Las cinco obras nominadas a los 40º Premios Goya demuestran que bastan unos pocos minutos para contener miradas críticas, íntimas y necesarias sobre la realidad. Zona Wao, El Santo, Disonancia, The Painter’s Room y La conversación que nunca tuvimos son las candidatas en la categoría a Mejor Cortometraje Documental este año. Por Nerea Méndez Pérez

En el marco de la 40ª edición de los galardones, dedicamos un espacio a los cinco cortometrajes documentales candidatos a los Goya 2026 con el propósito de aproximarnos a sus historias a través de las palabras de sus directoras.
Zona Wao
- Producción: Izaskun Arandia y Nagore Eceiza Mugica.
- Dirección: Nagore Eceiza Mugica.
«Con la tensión geopolítica actual, provocada por la pugna por el poder del crudo, dar a conocer la actividad descontrolada de empresas petroleras es muy relevante».
Nagore Eceiza Mugica.

Zona Wao ofrece una mirada a la situación en la que se encuentran las comunidades indígenas de Ecuador tras más de medio siglo de explotación de los recursos de la Amazonía a manos de petroleras como Repsol.
La idea, cuenta su directora, surge a raíz del estudio que Medicus Mundi Álava y Medicus Mundi Gipuzkoa estaban desarrollando sobre la salud integral de mujeres en zonas afectadas por la industria petrolera en Ecuador.
«Me invitaron a liderar un cortometraje que acompañara ese proyecto, buscando generar conciencia y debate sobre el impacto de las industrias extractivas y la colonización que sufren esas comunidades», relata Eceiza.

La película está llena de imágenes reveladoras, como la de un niño con una camiseta de Repsol jugando al futbolín. «La escena representa a la petrolera controlando a la comunidad, adormeciéndola con ocio y regalos mientras ejerce su poder», explica la cineasta.
Igual de significativa es la secuencia donde vemos a una mujer anciana meditabunda en la entrada de su vivienda y, tras ella, un croma con una cascada en el interior de su hogar. «El relato de esta mujer hablando de que la selva era su casa y que sus pies nunca habían llevado zapatos inspiró esta secuencia, que creo es la más emotiva del cortometraje«, opina.

Eceiza afronta la nominación a los Premios Goya «con mucha felicidad» y acompañada de personas queridas que se han unido a ella en esta celebración.
«Estar nominadas es cumplir un sueño», continúa la directora, «y con la tensión geopolítica actual, provocada por la pugna por el poder del crudo, dar a conocer la actividad descontrolada de empresas petroleras para revelar lo que los poderes económicos nos quieren ocultar es muy relevante. Creo que llegamos en el momento oportuno«.
La conversación que nunca tuvimos
- Producción: Cristina Urgel y Eva Moreno.
- Dirección: Cristina Urgel.
«Todas las familias tienen un elefante en la habitación y este documental reivindica la necesidad de sentarse y hablar para sanar».
Cristina Urgel.

La conversación que nunca tuvimos es un relato íntimo a tres voces, en el que un archivo de audio de la abuela de la directora vertebra el diálogo entre una madre y una hija que buscan sanar las heridas provocadas por la herencia emocional familiar.
«Después de fallecer mi abuela le dije a mi madre que en algún momento cuando se sintiera preparada le pondría la conversación que tuve con mi abuela, porque le iba a ayudar a sanar esa herida que arrastraba por las circunstancias por las que vino al mundo«, dice Urgel sobre el origen del cortometraje.

Más allá del tema de las madres solteras y sus hijos, a la directora le interesaba sacar a la luz «ese elefante en la habitación que todo el mundo sabe que está y del que nadie habla«.
A pesar de tratarse de una historia muy personal e íntima, la cineasta justifica de esta manera que el público conecte con él: «Todas las familias tienen un elefante en la habitación y este documental reivindica la necesidad de sentarse y hablar en las familias para sanar«.

Urgel manifiesta sentirse «muy emocionada» con la nominación a los Goya, porque al ser una historia tan personal y que tanta gente está viendo, lo siente como de «justicia divina» hacia la historia de su abuela.
«Siempre fue silenciada porque era una vergüenza para la sociedad, así que esta nominación es de ella y yo la disfruto en su lugar», declara la directora.
El Santo
- Producción: Adán Aliaga, Carlo D’Ursi y Miguel Molina.
- Dirección: Carlo D’Ursi.
«Me interesaba no tanto desmontar un mito como entender por qué necesitamos construirlos y qué dice eso de nosotros como comunidad».
Carlo D’Ursi.

El Santo se centra en la figura de Don Carlo Fortunato, un médico rural de Senise (Italia) convertido en un mito local tras su muerte. Combinando testimonios de los habitantes, que relatan los supuestos milagros del hombre, y la mirada crítica de la familia, se abre un debate en torno a la idealización de este miembro de la familia.
«La película nace de un conflicto muy íntimo: un pueblo que necesita creer en los milagros de mi abuelo y una familia que solo quiere recordarlo como un hombre bueno», expresa el cineasta y productor sobre cómo surge el cortometraje.
A D’Ursi le interesaba explorar la tensión entre la memoria colectiva y la privada. «No tanto desmontar un mito como entender por qué necesitamos construirlos y qué dice eso de nosotros como comunidad», añade.

El director comenzó queriendo comprobar si los milagros que le atribuían a su abuelo eran reales, pero con el tiempo entendió que esa no era la pregunta importante.
«La película me permitió mirarlo desde otro lugar: no como una figura idealizada, sino como alguien que, desde su trabajo como médico de pueblo, cuidó a muchas mujeres en el momento del parto con un respeto poco habitual en su época», afirma.
Al ser preguntado por cómo ve ahora a su abuelo tras la realización del cortometraje, D’Ursi manifiesta que «más que agrandar el mito, el proceso lo volvió más humano y más cercano«.

