'Hermanos' (Filmax)

Crítica ‘Hermanos’: Tú a Vallvidrera, yo a L’Hospitalet

julio 6, 2026
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Como ya ocurrió con su anterior Chavalas, el nuevo trabajo de las hermanas Carol y Marina Rodríguez Colás, Hermanos, corre el peligro de pasar desapercibido por centrarse en una realidad ajena al carácter burgués de gran parte del cine autóctono. Por Tonio L. Alarcón

‘Hermanos’ (Filmax)

Una de las reivindicaciones que hacían las hermanas Carol y Marina Rodríguez Colás a raíz del estreno de su ópera prima largometrajística, Chavalas (2021), era que el cine español necesitaba prestarle más atención al proletariado, y centrar menos sus retratos en las clases acomodadas de las que provienen una gran parte de sus directores y guionistas.

Cinco años más tarde, nuestra industria, salvo excepciones, sigue mirando más hacia los festivales y las entregas de premios que hacia el público potencial de los multisalas. De ahí que su siguiente proyecto, ya firmado en conjunto como directoras, Hermanos (2026), vuelva a estar condenado a verse como una especie de rara avis dentro de nuestro contexto cinematográfico.

Al fin y al cabo, se han atrevido a poner el foco en una parte de la población autóctona infrarrepresentada en la gran pantalla y mostrarle al público, de forma mucho más natural que otros cineastas que ondean la bandera de su compromiso sociopolítico, la perspectiva de los inmigrantes de segunda generación.

‘Hermanos’ (Filmax)

Aunque aquí retraten a la generación Z, y no a los millennials, las Rodríguez Colás reiteran (hasta cierto punto) el esquema argumental de su primer largometraje. Si allí tenían a una protagonista, Marta (Vicky Luengo), que había podido huir del barrio debido a su carrera artística, aquí se centran en un adolescente, Ayman (Badr Oubahassou), que ve en la invitación a su cumpleaños por parte de Sara (Mar Blanch) una forma de asomarse a una realidad económica muy alejada de la suya. Lo cual, como ya ocurría en Chavalas, crea fricciones con aquellos que considera sus mejores amigos, Eric (Omar Mills) y Rober (Pau Márquez), que conservan, en apariencia, el concepto de clase que su hermano parece haber olvidado.

Lo que le lleva a reaprender, de forma similar a como le ocurría al personaje de Luengo, su lugar real dentro del organigrama social. Si bien, en este caso, con un poso incluso más amargo: al fin y al cabo, aquí Ayman no tiene privilegio al que agarrarse (ni siquiera el fútbol, que parece tomarse con cierta relajación), como muestra su devastadora última secuencia.

Cabe aclarar, en todo caso, que todo ello está enmarcado, con notable inteligencia, en una de las grandes estructuras clásicas de las comedias juveniles estadounidenses: la del relato itinerante en busca de una promesa sexual (o sentimental) que Rob Reiner estableció en Juegos de amor en la universidad (1985). Lo interesante de Hermanos es que esa distancia a cubrir, que en el cine de Hollywood suele ser puramente geográfica, se vuelve aquí también un claro indicativo socioeconómico.

Después de todo, la dificultad de desplazamiento desde L’Hospitalet (donde han situado las Rodríguez Colás a sus protagonistas, en lugar de en su Cornellà natal) hasta la casa unifamiliar de Vallvidrera en la que vive Sara, responde a cierta obsesión de las clases altas por aislarse de aquellos que consideran inferiores.

Desde esa perspectiva, la fiesta de cumpleaños climática supone para las directoras una cierta esperanza de reconciliación entre clases. Brilla ahí, aunque sea de forma breve, la fe en que las nuevas generaciones puedan asumir esas diferencias de forma más natural. Que sepan eludir la herencia recibida. Otro tema, nos dicen también, es la resaca posterior a ese sueño.

Uno de los aspectos que más destacaban de Chavalas era la naturalidad que era capaz de extraer de sus intérpretes. Pero en Hermanos se añade una dificultad añadida, pues ni Oubahassou ni Mills son actores profesionales (Márquez, como Blanch, tenía cierta experiencia previa), sino que surgieron de un casting intensivo. La intención de las directoras, pues, era captar la realidad de la que procedían desde lo ficcional: de ahí que trabajaran con una coach especializada, Yasmina Rivero, para crear entre ellos una relación de amistad que trasparara a la pantalla.

Claro que lo más importante es la renuncia de las Rodríguez Colás a la literalidad de sus diálogos a cambio de recibir una (re)interpretación natural de sus protagonistas mediatizada por su argot, sus chascarrillos, sus ritmos… Lo que da pie a momentos tan mágicos como los tonteos de Ayman y Sara, cargados de una sinceridad juguetona, plenamente adolescente.

‘Hermanos’ (Filmax)

A diferencia de Chavalas, en la que contaron con dirección de fotografía de Juan Carlos Lausín, aquí han colaborado con el belga Philippe Therasse, que aporta una imagen menos plana y más cinematográfica. Hay un juego más atmosférico con la iluminación, incluso en los exteriores del barrio de los protagonistas, pero sobre todo un trabajo muy interesante en las secuencias nocturnas, que son la gran mayoría en Hermanos.

No es casual que el día caiga cuando Ayman y sus amigos llegan a Barcelona: se rompe ahí con la realidad a la que están habituados, y se les abre, ya desde la misma imagen, el acceso a todo un universo desconocido… Para bien y para mal. El trayecto contrario, tampoco por casualidad, al que Marta realizaba en el arranque de Chavalas.