Hay en esta 73º edición del Festival de San Sebastián una temática que recorre las distintas secciones y que está presente en un conjunto de películas que versan sobre la idea de cómo recuperar al hijo. Y es que películas como Los domingos, Un poeta, Maspalomas, Dos pianos, Los tigres o Ungrateful Beings, entre otras, acometen esta exploración de los conflictos, dificultades e incapacidades que se dan cuando lo que se pretende es desde los padres aproximarse a la figura del filio. Por Iván Cerezo Cabeza

Her Heart Beats in its Cage (Qin Xiaoyu) se inscribe dentro de esta corriente. La película china en Sección Oficial empieza con un plano muy significativo: una panorámica que muestra el movimiento de un personaje que comienza a andar en un terreno rocoso bastante inestable y peligroso. Nos centramos en el personaje de Hong, que lleva en prisión 10 años y que ahora con su salida se pregunta cómo recuperar y salvar las distancias con su hijo, al mismo tiempo que tiene que incorporarse a la sociedad.
Durante los primeros minutos de metraje mientras Hong está en la cárcel, la cámara retrata su figura junto con la de los demás reclusos en un estricto régimen militar; todo un sistema de implacable orden y ley que se extiende desde la cárcel a la institución del estado, como lo muestra un plano general cenital con la bandera encuadrada. Es interesante entonces en el momento en el que el personaje sale de prisión y su salida está filmada desde un movimiento de cámara muy significativo: con la imagen invertida por el reflejo, la cámara se desliza en paneo hacia abajo para mostrar ahora la realidad y la imagen en su correcta posición.
Aunque se podría pensar que el personaje queda correctamente encuadrado y empieza un periodo de liberación —o así lo piensa ella—, en verdad la ciudad es un espejo, una extensión más de esa cárcel: desde el orden de los altos edificios hasta el tamaño de las figuras en el encuadre expresando un sistema de férreas jerarquías. Por ejemplo, en la escuela con la figura del profesor de gran tamaño en primer término, pasando por la madre hasta la pequeña figura del hijo al fondo del encuadre.
El conflicto surge, entonces, en tanto en cuanto esa introducción de Hong a ese mundo frívolo e individualista va a desplazar y provocar un progresivo distanciamiento con su hijo. Así pues, el desplazamiento a la ciudad que provoca la separación del hijo con su querida abuela, la enrejada escuela como una cárcel más, un sistema laboral que no permite ninguna fuga para la atención a su hijo o la inserción en la dinámica las redes sociales en beneficio de una mirada egocéntrica, solo va a tener sus momentos de quiebra cuando existan desplazamientos al campo lejos de la urbe en los que la cámara se siente libre de caminar y moverse.
Si bien entonces toda la idea de reincorporarse a la sociedad está muy trabajada en la puesta en escena a través de mínimos elementos y de una fotografía muy austera, existe cierta desconexión y exploración en cuanto a la relación con su hijo y el pasado traumático del que todavía están presos; todo un discurso que no impacta verdaderamente hasta el final cuando a través de las formas en negro escuchamos una reveladora confesión.
También, hablándonos de relaciones paternofiliales, tenemos en la Sección New Directors La lucha. El segundo largometraje de José Ángel Alayón se centra Miguel y en su hija Marina un año después del fallecimiento de su esposa; una pérdida que todavía duele y en la que aún sus personajes se encuentran en duelo con la vida —mitificado en ese árido paisaje de Pontevedra hostil y lleno de durezas—.
Así pues, la realidad que viven nuestros protagonistas fuera de la tradicional lucha canaria que practican no es más que una extensión y prolongación de lo que sucede dentro del ring: una batalla por mantenerse en pie en duelo con la vida misma y que tiene su repercusión en el distanciamiento que padre e hija progresivamente irán manteniendo. Es ahí, siempre en la relación entre dos cuerpos, en donde la película de Alayón se convierte en una contemplativa exploración sobre cómo a través del importante contacto humano podemos relacionarnos y sentirnos.
Después de recordar en una ceremonia a su esposa difunta, Miguel se encuentra en el asiento de atrás de un coche en movimiento con los ojos cerrados y compungido. Al abrirlos, lo primero que ve es a su hija observarle; casi como si estuviera levantándole con su mirada. Es de esta forma cómo de manera sutil y sosegada se muestran en La lucha los cálidos vínculos de cuidado y cariño; unos que realmente conmueven dentro de la hostil realidad y de los fríos trabajos en los que relaciones se sustentan en el contacto con las máquinas. Y es que apenas el distanciamiento entre Miguel y Marina se aprecia de manera literal, dramática, más allá de determinados momentos cuando ella busca sustituir la figura del padre saliendo con un hombre cercano a su edad, o cuando el este decide separarse de su hija decidiendo que vaya a vivir con su tía.
No, aquí el cómo se desarrolla todo está dentro de las escenas de lucha de las que está colmado el filme; está dentro de la densidad y de la fisicidad de cada plano e imagen que quedan bañados por una paleta de colores rojos, amarillos y azules en las que se explora en el contacto lo humano.

A este respecto, es fascinante el plano en el que el rostro del padre queda confundido en el reflejo de las nubes del cielo y a continuación la cámara describe cómo la pala de la excavadora deposita en caída hacia el suelo la arena que lleva en su cazo. Una muestra de cómo el director encuentra la manera de mostrar el derrumbe que va a sentir el personaje no desde la fuerza ni desde brutalidad de las peleas, sino desde la delicadeza y belleza de las formas. Una película valiosa.
Por otro lado, en la sección de Horizontes Latines nos ocupa Cuerpo Celeste (Nayra Ilic García), un ejercicio formal llamativo, aunque con limitaciones. Hay en su imagen una continua tensión desde sus primeros fotogramas, una trabajada lucha interna en los planos entre una joven de 15 años (Celeste) y el mundo que la rodea.
Situada dentro de la etapa de agonía de la dictadura de Pinochet e iniciando con un plano en movimiento de varios jóvenes corriendo libres, el filme fundamentalmente se desarrolla en el paisaje desierto de Atacama y en su playa; un escenario que sirve a Nayra Ilic García para retratar en la superficie de un Scope más que aprovechado —hacía mucho tiempo de esto— las dinámicas del personaje con respecto a su entorno. Y es que la tensión irrumpe constante en el aprovechamiento del panorámico encuadre cuando se diferencia constantemente a Celeste del resto o implanta un uso del enfoque y del desenfoque con los mismos propósitos. Toda una tensión que también se vuelve sexual con el magnetismo que suscita la relación que mantiene la protagonista con los jóvenes que la rodean.

Estamos, pues, en el terreno de un coming-of-age, uno que se enlaza con el crecimiento de un país en tanto en cuanto el paso de la inocencia a la edad adulta implica el conocimiento de los crímenes de la dictadura en unos fósiles que hoy se destapan como pruebas del pasado. Ese “no me contáis nada” que recrimina el personaje a sus padres y que hace no comprender el exterior, lo arrastrará durante toda la ficción hasta que poco a poco comience a darse cuenta de la realidad que la rodea.
Si bien todo el ejercicio formal y los deseos de la ficción nos quieren hablar de una transformación que tendría en el hecho del eclipse su máxima expresión —un cambio en la luz, un cambio en la forma de ver—, sin embargo, toda la propuesta entra un estancamiento formal; aquel que se muestra en una resentida pérdida de la sugerencia con fugas dramáticas más toscas. El ejercicio de las formas se queda en algo superficial entonces, que pese a sus hallazgos no quita la sensación de cascara vacía que se tiene cuando se termina de ver Cuerpo Celeste.