El estreno de un Spielberg es siempre un acontecimiento, y más si, como es el caso de El día de la revelación, implica la que puede ser una de sus últimas colaboraciones con John Williams. Otra cosa es que esté a la altura de la leyenda de ambos creadores. Por Tonio L. Alarcón

Claramente hay un cine de Spielberg pre y post Munich (2005). Su adaptación del libro Venganza, de George Jonas, marca una barrera dentro de su filmografía en la que empieza a producirse una ruptura cada vez más evidente entre sus proyectos de autor, los que realmente desea hacer pero funcionan peor en taquilla, y sus proyectos de empresario, en los que se esfuerza por recuperar su pulso para el blockbuster. Así que, después de una obra tan profundamente personal como Los Fabelman (2022), pero con los peores números de su filmografía desde Loca evasión (1974), era lógico que volviera a un terreno conocido como el de los contactos alienígenas, que dio pie a dos obras tan bien consideradas como Encuentros en la tercera fase (1977) y E.T. el extraterrestre (1982).
Persiste un entusiasmo generacional hacia lo spielbergiano que dificulta (o imposibilita, depende de quién) una valoración serena respecto a si El día de la revelación (2026) es un retorno cínico o sincero a algunos de los planteamientos sociales y temáticos de Encuentros en la tercera fase. Allí, el director (con la ayuda no acreditada en el guión, entre otros, de Paul Schrader y Matthew Robbins) empleaba lo alienígena como un foco de esperanza casi religioso para unos Estados Unidos que todavía arrastraban la depresión económica provocada por la crisis del petróleo. En cambio, en su último trabajo, Spielberg quiere reflejar cómo languidece un país afectado por otros males quizás más culturales (el individualismo rampante, la irascibilidad), empleando la presencia de los extraterrestres como evidentísima metáfora del Otro, de lo que consideramos lo ajeno, para aludir a la necesidad de recuperar una empatía representada de forma física a través del personaje de la meteoróloga Margaret Fairchild (Emily Blunt).

La diferencia está en que, mientras Encuentros en la tercera fase estaba construida desde lo emocional, en cambio El día de la revelación ha sido concebida a lo Hitchcock, esto es, desde la set piece. Lo que el británico dominaba como nadie, pero en manos de Spielberg y su coguionista, David Koepp (que, salvo sus colaboraciones con Soderbergh, no está en la mejor época de su carrera), deriva en una construcción irregular, que alterna momentos brillantísimos con secuencias de mera transición y, lo que es peor, figuras tan desdibujadas como el coprotagonista al que interpreta Josh O’Connor o el mesiánico papel que aborda el esforzado, pero no siempre afortunado, Colman Domingo.
Y es que, permítanme apuntarlo sin ambagues, el clímax de El día de la revelación seguramente sea lo mejor que se ha rodado sobre el contacto con extraterrestres desde Señales (2002). Sin ánimo de revelar nada al respecto, ahí está el auténtico corazón narrativo y emocional del proyecto, y en el que Spielberg y Koepp apuestan más fuerte por denunciar la actitud egoísta e hipócrita de sus conciudadanos. El problema está en que, salvo el brillante arranque in medias res, que recuerda a los mejores Indiana Jones (que, a su vez, aludían a los mejores James Bond), el resto de la película renquea en exceso entre diálogos hipertrofiados y persecuciones automovilísticas que, por la matemática pulcritud de los movimientos implicados, se dirían generadas por IA.

No es casual que los mejores momentos del largometraje estén protagonizados por Blunt. La británica es la que mejor entiende de todo el reparto el equilibrio que demanda su personaje, entre lo humorístico y lo emocional, y aúpa el rendimiento actoral de todos sus compañeros. Ojalá, a ese respecto, más secuencias con un Wyatt Russell que sintoniza a la perfección con la ligereza casi screwball de sus instantes compartidos. De la misma manera que se echa en falta una exploración más profunda de un personaje tan interesante como el de Jane (Eve Hewson), por los paralelismos que permite establecer entre la fe religiosa y la creencia en la vida extraterrestre, en lugar de como simple vehículo de conflicto por parte de villano de la función, Noah Scanlon (un Colin Firth un tanto excesivo).
La diferencia respecto a creadores menores, claro está, es que detrás de ello está un Spielberg en un perfecto punto de madurez como creador. Sin ser, ni mucho menos, una obra especialmente destacable dentro de una filmografía tan excelsa como la suya, en El día de la revelación brilla de nuevo su colaboración en la dirección de fotografía con Janusz Kaminski. La mayor parte del metraje está rodado en 35 mm, con una Panavision Panaflex Millenium XL2 que han equipado con lentes Primo C-Series para hallar una estética ligeramente vintage en su planteamiento visual, que se concreta tanto en la textura de la imagen como en los continuos reflejos. Claro que también han empleado puntualmente cámaras de cine digital, como la Arri Alexa 35 o la Sony CineAlta Venice 2, para secuencias más oscuras, en las que les beneficiaba la mayor sensibilidad de los sensores 8K. Para ello emplearon lentes más modernas, de la línea Primo T-Series, que ofrecen mejor rendimiento para cámaras contemporáneas.