'La invitación' (Diamond Films)

Crítica ‘La invitación’: Prosciutto en lugar de jamón ibérico

octubre 20, 2026
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Seis años después del estreno de Sentimental, Cesc Gay vuelve a ver cómo su obra sale a la palestra por el estreno de un remakehollywoodiense, La invitación, rodado con un presupuesto mucho más generoso y estrellas de la industria usamericana. Por Tonio L. Alarcón

‘La invitación’ (Diamond Films)

Cuando una pieza teatral como Los vecinos de arriba no solo da pie a una adaptación cinematográfica, digamos, oficial como Sentimental (2020), sino también a ocho remakes producidos en países muy distintos, hay que entender que está hurgando en determinada herida social que se proyecta con relativa facilidad en latitudes ajenas.

Al fin y al cabo, lo que desarrollaba Cesc Gay en su trabajo original no era más que una pequeña pieza de cámara, concebida para cuatro actores, que por la simplicidad de su planteamiento podría perfectamente haber formado parte de alguno de sus largometrajes episódicos como En la ciudad (2003), Una pistola en cada mano (2012) o Historias para no contar (2022).

Después de todo, su planteamiento cotidiano, costumbrista, responde al retrato que suele hacer Gay sobre las miserias de la clase burguesa barcelona. De la misma manera que el giro argumental que redimensiona la historia (y donde está, a la hora de la verdad, el gancho que hace que se la haya querido releer en tantas ocasiones), así como el dibujo amargo, áspero, que hace de su protagonista masculino, Julio (Javier Cámara), sigue la línea de (auto)crítica que siempre ha mantenido hacia la masculinidad herida de su propia generación.

‘La invitación’ (Diamond Films)

Como reconcepción de Los vecinos de arriba, el guión de Rashida Jones y Will McCormack para La invitación (2026) hace algo muy típico de la industria estadounidense: intentar, digámoslo así, planchar las arrugas del original de Gay. Es decir, hay un esfuerzo a nivel de escritura por reequilibrar lo que, según las estructuras de guión convencionales, se podrían considerar imperfecciones, pese a que también era lo que dotaba al original de una determinada personalidad.

También tiene mucho que ver el trabajo previo que Olivia Wilde, como directora, planteó sobre el libreto, organizando sesiones de ensayo y reescritura con los intérpretes escogidos que también derivaron en que se hayan limitado las aristas que presentaban los personajes. De ahí que Joe (Seth Rogen) siga resultando patético, pero muchísimo menos antipático que la versión de Cámara. O que el ánimo libidinoso que iba adueñándose de Salva (Alberto San Juan) se haya querido dulcificar en su sosias estadounidense, Hawk (Edward Norton), mediante un monólogo de carácter melodramático que, según explicaba la directora, escribió el propio actor.

Ahí está la clave que lleva a que, a partir del mencionado giro argumental, La invitación se convierta en una película distinta a Sentimental (y, por consecuencia, una adaptación más o menos libre de Los vecinos de arriba). La relectura que, originalmente, habían escrito Jones y McCormack respetaba la reacción disímil a lo que ocurre por parte de Julio y Ana (Griselda Siciliani). Fue durante los ensayos con las estrellas protagonistas del remake estadounidense cuando se decidió cambiar el rumbo de la trama, llevándola a un terreno dramático que a Gay no le interesaba explorar porque ahí, en realidad, no está la clave emocional del relato.

Quizá la figura que mejor represente el cambio sea el de Laura (Belén Cuesta), aquí transformado, en clave de maggiorata, en Pina (Penélope Cruz). En el original, su sexualidad se presentaba de forma más sutil, más elegante, porque lo que acababa resultando importante para la trama era que, tras su apariencia excéntrica, había alguien con talento para leer los problemas emocionales de la pareja protagonista. Sin embargo, en la película que nos ocupa, el peso dramático entre ambos lados del personaje se invierte: es decir, tiene mayor relevancia el atractivo físico de Cruz, su aura carismática, que la revisión que pueda hacer de la relación sentimental de sus vecinos.

Seguramente lo más interesante de La invitación respecto a su modelo es que, frente a la transparencia que acostumbra a caracterizar el cine que Gay desarrolla junto a su director de fotografía habitual, Andreu Rebés, Wilde construye una película mucho más compleja a nivel de tratamiento de la imagen… Lógico, teniendo en cuenta que dispone de un cómodo presupuesto de 15 millones de dólares.

De hecho, frente al rodaje en digital de Sentimental, en la que se usó una Arri Alexa LF, el encargado de la fotografía del remake americano, Adam Newport-Berra, optó por rodar en 35 mm. Para lo cual empleó una Panavision Panaflex Millennium XL2, equipadas con el set de lentes que la marca creó para que Paul Thomas Anderson rodara Una batalla tras otra (2025) en VistaVision. Lo que, según Wilde, les obligó a todos a ser mucho más precisos durante el rodaje.

‘La invitación’ (Diamond Films)

Inicialmente, Newport-Berra quería emplear una iluminación práctica inspirada en la de Maridos y mujeres (1992), pero, como los encuadres conseguidos no acababan de convencer a nadie, se decidió buscar un equilibrio a nivel de influencias.

A nivel de blocking de los actores, emplearon como base tanto el trabajo de Michelangelo Antonioni y Gianni Di Venanzo en El eclipse (1962) como el de Mike Nichols y Haskell Wexler en ¿Quién teme a Virgina Woolf? (1966). En cuanto a tono, tanto Wilde como Newport-Berra reconocieron fijarse en obras como La felicidad (1965) de Agnès Varda o La coleccionista (1967) o El amor después del mediodía (1972) de Éric Rohmer. Pero de fondo, aunque en el Hollywood contemporáneo cueste reconocerlo, sigue reconociéndose la influencia decisiva del mejor Woody Allen.