El cineasta afronta su nominación a los galardones «con mucha gratitud», porque es una película muy personal y el haber llegado hasta aquí ya ha sido un regalo.
«Me interesa que la historia circule y que pueda abrir una pequeña conversación sobre la salud obstétrica, la bondad, el cuidado y la memoria. En tiempos un poco ásperos, quizá no está de más recordar que los gestos pequeños también dejan huella», concluye.
Disonancia
- Producción: Eva Patricia Fernández Manzano y Rafael Linares.
- Dirección: Raquel Larrosa.
«La idea de un grupo de mujeres que escogen este trabajo y ponen su vida en peligro para seguir salvando a su pueblo me parece una imagen muy potente frente a la violencia».
Raquel Larrosa.

En Disonancia nos desplazamos hasta Argelia para reflexionar sobre el papel de las mujeres en contextos de conflicto. Esta realidad se cuenta a través del testimonio de Fatimetu Bucharaya, una mujer saharaui que en 2019 fundó SMAWT, una asociación de voluntarias dedicadas a desminar los campamentos de población refugiada saharaui en Tinduf.
«Había viajado a Argelia para ver los campamentos de acogida saharauis, pero cuando nos encontramos con este grupo de mujeres que se habían formado para desminar, quisimos acercanos a ellas», comenta sobre el origen del cortometraje.

La directora cuenta que la primera parte del documental se grabó antes de la Covid-19 y unos meses después —noviembre de 2020— se reanudó el conflicto armado entre Marruecos y el Frente Polisario. Ante este contexto, todo lo que se grabó después fue en su campo de entrenamiento.
«Hay una parte real que da mucha impresión, sobre todo cuando te acercas a la zona minada», expresa Larrosa. Ella misma explica que en esta zona, ubicada frente al muro que separa el territorio ocupado de aquellos liberados por el Frente Polisario, se dice que hay entre siete y diez millones de minas. «Muchas están señalizadas, pero hay otras tantas que quedan aún pendientes», aclara.
«Entonces hay mucho respeto. Incluso ellas a la hora de entrenar se lo toman muy en serio, como si estuvieran en ese lugar en una misión», declara.

«La idea de un grupo de mujeres que escogen este trabajo y ponen su vida en peligro para seguir salvando a su pueblo me parece una imagen muy potente frente a la violencia«, ensalza Larrosa. Además, «es una imagen que no acostumbramos a ver en nuestros medios de comunicación», opina.
Asimismo, sostiene: «Después de 5o años de ocupación y con nuestro Gobierno apoyando a Marruecos con ese plan de soberanía marroquí, digamos que también es una película que incomoda«.
Larrosa manifiesta que tanto ella como el equipo están muy contentas por la nominación, pues hicieron esta historia con la idea de que «llegara al máximo número de personas para que conocieran otra verdad, otra dimensión a la que no están acostumbradas«.
The Painter’s Room
- Producción: Bernat Manzano, Miguel Ángel Blanca y Montse Solà.
- Dirección: María Colomer.
«Hablábamos idiomas distintos y no sabía de qué hablaban cuando grabábamos, así que teníamos que funcionar con la intuición y con la confianza de que ellos entendieran muy bien qué quería hacer yo como directora».
Maria Colomer.

The Painter’s Room se adenta en Kærshovedgård, una antigua prisión danesa que ahora se usa como centro de deportación para personas a las que se les ha denegado el asilo político.
La directora cuenta que la idea de este cortometraje surgió mientras vivía en Dinamarca. Allí entró en contacto con personas que residían en el centro a través de Contact Network, un grupo de apoyo a personas en proceso de deportación.
«Una de las personas que vivía en el centro, Anowar, al cabo de un año de conocernos, me propuso hacer una película sobre esa realidad. Poco después, él se escapó a Inglaterra con un traficante de personas. Intenté contar su historia, pero era demasiado difícil. Al final, su propuesta inicial caló en mí y decidí volver al centro donde él había vivido», relata Colomer.

El documental sigue a Artin, un joven iraní, y a Jahan, un hombre kurdo que pasa sus días en el centro pintando. El cortometraje deja que sean los protagonistas quienes se apropien del relato, con una cámara que simplemente observa y delata el limbo burocrático del sistema danés.
«Mi mirada deja distancia porque no me interesa estar muy cerca; necesito esta distancia para que los personajes aparezcan realmente«, explica la cineasta sobre su apuesta por la mínima intervención.
«Hablábamos idiomas distintos y no sabía de qué hablaban cuando grabábamos, así que teníamos que funcionar con la intuición y también con la confianza de que ellos entendieran muy bien qué quería hacer yo como directora. Les conté muchas veces qué me interesaba y qué no del centro, y qué película me imaginaba. Si, cuando no estábamos grabando, me contaban algo que me parecía relevante, les pedía que lo volvieran a hablar cuando grabábamos», añade sobre el proceso de trabajo durante los rodajes.

Colomer piensa que «cuando haces documentales un poco autorales y cortometrajes estás un poco en el margen«, por eso se siente «muy contenta» por el reconocimiento.
«He trabajado muy bien con el equipo, que son amigos, y con los personajes, que se volvieron amigos, y lo he disfrutado mucho. Ahora poder recibir este reconocimiento es un final redondo que aún le da un peso más bonito al proceso que hemos hecho», concluye.