'La Gradiva'

Cannes 2026: el sorprendente pulso de las secciones paralelas, o cómo ‘La Gradiva’ y Radu Jude robaron parte del protagonismo

mayo 26, 2026
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Hacemos un repaso de las interesantísimas propuestas que pudimos descubrir en la Semaine de la Critique y en la Quinzaine des Cinéastes, secciones paralelas con cada vez mayor enjundia y predicamento en el marco del Festival de Cannes. Por Álvaro Gómez Illarramendi

‘La Gradiva’

Los días de festival en la Croisette siempre terminan adoptando la forma de una ficción paralela. El calor pegajoso de mayo (este año más que nunca), las carreras entre salas, las conversaciones atropelladas a la salida de una proyección y esa extraña mezcla entre glamour y supervivencia logística contribuyen a convertir cada edición del Festival de Cannes en una experiencia tan agotadora como adictiva.

No en vano, a pesar de los precios imposibles de la ciudad, de los apartamentos alquilados a media hora en autobús y de las eternas peleas con la aplicación de reservas para intentar arañar una última entrada disponible, cada mañana reaparece la misma ilusión: la posibilidad de descubrir una joya inesperada.

Este año, además, esa sensación estuvo mucho más presente en las secciones paralelas que en buena parte de la competición oficial. Mientras los grandes nombres alternaban títulos estimulantes con otros algo más frustrantes, la Semaine de la Critique y la Quinzaine des Cinéastes concentraron buena parte del verdadero nervio cinéfilo del festival. Más riesgo, más libertad formal y, sobre todo, una sensación constante de descubrimiento.

La película-fetiche de esta edición terminó siendo claramente La Gradiva, debut en el largometraje de Marine Atlan, convertido desde sus primeros pases en uno de esos extraños títulos que parecen concitar el entusiasmo unánime de la crítica.

Presentada precisamente en la Semana de la Crítica y ganadora del primer premio de dicha sección (aunque se le escapó, seguro que por poco, la Cámara de Oro a la mejor ópera prima de todo el festival), la película sigue a un grupo de adolescentes franceses durante un viaje escolar a Nápoles y Pompeya, reformulando el clásico coming-of-age desde una mirada sensual y melancólica, respetuosamente distante (lo que quizá le reste algo de intensidad emocional) y gradualmente elegíaca.

Hay algo del realismo mágico de Alice Rohrwacher en su forma de observar los espacios arqueológicos y su relación con los miedos y deseos de sus personajes, aunque Atlan demuestra ya una personalidad visual muy marcada y una elegancia formal y narrativa a prueba de espectadores impacientes. El extraordinario casting de jóvenes promesas es otro de los activos de esta notable ópera prima que parece venir de otro tiempo y lugar, ajena a modas y comprometida con la eterna búsqueda de la belleza y el amor puro, cuya existencia se reafirma pese a todo en un desenlace trágicamente hermoso.

La Semana de la Crítica dejó también otra de las grandes revelaciones del festival: Seis meses en el edificio rosa con azul del mexicano Bruno Santamaría Razo. Una película profundamente personal que mezcla ficción autobiográfica y crónica documental para abordar la infancia del director durante el diagnóstico de VIH de su padre en el México de los años noventa.

Rodada en luminosos 16 mm, tierna sin caer nunca en la complacencia y equilibrando constantemente drama y humor, la película rezuma verdad y buen cine. Santamaría Razo filma la memoria familiar con enorme sensibilidad, convirtiendo los silencios, los juegos infantiles y las canciones en refugios emocionales frente al miedo y la incomprensión.

‘Seis meses en el edificio rosa con azul’

En definitiva, una de esas películas pequeñas solo en apariencia que parecen destinadas a tener una larga vida festivalera y comercial, recordándonos hasta qué punto el cine íntimo sigue siendo capaz de conectar con algo profundamente universal.

