una paleta de colores especialmente desvaída con la intención de resaltar la presencia del fuego dentro de los encuadres.
No en vano, Lozano apuntaba que intentaron rehuir de la luz solar, lo que no solo inspira la concepción asfixiante del hogar de los Price, sino también les lleva a trabajar con exteriores de iluminación tormentosa, como si los cielos estuvieran eternamente encapotados.