En esta época de los Goya siempre está bien acercarse a películas que no están nominadas, o bien porque son del año siguiente o bien porque por su propia filosofía, tono o pretensiones son difícilmente premiables por una Academia que suele honrar la pompa, lo fúnebre y lo coyuntural. Por Lolo Ortega

Películas que son productos de género (y de Netflix) que buscan en su tesitura hacer pasar el tiempo más que pasar a ser leyendas, sin concesiones a lo social “fake” ni a la contemplación banal, lo tienen un poco más complicados a la hora de optar a la gloria y a la oportunidad de dar un discurso de apenas un minuto en una gala que dura horas.
Y eso no quiere decir que Los domingos, Sirat o Romería no sean las mejores películas del año en nuestro país, pero sí se echa de menos que películas más generosas (de género y de generar hacia los demás) pudieran competir en igualdad de condiciones.
David Victori estuvo hace poco ahí y no sabemos si lo volverá a estar, aunque también quizá tenga que recuperar su pulso y su capacidad de asombro. Tenga que recuperar lo que arde en el espectador, pero sobre todo lo que quema.

Hay una escena en Cortafuego que quema, que sí me hace recordar al David Victori que nos sorprendió un poquito con El pacto y un mucho con No matarás. En ella los personajes de Belén Cuesta y Joaquín Furriel descubren al unísono que el interpretado por Enric Auquer puede no ser trigo limpio, pero ambos, dentro del coche, se ven imposibilitados a actuar por sus circunstancias.
Ese momento de angustia, ese dolor inmóvil de cuestionarse todo, e incluso de cuestionarse a uno mismo, dura unos breves segundos pero bien vale gran parte de la película. Porque esa creación de sensaciones, esa generación de empatía antipática con unos personajes con los que no acabamos de conectar, dotan de sentido a una trama volátil, caprichosa y con cierta tendencia a la angustia forzada y a la tragedia forzosa.
El resto del tiempo es una batalla no siempre ganada entre las intenciones y los resultados. Una batalla que se desarrolla entre ceniza, recuerdos guardados en un cajón o en un agujero del bosque, desconfianza, dolor extremo, humo y calor.

Una batalla desigual entre un guion que se tambalea en cada punto de inflexión y una realización con ganas de agradar y sobrevolar por encima de un bosque bienintencionado pero con árboles bonsáis enanos con más ganas de quemarse que de crecer.
Porque hay un momento que lo que prima es la fuga, seguir hacia adelante, no pararse en lo que quema (¿Qué pasó con el padre?¿A qué se dedica realmente el personaje de Auquer? ¿Qué nos quiere contar sobre la Muerte?) y poder intentar solucionar lo de la desaparición de la niña de la manera más blanca y urgente.
Y ahí es donde no existe cortafuego, ni sendero que nos separe de lo ya anteriormente transitado. Lo genérico no debe estar peleado con lo imaginativo, porque es la inventiva lo que hace que algo que ya conocemos, que ya esperamos, sea genuinamente nuevo. Ahí es donde Sorogoyen o Tony Scott (por poner dos ejemplos extremos y antitéticos) consiguen trascender.
Y ahí es donde la película de Victori hace aguas: tiene ganas de terminarse, tiene ganas de resolver, tiene ganas de que las únicas cenizas que haya sobre el suelo sean de árboles y de algún pájaro distraído que volaba por allí cuando no debía.
Todo lo apuntado, todo lo sugerido, en un planteamiento que apunta alto, que dibuja un thriller psicológico con dejes de película de terror, se consume en el mismo tiempo que uno consume esta película.