A Real Pain es un nuevo jalón más dentro de la carrera dentro del cine independiente de Jesse Eisenberg, en la cual, sea como director, guionista, productor o simple intérprete, lleva años esforzándose en autoexplorarse desde una perspectiva creativa. Por Tonio L. Alarcón

Pese a haberse hecho un hueco dentro de la industria hollywoodiense con su participación en franquicias como Ahora me ves y Zombieland, o bien el Snyderverse de DC Entertainment, Jesse Eisenberg ha seguido moviéndose dentro del circuito independiente para seguir teniendo la oportunidad de explorar algunas de sus inquietudes personales y artísticas.
Precisamente, dentro de esa vertiente de su carrera como intérprete puede distinguirse una exploración en proceso sobre el lugar que ocupa el hombre dentro de una sociedad contemporánea que sigue marcada por el peso asfixiante del patriarcado tradicional. Ahí encajan dos proyectos casi gemelos sobre la masculinidad tóxica como La mejor defensa es un ataque (2019) y Manodrome (2023), las exploraciones de las estructuras familiares en clave de género que proponían tanto Vivarium (2019) como Sasquatch Sunset (2024), o incluso esa rara incursión televisiva que actualizaba el imaginario alleniano en clave femenina, Fleishman está en apuros (2022).
Era esperable, pues, que su ópera prima como director/guionista, Cuando termines de salvar el mundo (2022), profundizara todavía más en esa senda de autoexploración. En este caso, incidía en lo que Eisenberg percibe como contradicciones personales respecto a su relación con la (cómoda) posición social en la que ha crecido.

Algo que, en su segundo trabajo tras las cámaras, A Real Pain (2024), reenfoca y/o completa, poniendo el acento sobre su propia naturaleza de judío neoyorquino, y confrontando esa identidad heredada con la traumática experiencia que atravesó su propia familia, original de Krasnystaw (Polonia), al intentar sobrevivir al Holocausto.
A ese nivel, no hay duda de que la película tiene algo de inmersión del director en su tierra de origen. El viaje de David (Eisenberg) y Benji (Kieran Culkin) es, por lo tanto, también el suyo propio, así que cuando la cámara recorre las localizaciones de Polonia, también está buscando crear una especie de conexión visceral con ellas. De ahí que el planteamiento expresivo del director de fotografía, Michal Dymek, sea lo más desnudo posible. Una cámara Alexa Mini LF, lentes Leitz M 0.8, y un enfoque de la iluminación lo más naturalista posible, siempre intentando adaptarse a las condiciones reales del plano.
La idea de Eisenberg y Dymek era ser lo más respetuosos posible con el trabajo de los actores, pero al mismo tiempo experimentar de forma continua con la profundidad de campo. Lo que les ha permitido realizar variaciones sutiles respecto a cómo sus figuras se relacionan dentro del plano, pero, lo que es incluso más importante, respecto a los paisajes en los que transcurre la acción.
Cierto es que, a nivel argumental, A Real Pain utiliza una estructura semejante a la de Mejor solo que mal acompañado (1987). Es decir, un relato itinerante que genera choques constantes entre dos personalidades antagónicas hasta que, en el momento en que parecían devenir irreconciliables, se produce una comunión inesperada entre ambas.
Sin embargo, a la hora de la verdad, lo que intenta expresar Eisenberg a través de la tensión que se produce entre ambas figuras es la compleja idiosincrasia del judío moderno a través de arquetipos cómicos perfectamente reconocibles. Es decir, mientras David representa la figura alleniana más convencional, en la que también entran otros actores como Billy Crystal o Larry David, Benji responde a un paradigma más abrumador y agresivo en el que encajaban intérpretes como Groucho Marx, Lenny Bruce o Don Rickles. De ahí el golpe de genio de recuperar para este último a un actor como Culkin (eso sí, no judío), que todavía traía bajo el brazo toda la intensidad dramática a la que le obligaba una serie tan intensamente agotadora como Succession (2018-2023).

Y es que A Real Pain juguetea con esa herencia alleniana con la que, de forma casi inevitable, cargan todos los cineastas judíos neoyorquinos, para intentar adaptarla en clave generacional. En otras palabras: una parte del angst intrínseco a creadores de la estirpe de Allen provenía, precisamente, a su proximidad temporal respecto a todas las barbaridades cometidas por el régimen nazi.
Lo que aquí plantea Eisenberg es que tanto sus coetános como él mismo han recibido, como legado, una ansiedad existencial similar, pese a haber crecido en un contexto mucho más cómodo, menos traumático. De ahí lo interesante que resulta que la experiencia de David y Benji les confronte, junto a los propios espectadores, con ese dolor real al que se refiere el título del largometraje. Pues les lleva a plantearse la compleja disyuntiva de si se puede hablar de sufrimiento, de aflicción, cuando se compara con los suplicios que se vieron obligados a atravesar las generaciones anteriores. Pero, en realidad, ¿la presencia de un calvario semejante anula, por su mera existencia, la validez de otras angustias más mundanas?