Como hizo en Belle, Mamoru Hosoda sigue apostando por alternar la animación tradicional con el CGI en su nueva Scarlet, si bien en un equilibrio más precario, pese a su ambición de reinterpretar la senda vengativa del Hamlet de William Shakespeare. Por Tonio L. Alarcón

No deja de ser curioso que Mamoru Hosoda debutara en el largometraje con ese rip-off de la franquicia Pokémon que es Digimon: La película (2000). Y es que su estructura de isekai (es decir, de aventura con sus protagonistas trasladándose a un mundo fantástico) prefigura prácticamente toda su filmografía como director de animación.
Sea a través de distorsiones temporales, como en La chica que saltaba a través del tiempo (2006) y Mirai, mi hermana pequeña (2018), mediante realidades virtuales como en Summer Wars (2009) y Belle (2021), o en dimensiones fantásticas, como en El niño y la bestia (2015) y la película que nos ocupa, Scarlet (2025), los protagonistas del cine de Hosoda suelen caracterizarse por una naturaleza dual, escindida.
Por un lado, la cara pública, aceptable, que les exige la sociedad, y por el otro, la personalidad auténtica que se ven obligados a reprimir. No hace falta escarbar mucho para entender la crítica que hay detrás hacia la cultura japonesa: su anterior largometraje, Belle, resultaba muy explícito a ese respecto.

Precisamente este último trabajo representaba un paso decisivo por parte de Hosoda dentro de un movimiento creciente en el seno de la industria del anime: el relativo a la integración más o menos natural del uso de modelos CGI junto a la animación convencional. Quizá el gran valedor de la estandarización de su uso para simplificar procesos ha sido el estudio Ufotable, responsables de la popularísima franquicia Guardianes de la Noche, pero el camino marcado por Hosoda con Belle era muy distinto.
Lo que allí hizo el director fue distinguir los dos universos descritos a través del estilo de animación: la bidimensional fue utilizada para las secuencias reales, y el CGI para las relativas al universo virtual. Un concepto, desde luego, interesante a nivel expresivo, que ha repetido en Scarlet para ayudar al público a diferenciar también el mundo real de esa especie de purgatorio en el que se sitúa la mayor parte de la acción del filme, y que aquí se ha bautizado como Otromundo.
La cuestión es que, a diferencia de Belle, se produce un notable desequilibrio expresivo entre ambos estilos de animación. Resulta muy evidente que Hosoda y su equipo han puesto mucho más cuidado en los modelados tridimensionales, que, desde luego, dan lugar a las imágenes más bellas y más impresionantes del largometraje.
Por mera comparación, palidecen las secuencias ambientadas en el mundo real, pues en ellas se aprecia un cierto descuido formal inédito en el cine de su director: en algunos planos, se dirían esbozos a medio terminar. Es más, hay ciertas inconsistencias en la técnica empleada para las secuencias de Otromundo (algunas escenas y personajes secundarios están claramente animados a mano) que apuntan a posibles reajustes presupuestarios o a una precipitación del proceso de producción.
En todo caso, lo que Hosoda plantea como guionista a nivel dramático es, al menos sobre el papel, muy interesante: recuperar la tradición japonesa, tan bien representada por Kurosawa, de aproximarse a la tragedia shakespeariana, si bien reinterpretándola desde una sensibilidad contemporánea. Scarlet no esconde, de hecho, su naturaleza de reinterpretación femenina, y con mayor acento en lo fantástico, de Hamlet.
La mayor disonancia respecto al original reside en la introducción dentro del arco narrativo, aprovechando la multitemporalidad de Otromundo, de un personaje masculino sacado de nuestro presente, el enfermero Hijiri (voz original de Masaki Osada). Una figura que rompe con el relato tradicional, cuestionando el carácter inevitablemente cíclico de la venganza al aportar la sensibilidad de una sociedad japonesa moderna que aprendió, debido al (o por culpa del) trauma de la Segunda Guerra Mundial, a cuestionar su propio carácter agresivo, belicoso, y a abrazar una mayor espiritualidad.
No es casual, de hecho, que en la búsqueda por parte de su protagonista, Scarlet (voz original de Mana Ashida), de su traicionero tío Claudius (voz original de Koji Yakusho), Hosoda vaya transformando, de forma equivalente al propio relato, la orografía de su versión del purgatorio. De ahí que lo que comienza como un espacio postapocalíptico, diríase que salido de uno de los herederos y/o imitadores de la franquicia Mad Max, se vaya transformando en un escenario de guerra cada vez más oscuro y más grisáceo.
Hosoda está aludiendo, desde luego, a los conflictos bélicos contemporáneos. Pero, como la reciente Godzilla: Minus One (2023), también está proyectando, de forma simultánea, la herencia traumática de su propio país, y el dolor provocado por esos liderazgos políticos que, cegados por el poder y por la ambición, no tienen en cuenta el sufrimiento que generan en la población que está a su cargo.

Es una lástima que la narración de Scarlet tienda a las fugas expresivas, dándole preeminencia a apartes, a veces, inexplicables o meramente inconsistentes (el baile hawaiano, la ensoñación que sitúa a Scarlet en la actualidad), mientras deja notables huecos narrativos por llenar (como la hermosísima figura del dragón volador, que funciona meramente como deus ex machina para sacar las castañas del fuego a sus héroes).
Lo más interesante del relato acaba siendo la rima que establece con Belle, en cuanto a su naturaleza de proceso de aceptación de la pérdida, por parte de su protagonista, de un ancla emocional fundamental.