Con el resbalón en taquilla de He-Man y los Masters del universo todavía muy reciente, Travis Knight vuelve a probar suerte como director de animación con una obra tan ambiciosa como Wildwood: El bosque salvaje, adaptación del libro homónimo de Colin Meloy y Carson Ellis. Por Tonio L. Alarcón

A principios de este mismo año se estrenaba en España el último e irregular trabajo de Mamoru Hosoda, Scarlet (2025). En él, releía el Hamlet shakesperiano para construir, en su último tramo de metraje, un devastador alegato contra los conflictos bélicos y la psicótica ambición que suele alimentarlos.
La crudeza de ese clímax, sobre todo en contraste con lo esperanzado de algunas secuencias anteriores, tiene su rima en la batalla campal con la que culmina una especie de obra espejo de aquélla como Wildwood (2026). Una guerra que supone, asimismo, un rito de paso traumático para su protagonista, Prue (voz original de Peyton Elizabeth Lee), que ha descubierto los secretos y las mentiras que oculta el mundo adulto.
Pero, en su caso, el director Travis Knight y el guionista Chris Butler aprovechan la referencialidad del libro homónimo escrito por Colin Meloy e ilustrado por Carson Ellis para vehicular el espíritu de la serie El mago de Oz, de Frank L. Baum, y todos sus herederos putativos.

Al fin y al cabo, aquí también tenemos a una heroína obligada a madurar a toda velocidad; una antagonista manipuladora, Alexandra (voz original de Carey Mulligan), que tiene su propio Wicked dentro de la película; y un universo fantástico, de notable complejidad política, pues busca funcionar como reflejo de la sociedad de su propia época.
Desde que saltó a la dirección con la espléndida Kubo y las dos cuerdas mágicas (2016), la ambición de Knight como director de animación ha sido la de sacar el máximo rendimiento al músculo creativo de Laika. Elevando, así, la ambición de sus propuestas, y el acabado de su stop-motion, para aproximarse a la espectacularidad de sus incursiones en el blockbuster convencional.
De hecho, es prácticamente imposible no ver en el tono oscuro de Wildwood, un tanto existencialista pese a sus fugas humorísticas, como una reacción al tono cansinamente autoparódico de He-Man y los Masters del universo (2026). Resultaba evidente que, en esta última, Knight se sentía incómodo salvo en los momentos en los que se apuntaba hacia una cierta construcción mítica (y mística), que son los cimientos narrativos sobre los que está construido su último largometraje de animación.
Y es que, incluso sin ser consciente de que Meloy y Ellis tienen escritas dos secuelas, resulta evidente que el cuidado que pone Wildwood en dar forma a su universo, en definir sus reglas y plantear sus relaciones, apunta a que la intención del director era brindarle a Laika una franquicia al más puro estilo Disney.
Seguramente el aspecto más comentado de Wildwood es la intención declarada por parte de Knight de trascender los límites del stop-motion convencional, utilizando impresión 3D para las expresiones faciales y empleando técnicas digitales que difuminan tanto los límites con la animación 3D como una parte cada vez mayor de las producciones animadas japonesas comerciales (por ejemplo, la ya mencionada Scarlet).
La cuestión que cabría plantearse frente a una obra tan ambiciosa a nivel expresivo como la que nos ocupa es si esa hiperperfección técnica funciona al servicio de la historia o, como ha acabado ocurriéndole a Pixar, aproximarse en exceso al aspecto visual de un largometraje convencional ha acabado llevándose por delante la plasticidad cartoon que siempre ha distinguido lo animado.
Porque, precisamente, lo interesante del medio reside en los rasgos de imperfección, en el pulso humano. Ahí es donde la obra respira, donde transmite auténtica fisicidad. De la misma manera, Wildwood crece en aquellos momentos en los que se aprecia la intervención de los animadores para dar forma a la secuencia: cuando entra el uso del CGI o el montaje de Christopher Murrie abusa del plano corto, es cuando pierde sentido el largo proceso de filmación stop-motion.

De hecho, esa misma ambición con la que está concebido el proyecto en global acaba traicionando, siempre hasta cierto punto, su efectividad última como producto comercial. El libro original de Meloy y Ellis caía en unas reiteraciones argumentales y unos subrayados que el guión de Butler no solamente no corrige, sino que exhibe con cierto orgullo: véase la secuencia íntima de cierre, en la que se produce una conversación entre dos de los protagonistas que telegrafía, con sonrojante insistencia, en el mensaje último del relato.
Precisamente, sus excesivos 131 minutos podrían haberse condensado con cierta facilidad si tanto el guionista como Knight hubieran confiado más en la inteligencia del espectador para (sobre)entender lo que ocurre, leyendo entre líneas. Eso, y el hecho de que, no hay duda, ambos estaban demasiado enamorados de su propia relectura del libro original como para querer pegarle unos buenos tijeretazos, hacen que Wildwood no alcance lo magistral. Claro que, a cambio, marca un nivel máximo para el uso de la técnica del stop-motion que será difícil que se iguale en los próximos años.