Roberto Alcover Oti reflexiona en este artículo para RUBIK sobre la comedia y cómo está ninguneada en grandes festivales, como Cannes, que en su reciente edición apenas volvió a incluir películas con prevalencia del humor.

Como señala el crítico, “al humor solo se le toma en serio cuando pretende abordar temas importantes o se construye desde una estética sofisticada”.
“Me gusta como me veo,
porque soy una buena persona” (Adam Sandler)
En la pasada ceremonia de los Premios Oscar presenciamos una situación curiosa. Se trataba de un gag en el que participaba el cómico Adam Sandler, una de las figuras más significativas (y al mismo tiempo vejadas) de la industria cinematográfica norteamericana.
El presentador de la gala, Conan O’Brien, solicitaba al público que debía acudir vestidos de forma adecuada. En ese momento, las cámaras señalaron la presencia de Sandler, ataviado con una sudadera con capucha y unos pantalones cortos deportivos. O’Brien ridiculizaba a Sander por su atuendo, mientras que éste, muy ofendido, abandonaba la gala invitando al resto de los asistentes a un partido de basket. El gag vendría a representar la situación de una estrella mediática popular (el propio Sandler) dentro de un contexto artístico supuestamente “elevado”.
Sandler ejemplificaba su rol de payaso, de clown, invocado para proyectar en él todos aquellos aspectos que despreciamos de nosotros; invitado a un espacio público para luego ser despedido mientras el show continuaba. Como Santiago Segura en España, primero a través de la saga Torrente y luego mediante su blanqueamiento cinematográfico con la saga Padre no hay más que uno, los humoristas cargan con el peso de ser amados en la intimidad pero rechazados en lo público, como si tuviéramos que pedir disculpas por disfrutar de su obra.

Y no solo eso, sino que la participación de Sandler en la ceremonia de los Oscar era en el fondo también metáfora de la situación de un género, la comedia, dentro del contexto cultural. Un género apestado, que desde sus orígenes ha gozado de una hermosa tradición popular, pero que ha sido vilipendiado desde las altas esferas culturales, como si su goce estuviera reñido con el arte.
A propósito de ello, conviene revisar la participación de la comedia en el circuito de festivales de cine. En la reciente edición de Cannes, si echamos un vistazo a la programación, solo contamos con la presencia de dos largometrajes que asimilan ciertas formas de humor: las nuevas películas de Wes Anderson y Ari Aster.
Sin embargo, podríamos consensuar que ninguno de estos dos directores aborda la comedia de forma directa: Anderson utiliza una arquitectura formal muy personal para conducir al extrañamiento a través de lo cuqui, mientras que Aster pergeña algo más parecido al cine de la crueldad, mediante el (ab)uso del humor negro. En ambos universos la comedia no es un fin sino un medio.
Es más, en toda la historia del Festival de Cannes, nunca una comedia se ha alzado con el galardón más preciado, la Palma de Oro. Curiosamente en los últimos años ha sido el director sueco Ruben Östlund quien ha ganado dos veces dicho premio con dos películas, The Square y El triángulo de la tristeza, que manejan mecanismos de la comedia, quizás más cercanos al posthumor cruel, porque su estructura visibiliza a personajes nauseabundos con los que no podemos empatizar, y los somete a situaciones ante las que surge una risa incómoda.
Como escribía Jordi Costa, “el posthumor como el fracaso de los mismos mecanismos de la comedia”.
Pero más allá del ejemplo de Östlund, cuyo cine siempre otorga al público “culto” una oportunidad para satisfacer sus fantasías sádicas frente a las estructuras neoburguesas, la comedia no es un género que suela frecuentar ni los grandes festivales ni las nominaciones a los premios.

