Quizá fuese el aburrimiento estival, quizá la ausencia de acontecimientos de actualidad relevantes, pero cuando a mediados del agosto pasado se estrenó Materialistas (Materialists, Celine Song, 2025), medios de comunicación, revistas culturales y, sobre todo, newsletters de plataformas como Substack se llenaron de análisis sobre la película. Cada uno arrimándolo a su ascua preferida: como descripción del mercado del amor, como metáfora del capitalismo o para debatir si era o no una comedia romántica. Por Héctor García Barnés

Todos esos largos artículos me llevaron a plantarme solo en el cine un domingo por la tarde, entre otras razones, porque es imposible resistirse a participar en la conversación del momento. Sobre todo si uno es periodista y, sobre todo, cuando no hay tantas ocasiones a lo largo del año para unirse a la conversación en torno a una película (algo que sí ocurre con novelas o incluso discos: recordemos Lux de Rosalía), lo que es síntoma de la pérdida de influencia cultural del cine.
He de reconocer que muchas de esas conversaciones fueron fructíferas y, sobre todo, llevaron a hablar de una película a gente que, por lo general, nunca habla de películas.
En medio de esta efervescencia, el crítico Carlos Losilla publicó en Política & Prosa https://politicaprosa.com/parlem-de-cinema/ un artículo en el que, sagazmente, se preguntaba si estábamos hablando de cine o simplemente discutiendo a partir de una película. “¿Ha servido para que se hable de cine? Diría que no”, se preguntaba (la traducción del catalán es mía). “Hoy el cine no es más que una excusa para hablar siempre de lo mismo, de lo mismo que se podría hablar sin el cine. Casi no he leído nada sobre Materialistas como película y, al contrario, no he dejado de escuchar conversaciones o leer tribunas periodísticas que la han abordado de la misma manera que si fuese un documental de divulgación o un libro de autoayuda sobre el amor contemporáneo y sus vicisitudes”.
El público al que apela, añadía, es un público al que “no le gusta el cine sino como excusa para hablar de otros asuntos, sobre todo de esos de los que todos hablan”. Bienvenidos, por lo tanto, a la era de la película tertulia, cuya mayor virtud se encuentra en su capacidad para generar conversación y debate.
Materialistas es uno de esos ejemplos, pero otras películas recientes como Los domingos de Alauda Ruiz de Azúa o la última ganadora de la Palma de Oro, Un simple accidente de Jafar Panahi, podrían encajar en la lista. También, de cierta manera, pequeños éxitos recientes del cine de autor como Perfect Days de Wim Wenders, Alcarràs de Carla Simón, As Bestas de Rodrigo Sorogoyen o Vidas pasadas, también de Celine Song.
Películas sancionadas por distintos premios que comparten características comunes al canon de la película tertulia. Un tema de cierta importancia social (o política) con importantes implicaciones morales; personajes cuya presencia y aparente complejidad no suele servir en última instancia más que para servir de prueba documental de determinada actitud social; una búsqueda de cierto realismo que suele pasar por la representación fiel de una cotidianidad con la que es fácil identificarse (ropa, usos sociales, referencias culturales); en última instancia, un rechazo a cualquier abstracción o distanciamiento brechtiano que pueda romper dicho efecto de realidad.
En una sociedad polarizada, paradójicamente, las películas debate tienen más sentido que nunca ya que una sociedad polarizada requiere grandes activistas y el test de Rorschach que suponen estas obras permiten un fácil posicionamiento.
Las películas debate tienen más sentido que nunca ya que una sociedad polarizada requiere grandes activistas y el test de Rorschach que suponen estas obras permiten un fácil posicionamiento.
El mejor ejemplo son Los domingos, película tertulia perfecta –e inteligente, que nadie lo tome como un descalificativo– que la derecha tradicional ha leído como síntoma del retorno de la religión y ha utilizado para criticar a la izquierda intolerante, mientras que la izquierda ha interpretado como una crítica a la manipulación religiosa y a la familia como institución perversa.
Pero si hay algo que caracterice las películas tertulia es su aparente ausencia de estilo, al menos tal y como se ha entendido durante las últimas décadas. Es decir, el estilo como aquello que distinguiría lo propiamente cinematográfico de otras narrativas audiovisuales; el proyecto artístico de cineastas preocupados por el lenguaje en el que la forma debería tener al menos tanta importancia como el fondo.
Losilla iba en esa línea cuando achacaba a Materialistas tener un estilo rutinario y banal. Pero se puede decir lo mismo de otras tantas películas semejantes en la que es más importante lo que se cuenta que cómo se cuenta.
Aquí viene mi teoría. Si vemos este resurgir de las películas tertulias ahora y no es en otro momento es porque la segunda edad dorada de la televisión ha terminado y el cine ha vuelto a ocupar esa posición que durante dos décadas cayó en manos de la ficción televisiva, que ofrecía un cine narrativo de calidad basado en buenas actuaciones, guiones inteligentes y personajes interesantes.
Durante mucho tiempo, ese público que hoy consume películas tertulia probablemente encontraba algo semejante en series como Los Soprano, The Wire, Mad Men o Breaking Bad, que semana tras semana capitalizaban la discusión cultural.

