'Grand Tour' (Avalon)

Crítica ‘Grand Tour’: El tour cinematográfico de Gomes

marzo 12, 2025
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Ganadora del Premio a Mejor Dirección en la 77a edición del Festival de Cannes, la última película de Miguel Gomes, Grand Tour, llega a nuestros cines para mostrarnos la otra cara del cine contemporáneo a través de un romántico relato de aventuras. Por Belit Lago

‘Grand Tour’ (Avalon)

A menudo a caballo entre la ficción y la no ficción, donde la realidad se mezcla orgánicamente con la fantasía y las estructuras narrativas distan de ser evidentes, el cine del portugués, pese a concebir en muchas ocasiones las gentes del pueblo como motor temático, nunca ha sido considerado popular.

Apartado de lo mainstream, Gomes sí ha conseguido hacerse un hueco en el circuito de festivales, pasando triunfante por algunos de los más relevantes a nivel internacional: en 2012, su obra Tabú ganó el Premio FIPRESCI en la Berlinale, mientras que en 2021 se llevó el Premio a Mejor Dirección en el Festival de Mar del Plata gracias a Diarios de Otsoga.

El estreno en salas de Grand Tour quizás sea la oportunidad idónea de adentrarse en su particular universo para aquellos que todavía no han tenido la suerte de conocerlo; un mundo accesible para todos, pero que requiere de algún que otro esfuerzo por parte del espectador.

‘Grand Tour’ (Avalon)

Su libertad a la hora de crear puede chocar con algunas mentalidades acostumbradas a una narración más convencional: el lenguaje de Gomes es sencillo, pero hay que creer en la existencia de otro tipo de cine, uno que nos brinda un sinfín de posibilidades —formales, temáticas, estéticas—, y que también funciona para reivindicar el estado de vitalidad del séptimo arte, hoy más vivo que nunca gracias a propuestas como esta.

Grand Tour nos lleva de viaje en una travesía por el sudeste asiático a través de dos protagonistas: Edward, un funcionario británico que escapa de Birmania justo antes de encontrarse con su prometida, y Molly, que en la segunda mitad del film seguirá el rastro de su amado ofreciéndonos la cara B de esta odisea. Un personaje que huye y otro que busca. Dos amantes recorriendo los mismos lugares, pero que nunca llegan a encontrarse por una diferencia temporal tan mínima como relevante.

Para escribir el guion, Gomes se inspiró en Cielo de Oriente. Un viaje de Rangún a Haiphong, donde el escritor William Maugham Somerset explica, en unas pocas páginas, el matrimonio frustrado de una pareja inglesa de 1917: un hombre a punto de casarse que huye, y su mujer, que en lugar de resignarse, decide perseguirlo.

‘Grand Tour’ (Avalon)

La trama ficcionada de la cinta, que tiene lugar en 1918, aparece intercalada con unas imágenes que el cineasta y su equipo rodaron durante un viaje por Myanmar (antigua Birmania), Tailandia, Vietnam, Filipinas y Japón, interrumpido por la Covid-19 dos semanas antes de lo previsto, justo a la entrada de China.

En este sentido, el lisboeta construye un diálogo entre dos temporalidades distintas: el contexto colonial de principios del siglo XX —filmado en estudio con posterioridad a dicho viaje—, y la actualidad —representada a partir de lo rodado en 2020—. Estas “imágenes de archivo”, al contrario de lo que suele ocurrir, muestran el futuro de los protagonistas en una especie de actualización de su historia, quedando esta reubicada en un presente que abraza imágenes del pasado con las que interactúa irremediablemente.

La mezcla idiomática es también una de las particularidades de un film en el que se alterna el uso de portugués, chino, tailandés, francés, birmano, vietnamita, filipino y japonés. Con el protagonismo de dos voces en off que saltan de una lengua a otra (más presente en la parte de Edward que en la de Molly), los habitantes de los distintos territorios por donde pasan los personajes reivindican su realidad en su propio dialecto, frente al portugués utilizado por la pareja, quienes aún con nombres y origen anglosajones, utilizan el idioma de Gomes (y el de la película).

Dejarse llevar por esta propuesta es creer en las capacidades del medio audiovisual para contar historias que, aunque parezcan inverosímiles, traspasan la pantalla para provocar en nosotros un estado emocional que la mayoría de películas contemporáneas no logran, tan siquiera, imaginar.

La experiencia que ofrece Grand Tour se traduce en la mágica sensación de estar frente una obra de arte que resignifica, de alguna manera, esa naturaleza de entretenimiento del cine para ampliar horizontes y llegar, sin demasiados esfuerzos, un poco más allá.