'Ravalear' (Foto: Lucía Faraig / Cortesía de HBO Max)

#Berlinale2026 Crónica 1: ‘Ravalear’, ‘Saccharine’ y ‘Moscas’

febrero 20, 2026
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Los primeros días en la Berlinale han sido ciertamente estimulantes: no solo por la diversidad temática y formal de su programación, sino también por el fuerte contraste entre las temperaturas de los espacios interiores y las calles, cubiertas de hielo. Por Belit Lago

‘Ravalear’ (Foto: Lucía Faraig / Cortesía de HBO Max)

Berlín en febrero es precioso. O como mínimo la zona que rodea el Berlinale Palast: el rojo que predomina, tanto en las salas como fuera de ellas, contrasta con el blanco impoluto de la nieve que cubre parques y lunas de coche, aceras y bicicletas. El frío parece menos áspero cuando, entre salas y pasillos, una puede entrar en calor gracias a un café hirviendo y, por supuesto, a un puñado de historias en busca de su público.

Arrancamos esta 76ª edición del Festival Internacional de Cine de Berlín con la proyección de dos capítulos de la primera serie española que compite en el certamen: Ravalear, creada por Pol Rodríguez y codirigida junto a Isaki Lacuesta, tándem artístico que ya nos convenció en 2024 con Segundo premio, colaboración que les valió el Goya a Mejor Dirección, la Biznaga de Oro en Málaga y el Premio Sant Jordi a mejor película española, entre otros reconocimientos.

En esta nueva propuesta, centrada en la fonda del Raval ‘Can Mosques’ —a punto de ser desahuciada tras la compra del edificio por parte de un fondo de inversiones—, Rodríguez firma una suerte de justicia reparadora que acaba resolviéndose, más bien, en una venganza cinematográfica.

‘Ravalear’ (Foto: Lucía Faraig / Cortesía de HBO Max)

‘Can Lluís’, restaurante de cocina tradicional regentado por sus padres, tuvo que echar la persiana en 2021 tras casi cien años de historia en el emblemático barrio barcelonés. Un negocio que, como se relata en la ficción, se levantó —y se sostuvo— gracias al esfuerzo familiar, el cuidado mutuo y la confianza en la singularidad de dicho espacio.

La serie, bajo un tono de thriller dramático, aborda una realidad aplastante y transversal: la de la crisis inmobiliaria. El aumento de los alquileres ha forzado desplazamientos de los centros de las ciudades hacia la periferia y, en los casos más extremos, también la ocupación; espina vertebral de los dos episodios presentados en el marco del festival.

Noventa minutos marcados por movimientos de cámara y zooms insistentes que representan la tensión que viven los personajes. Podríamos decir que Álex, interpretado por un siempre visceral Enric Auquer, es el protagonista alrededor de quien gira la mayor parte de la acción, pero la coralidad del proyecto nos permite disfrutar de un excelente trabajo colectivo donde aparecen varios de los rostros más conocidos del panorama catalán y nacional, como María Rodríguez Soto, Sergi López o Francesc Orella.

En la Sección Special, Natalie Erika James presenta Saccharine, confirmando su relevante presencia dentro del cine de terror dirigido por mujeres tras sus dos primeros largometrajes, Relic (2020) y Apartment 7A (2024), centrados también en personajes femeninos. Con este potentísimo retrato de los TCA, la cineasta apuesta por primera vez por el toque cómico y aprovecha la falta de sutileza del body horror para hablar, precisamente, del terror de lo corporal.

Las dificultades para encajar en los estándares de belleza, sumadas a la presión social y familiar, empujan a Hana —atrapada en una relación tóxica con la comida— a una doble tentación: matarse en el gimnasio (con la intención no solo de perder peso, sino también de conquistar a su entrenadora) y la ingesta obsesiva de una píldora milagrosa llamada “grey”.

‘Saccharine’

Cercana en su forma a La sustancia (Coralie Fargeat, 2024) —planos detalle, secuencias de estética videoclipera, música estridente—, Saccharine entabla un diálogo más profundo con Thinestra (Nathan Hertz, 2025), film independiente que pasó por la sección Brigadoon del Festival de Sitges el año pasado: ambas retratan la ansiedad por la ingesta desmedida de alimentos y proponen una cura infalible en forma de pastilla.

Entre donuts, elípticas y dismorfias, el film de la australiana destaca por su estrategia a la hora de materializar la enfermedad: un espectro de tamaño descomunal que únicamente se revela en reflejos convexos —magnífico el abanico de cucharas que la protagonista se construye para descubrir quién anda tras ella—. La cultura del Ozempic no ha tardado en convertirse en uno de los temas favoritos del terror contemporáneo.

Y para acabar esta primera crónica, hablemos de la presencia mexicana. Fernando Eimbcke regresa a la Berlinale saltando hacia arriba: si el año pasado Olmo (2025) pudo verse en la sección Panorama, en la presente edición Moscas compite en la Sección Oficial. En un blanco y negro que remite a la estética de sus compatriotas Alfonso Cuarón y Alonso Ruizpalacios en Roma (2018) y La cocina (2024) respectivamente —esta última estrenada en esta misma sección—, el director de Club Sándwich (2013) renuncia no solo al color, sino también a cualquier exhibicionismo formal. Sobria y contenida, la película reúne dos peculiares unidades familiares atravesadas por la precariedad y la desgracia.

‘Moscas’

Olga, que vive sola frente a un hospital, se ve obligada a alquilar una habitación para poder costearse una pequeña operación en el pie. Cristian, un niño de nueve años obsesionado con un juego de arcade ambientado en el espacio, ocupará esa habitación junto a su padre, incapaz de pagar los medicamentos de su mujer, ingresada en el centro médico de enfrente. Cuando Olga y Cristian se queden solos —el padre deberá marcharse en busca de trabajo— surgirá entre ellos un vínculo afectivo que les ayudará a afrontar la crudeza de sus respectivas situaciones.

El jovencísimo Bastian Escobar debuta como actor en este retrato de la alienación urbana y, al mismo tiempo, de la fortaleza que surge de las alianzas empáticas entre desconocidos. En un registro que recuerda a Los lobos (Samuel Kishi, 2019), Eimbcke subraya la importancia de la mirada infantil: Cristian ríe y juega, pero también muestra su vulnerabilidad, incluso cuando no sabe cómo pedir ayuda.