Mientras esto ocurría, el cine de autor pareció encontrar su refugio en ese formalismo que las películas tertulia ha dejado de lado. Tenía sentido. Si el cine ya no era capaz de competir con la televisión en las coordenadas de guion-actores-temas importantes, y había quedado esquinado en la conversación cultural, es normal que encontrase su especificidad en aquello que le hacía distinto: la experiencia inmersiva y experimental de la forma, desde Apichatpong Weerasethakul hasta Albert Serra pasando por Bi Gan, Jonathan Glazer o Lisandro Alonso.
Brady Corbet y el éxito de The Brutalist podría ser una de las contadas supervivientes de esta tendencia hacia la película-experiencia formal.
Este giro es, en cierta forma, esperanzador. Materialistas o Los domingos han funcionado bien en taquilla y, más allá de eso, han mostrado que el cine puede seguir generando cierto debate, por mucho que sea un debate exterior a él.
Es el retorno de cierta fórmula que parecía extinguida del viejo cine adulto, “de calidad”, y que le devuelve la posibilidad de ser una alternativa de ocio real para el sábado por la noche. Película, cena con los amigos y tal vez una copa para seguir discutiendo. Como cantaba Andrés Calamaro en “Mi funeral 11”, “Y quiero ir al cine, ir a cenar al lado de una pareja de amigos, hablar de Jarmusch y Abel Ferrara”.
La segunda edad dorada de la televisión ha terminado y el cine ha vuelto a ocupar esa posición (…) Estas películas poseen el mérito de haber devuelvo al cine a personas que parecían haber perdido por absoluto el interés por el medio
Desde finales de los noventa (¿o tal vez desde antes?), cada poco tiempo, se publica un nuevo artículo lamentando la desaparición del cine para adultos. Primero fue la irrupción del blockbuster gracias a Spielberg y George Lucas; más tarde, el cine dirigido a adolescentes que se apoyaba en géneros como el terror slasher o la comedia adolescente; finalmente, el cine familiar que basa su fórmula en que, si la gente va cada vez menos al cine, al menos que lo haga en familia y pague cuatro entradas, dos boles XXL de palomitas y un buen puñado de bebidas azucaradas. Da igual que se trate de la superproducción de turno o de Padre no hay más que uno de Santiago Segura, la taquilla se mantiene gracias a esta fórmula.
Como decía la famosa frase de Roger Ebert, cuando era adolescente iba al cine a ver cómo se comportaban los adultos y, cuando pasó el tiempo, los adultos acudían al cine a ver cómo se comportaban los adolescentes.
El cine tertulia tiene como objetivo una demografía muy diferente, ciertamente minoritaria, pero que encaja con aquella que abundaba décadas atrás. Se trata de un espectador urbano, de alto capital cultural, seguramente de un cierto nivel socioeconómico, de más de 30 años y que aún sigue leyendo periódicos o libros, y que durante mucho tiempo tal vez se haya sentido expulsado de un cine que percibía como excesivamente formalista, un cine solo para cinéfilos en el que no podía encajar sus grandes teorías sobre la sociedad, la vida y la política.
Porque a medida que el cine se cerraba sobre sí mismo, ya no solo a través de un cine más exigente en su forma, sino también de un cine más autorreferencial, pensado para un espectador al que lo que más le gustaba del cine era el propio cine y cuyo principal escaparate era el creciente circuito de festivales de cine, gran parte de ese público que llenaba los cines de versión original desaparecía o se tenía que contentar con esa versión desvaída del cine tertulia que fue el cine social más adocenado y tosco. Ya saben ustedes a qué me refiero.

La gran diferencia respecto a aquellos cineclub de los años setenta se encuentra en que si antes se discutía qué nos han querido contar los Godard, Tarkovski o Angelopoulos, ahora lo que nos han querido contar está más o menos claro; lo que importa es cómo nos posicionamos ante ello.
¿Es, como sugiere Losilla, una instrumentalización del cine para hablar de otra cosa, de lo mismo de siempre, es decir, de la agenda de cada cual? Es posible.
Pero también reconozco, como cinéfilo desencantado, que las citadas películas poseen el mérito de haber devuelvo al cine a personas que parecían haber perdido por absoluto el interés por el medio. Quizá no sea lo que el cine merece, pero sí lo que necesita.