Por ello nos ha parecido significativo que hace unas semanas el Festival de Sitges publicitase a la comedia del terror como leitmotiv para su edición número 58, usando el eslogan de “Motivos para sonreír (y estremecerse)”, y tomando como referentes los casos de Sam Raimi o Joe Dante.
Porque al humor solo se le toma en serio cuando pretende abordar temas importantes o se construye desde una estética sofisticada, o cuando ya ha pasado suficiente tiempo como para poder interpretarlo desde una óptica intelectual (como el cine de Jerry Lewis).
Que la comedia nunca ha tenido buena relación con los festivales de cine más importantes (léase Cannes, Venecia, Berlín o San Sebastián) es una evidencia, quizás porque desde la Antigua Grecia la tragedia siempre se asoció a temas elevados y conflictos universales, mientras que la comedia se relacionaba con lo cotidiano y lo vulgar.
O quizás porque se ha vinculado a gran parte de la comedia con contenidos ligeros, accesibles o directamente ramplones, en contraposición con la seriedad del drama. Pero quizás haya algo más, ya que como escribíamos hace unos años, acaso en el fondo la comedia (como el terror) “es el género más incorrecto, capaz de mostrar los aspectos más deleznables de nosotros mismos, pero siempre barnizados por la más naif de las sonrisas. Un género que, desde la más tierna infancia, nos invita a desarrollar cruentas diferencias de clase o nos relata enfrentamientos que culminan con la degradación del otro, como bien pone de manifiesto esos inolvidables enfrentamientos entre Tom y Jerry o entre el Coyote y el Correcaminos”.

La comedia es, en el fondo, un vehículo infantil, aunque a veces se tiña de intelectual, para sublimar la violencia hacia el otro o hacia uno mismo.
Por eso es posible que en el último decenio la comedia se haya diluido dentro del zeitgeist sociocultural. No parece casualidad que directores como Adam McKay, los hermanos Farrelly o Todd Phillips, hayan renunciado a las raíces del humor para buscar refugio y aceptación en el cine de prestigio, tras ser testigos de que hacer comedia (o cierto tipo de comedia) es una apuesta de riesgo.
Muchos especialistas vienen reflexionando sobre cómo los cambios sociales están impactando en la forma de hacer comedia, en la forma de reírnos. Algunos hablan de la influencia de lo “políticamente incorrecto” dentro de un arte, el humor, que se ha nutrido de lo irreverente y lo transgresor.
Es posible que las nuevas generaciones, acaso más sensibilizadas por temas sociales y de igualdad, entiendan que ciertos límites sí son necesarios, y que, en la actualidad, la delgada frontera entre lo transgresor y lo ofensivo en el ámbito del humor sea un terreno incierto, donde no pocos los comediantes se ven empujados a ejercer una forma de autocensura. Y relacionado con ello, también la denominada “cultura de la cancelación” y ejemplos como los de Ricky Gervais o Sarah Silverman han socavado la posibilidad de una risa.

En este sentido, un paseo por diversas críticas de usuarios y usuarias en la plataforma Letterboxd ante sagas como Atrápalo como puedas o Torrente desvela que la mirada social y los límites sobre aquello que puede ser objeto de burla también ha cambiado. Y que las formas teóricas del humor parecen acercarse más a los postulados de Judith Butler que a los de Jaimito Borromeo.
Tampoco las nuevas formas del streaming son ajenas a los cambios en la concepción del humor, ya que plataformas como Netflix han experimentado fuertes críticas ante ciertos especiales o monólogos, cuyo contenido ha sido abiertamente criticado.
Desde ahí han surgido otras voces, como la humorista australiana Hannah Gadsby, que busca reinventar la comedia sin recurrir a tropos más clásicos y ha demostrado que la comedia puede ser lúcida, capaz de subvertir las normas sin cimentarse en la burla del otro.
Quizás todos los cambios socioculturales en los que estamos sumidos nos empujen a concebir el humor desde otro lugar, o quizás tengamos que construirnos desde otra forma para aceptar que la risa no tiene otro objetivo que integrar nuestras heridas desde una posición más lúdica.

Porque como afirmaba Freud, el humor siempre se opone al sufrimiento, lo que supone un triunfo del placer. El mismo Freud que en su libro El chiste y su relación con el inconsciente diferenciaba entre el humor que surge de la agresión al otro, al que surge de la autocrítica lúcida. Solo el discurrir de los años nos dirá si somos capaces de integrar ambos conceptos.
Hace varios años, Pablo Vázquez y un servidor publicamos un libro colectivo sobre la figura de Adam Sandler. En su texto dedicado a su figura, Pablo escribía: “El payaso no deja de hacer las veces de exorcista amigable y pagano. Aleja nuestras sombras por unas horas, esquilma nuestras penas de chichinabo, pero en contrapartida, también se gana en altivez y la condescendencia de aquellos que olvidan las risas al abandonar el teatro, el bar o la sala oscura”.
La comedia, siempre presente pero poco apreciada, es lo más parecido al sexo: algo que nos atraviesa continuamente, pero de lo que no nos gusta hablar.
Roberto Alcover Oti