'Presence' (Diamond Films)

Crítica ‘Presence’: La presencialidad de la ausencia

marzo 6, 2025
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El pasado 3 de octubre Presence inauguraba la 57ª edición del Festival de Sitges. Cinco meses después, la última película de Steven Soderbergh llega a salas bajo el sello de Neon, distribuidora que guarda en su lista de próximos estrenos la esperada They Follow o el tercer largo de Julia Ducournau. Por Belit Lago

‘Presence’ (Diamond Films)

En 1989, Steven Soderbergh debutaba en el largometraje con Sexo, mentiras y cintas de vídeo, un hit instantáneo que se convertiría en film de culto al poco tiempo. Desde entonces, escasos han sido los años en los que el director estadounidense no haya estrenado película o serie, convirtiéndose en uno de los cineastas contemporáneos más prolíficos, pero también en poseedor de una de las carreras cinematográficas más irregulares.

Tras ganar el Oscar a Mejor Dirección por Traffic en el 2000 —el mismo año de su emblemática Erin Brockovich—, llegaría el comienzo de su famosa saga criminal con Ocean’s Eleven (2001), que seguiría con Ocean’s Twelve (2004) y abandonaría en la tercera entrega Ocean’s Thirteen (2007). Cintas posteriores como Contagio (2011) o Perturbada (2018) se acercaron al género con la enfermedad como excusa: en el primer caso utilizando un escenario pandémico para hablar de los efectos sociales de una epidemia mundial, en el segundo construyendo una sátira sobre las tecnologías modernas a través de un sugerente juego de perspectivas.

Con Presence tampoco llega a habitar lo que conocemos como terror convencional, aunque sí estamos frente a una película de fantasmas. El punto de vista es siempre el de un espectro flotante que recorre los espacios de la casa donde todo ocurre: ante su incapacidad de abandonar el hogar, el espectador queda atrapado con él.

‘Presence’ (Diamond Films)

Su objetivo es mostrarnos pequeñas escenas cotidianas de los que allí habitan: una familia norteamericana que esconde los traumas y secretos que acaban convirtiéndose en la base narrativa de la propuesta. El film sirve como demostración de las capacidades camaleónicas de su autor, que vuelve a acreditarse como director de fotografía bajo el pseudónimo de Peter Andrews, nombre de su difunto padre.

Lucy Liu y Chris Sullivan interpretan a una madre pragmática y un padre sufridor que acaban de mudarse junto a sus hijos a una residencia con entidad propia. Dicho sujeto, que siente una conexión especial con Chloe (Callina Liang), una adolescente que acaba de perder a su mejor amiga en un trágico y misterios accidente, no responde a los cánones de fantasma terrorífico. En este caso, su naturaleza se aproxima a representaciones conciliadoras como la propuesta por David Lowery en A Ghost Story (2017), donde la convivencia con algo propio del más allá no supone tanto una amenaza como sí una normalización de su mera existencia en el plano terrenal.

Lo más interesante de la penúltima propuesta de director de la todavía inédita Black Bag (2025) —cuyo estreno en España se espera el próximo 16 de abril— es su estrategia fílmica: el director opera con una sola cámara digital que se mueve en vertical y horizontal sobre su propio eje como si de un ‘house tour’ de inmobiliaria se tratara. La volatilidad robótica del dispositivo lo aleja de cualquier atisbo de humanidad, otorgando a dicha perspectiva la caracterización de, en este caso, exhumano.

Una presencia descifrada por la propia ausencia. La intangibilidad de lo corpóreo entrando en disputa con la voluntad del espíritu de dejar rastro: cambiando objetos de lugar, zarandeando muebles o, en última instancia, protegiendo a toda costa la supervivencia del ser querido.

‘Presence’ (Diamond Films)

Lo técnico y lo narrativo se funden para ofrecernos un sorprendente ejercicio audiovisual que también se aproxima al debate filosófico sobre la vida y la muerte, la existencia de lo sobrenatural y el antiguo relato de que el fantasma que se queda atrapado en esta esfera es porque aún tiene cuentas pendientes que resolver antes de marcharse para siempre.

La casa como espacio liminal de la transición entre individuo y espectro, como lugar habitado por gentes de su presente y su pasado, como cárcel —tanto para él como para nosotros— desde la que llegamos al exterior tan solo a través de la visibilidad que nos permiten las ventanas, siempre desde un interior del que nos es imposible escapar.