Noah Baumbach consolida su relación creativa con la plataforma con el estreno de su cuarta colaboración. Jay Kelly, un film apresurado sobre la crisis de identidad tardía, aterriza en cines tras pasar por la 82ª edición del Festival de Venecia. Por Belit Lago

A cada nuevo contrato entre Baumbach y Netflix, un paso más lejos del cine de autor y un paso más cerca del contenido mainstream.
El de Brooklyn, que empezó su carrera a inicios de los dos mil dentro del circuito indie y que cuenta con hitos inmortales como Frances Ha (2012) —coescrita junto a Greta Gerwig—, lentamente ha ido abandonando ese paraguas para cobijarse bajo otro muy distinto: el de hacer películas por dinero sin importar demasiado cuestiones como el arte o el discurso. La eterna lucha de lo que vende frente a lo que es auténtico, genuino o, simplemente, ofrece una nueva mirada.
Gracias a Historia de un matrimonio (2019), segundo de sus largos producidos y distribuidos por la plataforma, Baumbach consiguió que la ruptura entre los personajes de Johansson y Driver destrozara al público desde los televisores de sus hogares. Cine íntimo consumido desde la intimidad.
Sin hacer demasiado ruido, nos empezaban a colar estrenos que pedían a gritos semanas en salas (en las que estuvo, pero no el tiempo suficiente) a través de una ajustadísima cuota mensual y la comodidad inestimable del sofá de nuestras casas.
Con Ruido de fondo —adaptación de DeLillo de 2022—, todavía se vislumbraban líneas destacables que tenían que ver con ciertos riesgos. Hablamos de un thriller de catástrofes que, además de contar con una narrativa singular y una forma cuanto menos extraña, resultaba demasiado largo y quizá poco convencional como para estrenarse en el servicio de streaming de perfil más comercial; una película que podríamos catalogar como el “anti-Netflix”, por su pastiche de tonos y su hibridación de géneros.
La expectativa ante Jay Kelly no era descomunal, pero, acostumbrados a apuestas que, aun sin haber brillado por su innovación, sí que habían conseguido despertar un interés generalizado entre la cinefilia, el golpe que nos propicia ahora el neoyorkino no es fácil de encajar.
¿A quién le interesa la crisis de una estrella de Hollywood que, ya en su última etapa profesional, se da cuenta de que está solo? Puede que a muchos espectadores, y esto en sí no es el mayor de los problemas, sino el hecho de que no haya nada más donde agarrarse detrás de un conflicto tan básico y manido.

Ni una apuesta formal interesante, ni un despliegue de vicisitudes que ayuden a empatizar con el protagonista, ni tampoco un guion sólido que justifique los 132 minutos durante los que observaremos cómo George Clooney se arrepiente de haber sido un mal padre, un mal amigo y un mal hijo. Es decir, una ególatra deleznable que no ha sido capaz de ver más allá del horizonte de su ombligo durante toda su vida adulta.
Pese a los intentos del director por no juzgar sus malas decisiones (la prueba está en las miradas de la platea en la escena del homenaje), resulta bastante incómodo acompañar a Kelly en esta road trip hacia la exculpación. La basura, aunque viaje de Los Ángeles a París en jet privado, nunca deja de ser basura.
Si pudiéramos salvar algo de esta propuesta atropellada —en la que todos hablan al mismo tiempo y las elipsis se suceden a la velocidad de la luz para evitar que algún espectador se duerma entre frase y frase— sería el casting de secundarios.
Mis pocos aplausos son para los capitanes del séquito de Jay: Adam Sandler, cuyo conflicto queda invisibilizado por ser exactamente el mismo que el de Clooney —la culpabilidad de priorizar la vida profesional ante la familiar—, y Laura Dern, quienes forman un dúo que, sin parecerme excepcional, rápido se convierte en lo único destacable de una cinta superficial y tremendamente plana.

A ratos, parece que hayamos saltado a una película de Wes Anderson y a cada nueva secuencia, otra cara conocida: desde Riley Keough como hija mayor, hasta Alba Rohrwacher como conductora, pasando por Billy Crudup como amigo de juventud, Stacy Keach como padre o Gerwig como mujer del personaje de Sandler.
Sorpresas que, lejos de ofrecer frescura entre trivialidades insulsas, convierten a Jay Kelly en un escaparate de famosos hablando de problemas de famosos; contenido que, por otro lado, seguramente logre encontrar un amplio y variado público a través del VOD.