Con Dolor y gloria, Pedro Almodóvar abrió una vena metarreflexiva sobre su propia carrera cinematográfica que ahora vuelve a hollar con Amarga Navidad, en la que resulta incluso más incisivo y más (auto)crítico con su propia figura. Por Tonio L. Alarcón

En el libro de relatos El último sueño, que supervisó durante el proceso de posproducción de su cortometraje Extraña forma de vida, Pedro Almodóvar ya incluyó un texto llamado Amarga Navidad.
La coincidencia en el título da pistas de que en él está la base del largometraje homónimo que acaba de estrenar, más concretamente la trama que se centra en la directora publicitaria Elsa (Bárbara Lennie) y su círculo más próximo. Pero Almodóvar introduce también en dicho cuento una idea fundamental, pues planta la semilla de la complejidad narrativa que ha acabado desplegando en Amarga Navidad (2026).
La protagonista del relato, allí anónima, garabatea en los márgenes de un libro una ficción sobre el sufrimiento que le estaba provocando un ataque de pánico, reflejando así lo que el propio director y guionista está llevando a cabo en esas líneas. No es casual que, en la adaptación cinematográfica, se cambie el volumen empleado para esa escritura compulsiva, Secreciones, excreciones y desatinos de Rubem Fonseca por Middlesex de Jeffrey Eugenides.

Y es que la intención del manchego es, como el autor de Las vírgenes suicidas, hablar de sí mismo a través del (tenue) velo de la ficción, recuperando y aumentando la hermosísima estructura de muñecas rusas que hacía tan compleja y emocionante Dolor y gloria (2019), de la que claramente puede considerarse una extensión creativa.
Almodóvar convierte lo descrito en el relato original en obra de un director en crisis creativa, Raúl Durán (Leonardo Sbaraglia), que como ocurría con Salvador Mallo (Antonio Banderas), ejerce como clarísimo alter ego del máximo responsable de Amarga Navidad.
Lo que convierte en el largometraje en un juego de espejos de inspiración bergmaniana, en el cual las figuras creativas que se proyectan entre sí dentro de la misma, es decir, Almodóvar/Durán/Elsa, vampirizan a los que les rodean para alimentar sus construcciones ficcionales. O lo que es lo mismo, el manchego pone sobre la mesa lo que evidenciaban largometrajes tan irregulares como Madres paralelas (2021) o La habitación de al lado (2024): que el progresivo aislamiento público al que ha sido sometido, aupado a los altares de una cinematografía en la que no abundan precisamente las grandes figuras, ha provocado que no pueda hablar con propiedad (o, al menos, con sinceridad) más que de sí mismo.
Aunque en las entrevistas promocionales le ha quitado importancia, en esa proyección ficcional se genera un proceso de cuestionamiento, casi de deconstrucción, que deriva en una de las obras más arriesgadas del cine reciente de Almodóvar.
Después de todo, a través de las reescrituras del personaje de Sbaraglia del relato original presente en El último sueño, el propio creador se está interrogando como creador, rebate su propio proceso, y a través de ello abre una veta metanarrativa en Amarga Navidad que desvela de forma voluntaria la tramoya que hay detrás del proyecto.
Así pues, de forma similar a lo que ocurría en Dolor y gloria, Almodóvar oculta el pudor (reconocido, de nuevo, en entrevistas) que siente a la hora de hablar de su propia vida y la de los que le rodean, y emplea para ello una serie de niveles narrativos que, además de darle pie a hablar sobre la soledad y la frustración del artista, también le separan de lo que acaba proyectándose sobre la pantalla.
De alguna manera, ese subrayado de la esencia ficcional el largometraje protege al autor a nivel emocional, y al mismo tiempo le prepara para volcarse sobre el guión con un nivel de autenticidad, de visceralidad, que resulta difícil rastrear en el resto de sus proyectos más recientes.
De ahí que, basándose en la tesis respecto a la pérdida vocal de Chavela Vargas que hacía en el mencionado cuento, vuelva a apoyarse musicalmente en la cantante mexicana (que, después de todo, dio nombre a texto y película a través de la canción homónima compuesta por José Alfredo Jiménez) para hablar de duelo, de desgarro, dentro de la parte más melodramática de la trama centrada en Elsa.
No es casual, en ese sentido, que Almodóvar dé pie a Amaia Romero a interpretar una delicada (re)interpretación de una zamba sobre la melancolía como es Canción de las simples cosas. Lo musical anticipa otro retorno del director a una de sus grandes obsesiones (pues es también uno de sus grandes vacíos personales), la de la pérdida de su madre, de la cual reconstruye aquí las horas previas a su muerte volcando lo que escribió en el relato que dio nombre a El último sueño.

Aunque, desde La mala educación (2004), José Luis Alcaine se ha convertido en el director de fotografía de confianza del director, ha ido experimentando con otros profesionales, como Rodrigo Prieto en Los abrazos rotos (2009), Jean-Claude Larrieu en Julieta (2016) y Eduard Grau en La habitación de al lado (2024).
En Amarga Navidad ha confiado en Pau Esteve Birba, colaborador habitual de Manuel Martín Cuenca, Alberto Rodríguez y de Mateo Gil, que sigue a rajatabla las geométricas composiciones de Almodóvar, y su juego con la presencia de los colores a nivel de diseño de producción, realzándolos a través del realismo estilizado que le garantiza el uso de ópticas anamórficas Panavision E Series sobre una Arri Alexa 35. Ofrece, así, unos encuadres abiertamente glamurizados, elegantes (esto es, almodovarianos) que enfatizan la profundidad interpretativa de los actores que retrata. Todos ellos, como es habitual en el director, espléndidos.