'Avatar: Fuego y ceniza' (20th Century Studios / Disney)

Crítica ‘Avatar: Fuego y ceniza’: La familia, bien, gracias

diciembre 20, 2025
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Las dos primeras entregas de Avatar supusieron, en sentidos distintos, auténticas revoluciones técnicas. Sin embargo, en Fuego y ceniza, da la sensación de que James Cameron ya no tiene mucho más que ofrecer, salvo la simple prolongación argumental. Por Tonio L. Alarcón

‘Avatar: Fuego y ceniza’ (20th Century Studios / Disney)

Es bien conocido que Avatar (2009) nació como una especie de regurgitación, filtrada por el western proindio y el ecologismo, del ciclo de Barsoom de Edgar Rice Burroughs… Que daría pie, precisamente intentando aprovechar el impulso del éxito de James Cameron, a la fracasada John Carter (2012).

Desde esa perspectiva, más allá del evidente interés económico, hay que entender el desarrollo de sus secuelas, hasta el momento Avatar: El sentido del agua (2022) y Avatar: Fuego y ceniza (2025). Como un esfuerzo por parte del cineasta para crear una narración seriada de tono pulp como las de Burroughs u otro de sus grandes referentes literarios, H. Rider Haggard.

Es más, como ocurre en la serie marciana, también ha ido desplazando el centro narrativo de los protagonistas del largometraje original, Jake Sully (Sam Worthington) y Neytiri (Zoe Saldana), a sus descendientes inmediatos, tanto naturales como adoptados. Lo que introduce un sentido del legado generacional, muy afín a los ciclos aventureros clásicos, que ha desaparecido de un entretenimiento contemporáneo que depende en exceso de las IP.

Pese a que el márqueting ha centrado la promoción de Fuego y ceniza en la aparición en la misma de un nuevo clan de los Na’vi, los Mangkwan, lo cierto es que se trata de una prolongación directa, tanto a nivel de trama como puramente narrativo, de lo que proponía El sentido del agua.

Cabría entender, pues, ambas secuelas como un solo relato de casi seis horas y media, construido con la ambición de ampliar y/o expandir el universo de Pandora. Un trazado argumental con voluntad épica, pero que, especialmente en esta segunda secuela, deriva en una (relativa) disolución de sus principales virtudes cuando Cameron pone por delante la necesidad de incluir set pieces espectaculares frente al desarrollo dramático de los acontecimientos. Ahí encajaría la subtrama de los Comerciantes del Viento, sin apenas relevancia dentro del conjunto de Fuego y ceniza, por más que explique algo más de la civilización de los Na’vi.

‘Avatar: Fuego y ceniza’ (20th Century Studios / Disney)

No obstante, pese a ser una continuación casi literal de El sentido del agua, el guión que Cameron ha escrito junto a Rick Jaffa, Amanda Silver, Josh Friedman y Shane Salerno se distingue de aquel por abordar dos temas fundamentales. Por un lado, el del proceso de duelo por la pérdida de un hijo, a partir de la muerte de Neteyam (Jamie Flatters) al final del anterior largometraje, y que afecta especialmente a una Neytiri, aquí, cargada de rabia contra los seres humanos y todo lo que representan.

Y por el otro, el tema del legado innato respecto al adquirido, sobre todo por las tensiones que se producen entre Jake, como padre adoptivo de Spider (Jack Champion), con su progenitor biológico, el Coronel Quaritch (Stephen Lang). Un villano cuyo arco dramático, claramente, está enfocado en una futura transformación en antihéroe.

‘Avatar: Fuego y ceniza’ (20th Century Studios / Disney)

Quizá uno de los aspectos más frustrantes de Fuego y ceniza sea la sensación de que, a nivel técnico y expresivo, no aporta nada que no estuviera ya presente en El sentido del agua. Solo una mayor tasa de fotogramas por segundo, lo que, por otro lado, provoca que algunas de sus set pieces se sitúen peligrosamente al borde del valle inquietante. Como, por otro lado, ocurre desde la primera Avatar con todo este universo de actores humanos interpretando frente a pantallas verdes, encajando a duras penas dentro de un contexto visual que sigue planteando el mismo dilema que Jon Favreau abrió en el seno de Disney con El libro de la selva (2016) y El rey león (2019). ¿Se pueden considerar películas de imagen real por el hecho de utilizar mayoritariamente (cuando no completamente) personajes construidos mediante un CGI hiperrealista? ¿O, debido a que se está animando lo que una serie de intérpretes aporta mediante captura de movimientos, habría que considerarlas películas de animación?

Precisamente, en Avatar, había un mayor esfuerzo por parte de Cameron de integrar ambos mundos de forma natural: desde El sentido del agua, en cambio, se aleja tanto de lo real que cada vez se sumerge más en la abolición de los límites físicos y narrativos que caracteriza al mejor cine de animación.

Pero incluso con sus excesos (sobre todo, de duración), y sus limitaciones expresivas, detrás de Avatar: Fuego y ceniza sigue estando uno de los mejores narradores del blockbuster contemporáneo. Y aunque, como ocurrió durante la febril etapa animada de Robert Zemeckis, se echa en falta el componente humano de sus mejores largometrajes, no se puede negar que el cine de Cameron sigue caracterizándose por un ritmo espléndido, que logra que el relato siga fluyendo incluso en aquellos segmentos en los que se enreda o se desvía en exceso de su centro dramático.

Por no hablar, claro está, de su talento para la creación de imágenes inolvidables: aunque el personaje tenga mucho menos relevancia de lo que pudiera parecer, el aspecto físico de la líder de los Mangkwan, Varang (Oona Chaplin), sin duda, es impactante.