Los siete millones de euros que ha recaudado Torrente, presidente en su primer fin de semana renuevan el idilio que Santiago Segura tiene con el público español o, al menos, las ganas que tienen los espectadores de que se parodie la política autóctona. Por Tonio L. Alarcón

Salvando, quizás, a Mariano Ozores, ha habido pocos directores a lo largo de la historia de nuestro cine capaces de mantener una conexión tan directa con el público llano, y además de forma consistente a lo largo de cerca de tres décadas, como es el caso de Santiago Segura.
No se le puede negar el instinto empresarial de hacerse consciente de que la franquicia Torrente se había ido desgastando a nivel popular hasta Torrente 5: Operación Eurovegas (2014), y dejarla en hibernación para reinventarse a la hora de aproximarse a la comedia.
Para ello confió en una guionista, Marta González de la Vega, con la cual, tras el tropiezo intermedio de Sin rodeos (2018), fue capaz de reenfocarse hacia un público (más o menos) familiar con Padre no hay más que uno (2019), que también ha acabado dando pie a una pentalogía y a una serie de estreno reciente, Padre no hay más que uno, la serie (2026).
Lo que no significa que Segura y González de la Vega no hayan parido experimentos menos exitosos, como A todo tren. Destino Asturias (2021), Vacaciones de verano (2023) o De Caperucita a loba (2023). Pero lo han hecho con la seguridad de tener a sus espaldas una IP consolidada, con garantía de taquillazo y notable rendimiento en plataformas de streaming.
¿Por qué recuperar justo ahora al personaje que le dio fama al actor, guionista y director con Torrente, presidente (2026)? No se trata, desde luego, de que la franquicia Padre no hay más que uno haya dado signos de flaqueza a nivel de taquilla. Se intuye, más bien, cierto cansancio respecto al registro familiar por parte de un creador que, en su primera época, aprovechó su éxito para producir películas tan a contracorriente como Una de zombis (2003), El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo (2004) o La máquina de bailar (2006).
Seguramente haya cierta inquietud por parte de Segura de reivindicarse como creador satírico, quizás impelido por sus colaboraciones como actor en los especiales televisivos de José Mota. Pero a diferencia de aquellos principios de los 2000 en los que parecía que la comedia autóctona podía atreverse a tocar palos distintos, quizás incluso afines al humor estadounidense, lo hace con la conciencia de que es mejor jugar con una baza, valga la redundancia, segura, como es la recuperación de José Luis Torrente.
Su estupenda interpretación de Manuel Vázquez en la no menos espléndida El gran Vázquez (2010) puso sobre la mesa, debido a las numerosas concomitancias con su propio personaje cinematográfico, la herencia brugueriana de toda la franquicia Torrente… Pasada, eso sí, por el filtro del comix underground autóctono. Ya desde la primera Torrente, el brazo tonto de la ley (1998), los guiones de Segura han mostrado la influencia de su trabajo en El Víbora por su estructura relativamente episódica, en general formada por una serie de pequeñas viñetas costumbristas con una visión decadente de Madrid que giraban alrededor de parodias de géneros y/o películas populares: p.ej. lo bondiano en Torrente 2: Misión en Marbella (2000), El guardaespaldas (1992) en Torrente 3: El protector (2005), el caper film en Torrente 5: Operación Eurovegas…
Sin embargo, aunque en las anteriores entregas de la franquicia no eludía hacer alguna que otra pulla sociopolítica, con Torrente, presidente es la primera vez que se lanza a parodiar la política autóctona de forma diáfana. Alternando, eso sí, las pullas directas a políticos en activo (véase a Brianeitor haciendo de Echenique o las imitaciones de Javier Milei y Donald Trump que abordan, respectivamente, Carlos Latre y Alec Baldwin) con bromas mucho más difuminadas, quizás para evitarse demandas.
Y es que, como parodia política, lo cierto es que Torrente, presidente se aproxima más a las referencias de actualidad que incorporaba Francisco Ibáñez en sus últimos Mortadelos que a la herencia de los mejores Berlanga y Azcona.
No hay apenas mordiente en su lectura de la situación política de nuestro país: en la simplicidad con la que lee la tensión palpable entre el proletariado contemporáneo, la película se aproxima al doloroso maniqueísmo de la reciente Salvador (2026), que también desperdiciaba la oportunidad de plantar frente a la cara del espectador un reflejo mucho más tenebroso.
No faltan, eso sí, las referencias sexuales ya intrínsecas al personaje, aunque resulta evidente que Segura es consciente de que no puede ser tan chabacano como en otras épocas, lo que quizás explique (junto a cierta reticencia a ser más sangrante) la inocencia que desprende a la hora de vincularlas a la clase política que aparece en el largometraje.
En esta película, Javier Salmones debuta en la franquicia Torrente tras fotografiar las dos últimas entregas de Padre no hay más que uno, recogiendo así el testigo de Teo Delgado. Desde el feísmo estético que Carlos Gusi aplicó sobre Torrente, el brazo tonto de la ley, la imagen de las secuelas ha ido haciéndose cada vez más alegre, más colorida.
Salmones no pretende, ni mucho menos, innovar a ese respecto, así que usa lentes Signature Prime para trabajar con la Arri Alexa 35 sin pretender ofrecer unos encuadres especialmente cinematográficos, ni un estilo particularmente marcado. Busca soluciones funcionales que respeten lo que más cuida Segura, que es la libertad de los actores, y de la pléyade de cameos que, como siempre, incluye, para que puedan desplegar con comodidad sus particulares timings cómicos.