Este artículo está basado en una experiencia personal y no tiene por qué extrapolarse a las vivencias de otros directores noveles que hayan tenido más suerte. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Por Alicia Albares, directora de ‘La mala madre’

Recuerdo el día en que le propuse a RUBIK hacer un artículo sobre mi experiencia debutando en España, siendo una mujer y haciendo género de terror. Ese día estaba enfadada; recuerdo sentir rabia e indignación. Estábamos en el EFM de Berlín, en un entorno hostil para nosotros y siendo ignorados por productores que iban y venían. Y es que, en mi cabeza, después de todos los pasos que había dado, de la lucha de seis años para hacer mi película, de volver a terapia, de sacar fuerzas de flaqueza… Ahora todo tenía que ser diferente. Me iban a recibir de otra manera, seguro, porque ya había rodado un largometraje. Iban a considerarme digna y a valorar mi talento, mi trabajo y mi resiliencia.
Pero no, ahí me encontraba, perdida, sola y con una mano delante y otra detrás. Todo volvía a empezar: una directora con sueños enredados en el pelo, proyectos bajo el brazo y coleccionando en la mochila “noes” constantes, que empezaban a oler raro.
Ese día me di cuenta de que volvía a la casilla de salida, como en un juego de mesa. Y además, no podía quejarme: yo era de las pocas afortunadas que, por una carambola del destino, había logrado hacer su peli, lo que era un verdadero milagro. Una conjunción mágica que había sucedido después de muchos años de persistir.
Pero poco a poco me daba cuenta de que el esfuerzo, el trabajo y el talento eran solo una parte ínfima de todo lo que me había llevado allí. Hay muchas cosas detrás que son las que realmente hacen que las cosas sucedan. Y, desgraciadamente, no tienen que ver con ese “pico y pala” del que tanto hacemos gala los cineastas en España.
Los laboratorios o la parada en la tierra de los Lotófagos
Como Ulises en una de sus primeras aventuras, en la que él y su tripulación fueron recibidos por una civilización que les dio a probar la flor del loto y les hizo sumirse en una ensoñación en la que todo parecía posible, los laboratorios son para una película y su directora un espejismo adictivo.
El primero donde te seleccionan el proyecto es un subidón total de adrenalina, que te suministra la energía suficiente para seguir preparando la película y trabajando en su dosier. Allí te reúnes con muchísimos productores aparentemente interesados en tu historia, con agentes de ventas, distribuidores y demás profesionales que cuentan con muchísima experiencia y que te asesoran para que el proyecto gane en calidad y competitividad. Te dicen qué se está haciendo y qué no. Te aconsejan si tu presupuesto aproximado, que tanto has trabajado, está bien o se queda bajo. Son, paradójicamente, fuente de aprendizaje pero también de frustración, porque siempre se puede mejorar el guion, siempre se puede perfeccionar el dosier… Nunca nada es suficientemente bueno y es fácil entrar en una espiral de inseguridad de la que cuesta salir.
Además, empieza una seducción un tanto hipócrita. En ese micro universo de un laboratorio, donde trabajas, comes, cenas y haces networking con la misma gente, todo el mundo está muy interesado en lo que tienes. Hay feeling, notas que esa relación puede concretarse y fructificar, y vuelves envuelta en una extraña mezcla de “he de seguir trabajando” pero “creo que he encontrado novio, esta vez sí”.
Pero luego vuelves a casa. Sigues dándole duro y pruebas suerte, mandando el dosier y el guion con los cambios a todos aquellos productores que “te habían tirado los tejos” y que, en aquella fiesta en la que habían bebido un poco de más te dijeron que tu historia tenía mucho potencial. Porque estaban contentos y alegres, porque les caías bien y porque las palabras se las lleva el viento. Al menos, para ellos.
Para ti, aunque fuera en un contexto lúdico, ese cumplido sabía a promesa. Por eso, cuando luego empieza el ghosting, duele más. Porque hay mucho; casi el cien por cien de los productores que estaban interesados directamente no te contestan. O si lo hacen, recibes unas palabras lacónicas que hablan de que ya tienen un proyecto parecido o que ahora no están abiertos a nada nuevo. Descubres, en tu inocencia y desesperación, que todo era mentira.