Muy distinta, pero igualmente estimulante, resultó La muerte no tiene dueño, película del venezolano Jorge Thielen Armand presentada en la Quinzaine des Cinéastes , un thriller sombrío y atmosférico que coquetea con el acid western y la alegoría colonial desde una puesta en escena visualmente muy poderosa.

El duelo interpretativo entre Asia Argento y Doghreika Tovar sostiene buena parte de una película de combustión lenta que, aunque irregular, deja imágenes difíciles de olvidar.

También hubo espacio para propuestas más híbridas dentro de una Quinzaine especialmente diversa. El documental Once Upon a Time in Harlem destacó como una extraordinaria pieza construida a partir de material de archivo de William Greaves, recuperando conversaciones y encuentros entre figuras esenciales del Renacimiento de Harlem a propósito de una velada organizada a tal efecto en 1972.

Más que un simple documental histórico, la película funciona como un recordatorio vibrante de la importancia política y artística de aquellos creadores afroamericanos que redefinieron la cultura estadounidense del siglo XX.

‘Carmen, l’oiseau rebelle’

En un registro completamente distinto, Carmen, l’oiseau rebelle, nueva película animada de Sébastien Laudenbach tras Linda veut du poulet!, dejó sensaciones más encontradas. Su estilizada animación y el trabajo musical son indudablemente atractivos, pero la adaptación familiar de la tragedia de Bizet termina quedándose en una extraña tierra de nadie: demasiado infantil para los adultos y demasiado incómoda para funcionar plenamente como cine familiar.

Entre los autores ya consagrados, las nuevas películas de Radu Jude y Lisandro Alonso demostraron la posibilidad de combinar una estimulante fidelidad a sus respectivas obsesiones con nuevos matices y variaciones.

Jude volvió a desplegar su sarcasmo sociopolítico y su irreverencia narrativa y formal en Diary of a Chambermaid, trasladándose a Burdeos (pero con protagonista rumana, encarnada por la estupenda Ana Dumitrascu) para materializar una adaptación muy “meta” y contemporánea del clásico de Mirbeau, que funciona a varios niveles y depara momentos descacharrantes e iconoclastas, así como otros inesperadamente emotivos.

‘Diary of a Chambermaid’

Por su parte, con La libertad doble Lisandro Alonso recuperó veinticinco años después al pastor de la Pampa protagonista de su ópera prima documental La libertad, añadiendo inesperados matices sociales (el desmantelamiento de los servicios públicos en Argentina) y afectivos (la relación del protagonista con su hermana, aquejada de una enfermedad de salud mental) a su habitual contemplación pausada de la soledad y del paso del tiempo. Slow cinema en su máxima, y quizá mejor, expresión.

Y si aún no se la puede considerar “consagrada”, poco le queda para ello a la realizadora chilena Dominga Sotomayor (Limpia, Tarde para morir joven), que con La Perra adapta exitosamente la novela homónima ganadora del premio Alfaguara.

‘La perra’

Alternando el punto de vista de su atribulada protagonista (magnífica Manuela Oyarzún), la inolvidable perra Yuri (justa ganadora de la Palm Dog) y la reconstrucción de un suceso pasado muy trumático, este relato sobre la culpa y la posibilidad de redención destaca por una aproximación visualmente fabulosa (atmosférica, realista y plenamente cinematográfica al mismo tiempo) al lugar donde se desarrolla, tanto geográfico (una isla remota de la costa chilena) como mental. Lástima que ciertos baches de ritmo y narración lastren un resultado, en todo caso, valiosísimo.

Quizá ahí estuvo precisamente la clave de este Cannes: en películas todavía imperfectas, pero vivas; en cineastas que buscan antes que repetir fórmulas; en salas menos glamurosas donde todavía podía sentirse la emoción del descubrimiento. Porque al final, más allá de alfombras rojas, ovaciones y quinielas, uno sigue regresando a Cannes por algo muy sencillo: la esperanza de encontrarse, de pronto, con una película capaz de quedarse contigo mucho después de abandonar la Croisette.