Recién estrenada también la serie Su majestad en Prime Video, Borja Cobeaga demuestra su ductilidad en la comedia con un largometraje, Los aitas, en el que despliega un tono más amable, si bien cargado de una notable melancolía de fondo. Por Tonio L. Alarcón

Desde que su nombre empezó a sonar dentro del circuito de festivales gracias a cortometrajes como La primera vez (2001) y Éramos pocos (2005), la aproximación a la comedia de Borja Cobeaga ha estado siempre teñida de cierto aire de tristeza, de una ligera melancolía de fondo.
Una pochez que se ha redirigido hacia el terreno de la screwball comedy en sus colaboraciones a nivel de guión de Diego San José. Pero que ha vuelto a tomar preponderancia cuando ha asumido de nuevo la escritura en solitario, como fue el caso de Negociador (2014), o cuando ha trabajado con autores afines a esa aproximación al género, como le ocurrió con la serie No me gusta conducir (2022).
De hecho, se puede decir que hay claros vasos comunicantes entre su nuevo largometraje, Los aitas (2025), y No me gusta conducir. En esta última colaboraron en la escritura de un episodio tanto la cineasta Mar Coll como su coguionista habitual, Valentina Viso. No es casual que esta se haya unido a Cobeaga para escribir una aproximación a la paternidad ochentera que hereda de la producción para la cadena TNT lo que aquélla tenía de cuestionamiento de un cierto concepto de la masculinidad a través de un (anti)héroe típico del director. Esto es, alguien inicialmente irritante, incluso despreciable, pero que durante el desarrollo del relato se va revelando como mucho más humano que otras figuras, a primera vista, más empáticas.

Bajo esa perspectiva crítica están dibujados los cuatro padres protagonistas de Los aitas, Óscar (Quim Gutiérrez), Juanma (Juan Diego Botto), Néstor (Iñaki Ardanaz) y Andoni (Mikel Losada). Un grupo de auténticos perdedores, desubicados tras quedarse en el paro al ser despedidos de los Altos Hornos de Bilbao, y acostumbrados a rehuir de cualquier responsabilidad relativa a su paternidad.
A través de un retrúecano dramático no exento de ironía, Cobeaga y Viso embarcan a los cuatro en una road movie que, precisamente, hereda la estructura predilecta de algunos de los directores de comedias bajoneras más admirados por el director: léase Hal Ashby o Alexander Payne. Lo que significa que los personajes se mueven debido a un McGuffin que puede tener mayor o menor sentido, pero que, en realidad, solamente es una excusa para trazar arcos dramáticos de crecimiento, casi siempre relacionados con el proceso de descubrimiento y/o conocimiento de los demás.
Hasta cierto punto, Los aitas plantea una pequeña fantasía amable que viene a compensar, desde la ficción, las ausencias paternales de la generación del director (que también es la mía). Y lo hace enfrentando a unas figuras paternales muy similares a las que tuvimos (o vimos a nuestro alrededor) con el proceso de establecer una conexión emocional, aunque sea endeble, con sus propias hijas.
Al mismo tiempo, Cobeaga y Viso crean dentro de ese autocar que viaja a Berlín un pequeño microcosmos de la sociedad española en el que también están retratados los demonios de la generación que crió a esos padres ochenteros, representada por el alcohólico Padre Arrupe (Ramón Barea). Así como la esperanza de una ruptura con todos esos modelos tóxicos que tan bien refleja la conexión establecida entre el pequeño Gorka (Aitor Sanz Álvarez) y la entrenadora Nina (Laura Weissmahr), que trae consigo una cierta modernidad proveniente de un contexto social menos represivo que el posfranquista.
Precisamente para retratar esa España apagada, nada brillante, que intentaba meterse de forma acelerada en la Comunidad Económica Europea, el director se aleja aquí de la opulencia visual que caracterizó el trabajo fotográfico de Diego Cabezas para la primera temporada de Su majestad (2025-).

En su primera colaboración con la directora de fotografía Bet Rourich, lo que busca Cobeaga es retratar un Bilbao especialmente gris, envejecido, que representa en pequeñas viñetas cotidianas después de contextualizar la situación de la ciudad a través de una serie de instantáneas que introducen un inesperado aliento documental al conjunto. Un esfuerzo muy consciente por ofrecer una fotografía del país que muestre cómo, pese a la imagen de modernidad que se quería proyectar hacia el exterior, seguía muy lastrado por las décadas de régimen franquista.
Tanto su fotografía de tonos apagados, que se mueve sobre todo en zonas de sombra, como un diseño de producción y de vestuario en el que abundan los colores discretos, especialmente tenues, están dirigidos a sumir a sus protagonistas, tanto los adultos como los niños, en un contexto especialmente vulgar, aburrido. Lo que realza una sensación de opresión, de asfixia general, que flota tras las derivas cómicas de la trama, y respecto a la cual los personajes están en perpetua huida: el grupo de niñas, a través del sueño de realización que supone para ellas la gimnasia rítmica; en cuanto a sus padres, mediante una negación constante respecto a la imposibilidad de volver a un pasado reciente.
Al rehuir de cualquier tipo de clímax catártico, más allá de cierta resolución íntima, Los aitas les enfrenta a todos ellos, pero también al propio espectador, con la grisura de su propia realidad.