Y sí, estas cosas suceden en las fiestas de cierre o los cocktails de networking. Porque todo el mundo da por sentado que es donde se hacen los tratos. Y aunque estemos acostumbrados a eso, no debería ser así. Como dijo Frances McDormand cuando recibió el Oscar: Miren a su alrededor, damas y caballeros, porque todas tenemos historias que contar y proyectos que necesitamos financiar. No nos hablen de ello en las fiestas de esta noche. Invítennos a su oficina en un par de días, o pueden venir a la nuestra, lo que mejor les convenga, y les contaremos todo al respecto. Y qué razón tenía.
Ya está bien de que se concreten los proyectos en esos ambientes, porque luego nos preguntamos de dónde viene el #MeToo. Pues eso, de ahí. De un ambiente creado por hombres y para hombres donde el abuso de poder está a la orden del día. Pero eso da para otro artículo, que espero poder redactar algún día, sin miedo.
Cruzar el estrecho de Escila y Caribdis o cómo elegir con quién casarte: las productoras
Después de bajar al Inframundo, que es ese momento en que descubres que hay mucha hipocresía y que, aunque lleves casi diez laboratorios y te hayas reunido con muchísimos productores a los que les encantaba tu proyecto no van a producirlo, llega un momento del viaje en el que miras a tu alrededor y descubres que tienes que seguir adelante y atravesar por un paso angosto.
A un lado y a otro te encuentras con criaturas desconocidas, las productoras pequeñas con las que aliarte y que sí están interesadas, aparentemente, en tu historia. Ya has desistido de intentar que una grande te haga caso. Eres directora novel, tienes un proyecto de terror y no un drama intimista de corte social.

Olvídate, no eres para ellos y no queda otra que confiar en aquellos que sí han manifestado interés. Pero vas a ciegas, porque no sabes si en realidad saben lo que están haciendo y tienen forma de hacer realidad tu proyecto o están igual de perdidos que tú. Spoiler: normalmente no saben para dónde tirar. Se suben a tu barco dispuestos a remar contigo y a guiarte, pero las brújulas no les van muy bien y les fallan las fuerzas, porque tienen muchos otros proyectos y porque también están probando suerte.
Puedes encontrarte de todo: productoras que piensan que van a engatusar a un coproductor más grande y que vas a poder hacer una película de gran presupuesto; productores con delirios de grandeza que creen que van a poder conseguir todas las televisiones y las ayudas posibles y otros que directamente dejan correr el tiempo a ver si el contrato caduca, sin mover un dedo.
La llegada a Ítaca o la casualidad que te lleva al objetivo
Al final y después de encontrarte con Cíclopes, Lestrigones y cantos de sirenas, después de casarte y divorciarte varias veces, vuelves al origen. Y descubres que tenías que haberte quedado en el mismo sitio, que tanto viaje no sirvió de mucho. Porque, en mi caso, aprendí que tenía que quedarme con la productora que me había apoyado desde el principio, esa que sentía como mía y que siempre estuvo ahí cuando el viaje comenzó, pero que sola no podía lograr el objetivo.
Y fue con ella y sin hacer mucho más que sucedió un pequeño milagro: encontrarnos con una productora más grande de una manera totalmente azarosa al salir de ver una película en un festival. Le hice el peor pitch posible, cuando menos inspirada estaba y ahí hubo un “sí” rotundo y total, sin más. De la manera más simple, sin mover cielo y tierra.
No hubo dosieres, no hubo reflexiones, no hubo sudor y sangre. Fue fácil. Los diez laboratorios que llevábamos no nos habían llevado allí, solo fue la casualidad. La vuelta al origen nos mostró el camino y todo fue sencillo a partir de ese momento. Fácil en cuanto a la financiación se refiere, que no durante el rodaje y todo lo que vino después. Pero esa es otra historia.

Me está quedando un tono entre irónico, triste y resentido que no me gusta. Porque ha habido cosas muy buenas también. A partir de ese momento, y no sé si por una cuestión de karma, nos acompañó la suerte: conseguimos una ayuda autonómica y el apoyo de una televisión, nos presentamos a las ayudas selectivas del ICAA y, sorprendentemente y por primera vez en mucho tiempo, una película de terror consiguió ser beneficiaria. Tuve un equipo técnico y artístico de ensueño que hizo de un rodaje durísimo una experiencia inolvidable.
Aprendí mucho, me hice resistente… Porque la llegada a Ítaca no fue pacífica, allí me esperaban muchas más aventuras, pero ya eran bonitas, porque estaba haciendo mi película. Porque a veces, a pesar de todas las desdichas y avatares, los sueños se cumplen. Quizá todos esos laboratorios que pienso que no sirvieron, esos matrimonios fracasados, esas horas y más horas de ansiedad y terapia fueron las que me condujeron hasta aquí. Quizá todo pasa por algo, al fin y al cabo.
Sin embargo, sigo pensando que no debería ser así, porque yo he terminado sin ganas de empezar de nuevo, me he quedado sin energía. Creo que las puertas no tendrían que estar clausuradas de esa forma, que solo se pueda entrar si las derribas a patadas, como decía Mr. Guillermo del Toro. No deberían ser necesarios cinco o seis años para levantar cualquier proyecto o que las mujeres que hacemos terror seamos una rara avis en el panorama cinematográfico nacional.
Habría que hacer una reflexión de por qué no hay más acceso, más nombres, más renovación en una industria que está blindada y donde siempre hacen cine los mismos. Y el problema es la financiación y las escasas fuentes de la misma: hay muchos proyectos y poco dinero.
Ahí debería empezar el cambio, desde una reflexión profunda y desde dentro, que podría hacerse, por ejemplo, a partir de los laboratorios que insuflan energía a la industria. ¿Conseguiremos que así sea? Esa sí que es otra historia…