La maquinaria publicitaria de Marvel está funcionando a toda marcha para intentar que Thunderbolts haga buena taquilla (incluido un cambio de nombre), pero no parece que el público tenga ganas de responder a lo que percibe como una fórmula gastada. Por Tonio L. Alarcón

Desde la desaparición de Stan Lee se ha hecho cada vez más conocido que, pese a haberse publicitado durante décadas como el alma de Marvel Comics, en realidad escribió mucho menos de lo que llegó a reconocer en vida.
Salta a la vista, pues, que su principal mérito, más allá del talento para las relaciones públicas, fue saber reunir a su alrededor a un grupo de artistas (especialmente, Jack Kirby y Steve Ditko) capaces de elevar el cómic superheroico más allá de las propuestas de carácter infantil de su competencia.
Algo parecido es lo que hizo Kevin Feige en los primeros compases de lo que más tarde vino a (re)bautizarse como Marvel Cinematic Universe: confiar las propiedades clave de la compañía a directores con personalidad propia, capaces de aportar una voz particular al terreno del blockbuster digital contemporáneo.
Sin embargo, el despido de Edgar Wright de Ant-Man (2015) para ser sustituido por el mucho más manejable Peyton Reed ya marcaba un cambio en la filosofía de producción de Feige que, a lo largo de la siguiente década, se ha consolidado hasta convertirse en la predominante dentro de Marvel. Esto es, poner por delante las IPs, apostando para ello por directores manejables, a poder ser provenientes del cine independiente o la televisión, que no interfieran en unos mecanismos industriales concebidos para serializar un concepto del gran espectáculo cada vez más plano, más impersonal.
Una desidia conceptual que ha dado lugar a un díptico tan insulso como el formado por Capitán América: Brave New World (2025) y la recién estrenada Thunderbolts (2025). Dos películas perfectas para cerrar la muy, muy olvidable Fase Seis del MCU y rodadas, no por casualidad, por sendos directores con raíces en el cine indie.
Que se haya aprovechado el nombre del grupo de supervillanos reconvertidos en héroes que crearan Kurt Busiek y Mark Bagley a finales de los 90 para, simplemente, reunir a su alrededor a un puñado de secundarios de la historia reciente de Marvel (que, pese a los estupendos actores que los defendían, no habían dejado especial huella) define muy bien la sensación de improvisación constante de sus últimas producciones. Como también la tendencia de Feige a rebañar, hasta los límites de la desvergüenza, las pocas migajas que todavía pueden recuperarse del díptico Vengadores: Infinity War (2018) y Vengadores: Endgame (2019).
Frente a futuras apuestas mucho más ambiciosas, resulta difícil no asimilar Thunderbolts como una especie de obra resacosa, puramente derivativa, que no hace grandes esfuerzos por recuperar ese (perdido) sentido de la maravilla que, en teoría, reivindica.

Porque no se puede negar que su guión busca el reflejo, y además de forma constante, de cómo James Gunn gestionaba los repartos corales en proyectos como la trilogía Guardianes de la Galaxia o El Escuadrón Suicida (2021). Es más, la incorporación al proyecto de escritores de origen televisivo como Lee Sung-jin y Joanna Calo para reconcebir el libreto original de Eric Pearson está claramente dirigida a reproducir, por supuesto dentro de los márgenes del cine superheroico, las tensiones y los conflictos de series como Bronca (2023-) o The Bear (2022-). De ahí surge la idea, atractiva sobre el papel, de enfatizar la naturaleza traumatizada y un tanto tóxica de su grupo de superhéroes.
Lo que podría haber dotado al conjunto de una mayor densidad dramática de no chocar de forma frontal con la reticencia por parte de Feige de abandonar ese tono ligero, lleno de chascarrillos, que impuso Joss Whedon en la fundacional Los Vengadores (2012).
Por eso mismo, para abrazar un mayor sentido del riesgo, Thunderbolts pedía a gritos un presupuesto más limitado. Pero la realidad es que se trata, después de todo, de otra pieza más del engranaje industrial de Marvel/Disney, lo que implica la obligación de brindarle al público lo que espera: una concatenación de set pieces, a priori, espectaculares, pero que en realidad están cargadas de la desgana que caracteriza a las últimas producciones de la major.

¿Por qué, en cambio, los enfrentamientos físicos de una película con más de una década a sus espaldas, como Capitán América: El Soldado de Invierno (2014), eran tan intensas, tan vibrantes? Porque detrás de ellos, tanto en la dirección de la segunda unidad como en la coordinación de acción, estaba un auténtico experto en actioner como Spiros Razatos, mientras aquí recaen en gente con experiencia limitada en el género, como Alex Betuel o Jenn Grundstad.
Ni siquiera la presencia como director de fotografía de Andrew Droz Palermo, colaborador habitual de David Lowery, parece haber ayudado a imprimir una especial personalidad visual al conjunto. Su trabajo aquí está más cerca de las tonalidades grisáceas, más afines al cine indie, de A Ghost Story (2017), que de la riqueza cromática que desplegó en El caballero verde (2021).
Lo que, en el fondo, define de forma bastante precisa la continua contradicción expresiva de un proyecto que quiere proponer algo distinto respecto a las anteriores producciones Marvel, para, cuando ha de comprometerse con ello, retraerse a los (desgastadísimos) esquemas que han llevado a Feige y a su equipo a perder el interés del gran público. Habrá que ver si, como ellos esperan, Los Cuatro Fantásticos: Primeros pasos (2025) revierte esa tendencia.