Después de llevarse la Palma a Mejor Dirección en Cannes, los Javis presentan La bola negra en forma de Perlak en el Festival de San Sebastián, pocos días antes de su estreno comercial en salas. Por Belit Lago

El personaje de Penélope Cruz, una vedette que parece trascender cualquier cuestión referente al género —el poder que emana va más allá de lo femenino y lo masculino—, le dirige a Sebastián una de las frases cumbre de la película: “El transformismo es la fantasía de la posibilidad”.
El transformismo como espectáculo es también el cine; es también la propuesta audiovisual de unos directores que llevan años ofreciendo miradas posibles de un mundo que se esfuerzan en reescribir para poner el foco allí donde la mayoría no llega, ya sea por miedo, por discrepancia o porque estar a favor de la corriente siempre es lo más cómodo.
Con La bola negra, los Javis abrazan su proyecto más grande y transversal: revisar la herida de un país todavía en duelo, pero volviendo a subrayar aquello que les (nos) interesa. Recuperar una genealogía queer vinculada, por un lado, a la Guerra Civil y, por otro, a una de las figuras más relevantes de esa tragedia histórica: Federico García Lorca.

Aunque su presencia parezca anecdótica —en pantalla tan solo lo vemos unos pocos minutos—, todo parte de su persona y de su obra, convirtiendo las particularidades de su identidad —aquello por lo que fue asesinado— en el filtro a través del cual volvemos a mirar hacia atrás: a una guerra que dividió no únicamente a un país entero, sino también a familias, compañeros y amantes.
La película se divide en tres historias protagonizadas por tres hombres que viven en tiempos distintos: Sebastián (Guitarricadelafuente), en 1937; Carlos (Milo Quifes), en 1932; y Alberto (Carlos González), en 2017. Tres representaciones de la disidencia sexual marcadas por una cuarta figura (además de la del poeta español): Rafael Rodríguez Rapún (Miguel Bernardeau), quien fue compañero sentimental de Lorca durante los años previos a su muerte.
Las narrativas se intercalan orgánicamente mediante el uso de una música cuya potencia es solo una pieza más de la magnitud épica de la película. Su contenido es muy potente, pero el envoltorio lo es todavía más. Aunque esto, para algunos espectadores, puede resultar molesto.
Su estilo barroco, atropellado, grandilocuente, puede entorpecer el vínculo afectivo con la verdad del relato. De hecho, la línea contemporánea —donde Lola Dueñas nos regala otro de sus innumerables magníficos trabajos—, aun siendo la más alejada del trauma histórico, es la que más ahonda en lo emocional. Su construcción audiovisual, más cotidiana y austera, pone en marcha el mecanismo de la empatía sin ningún tipo de obstáculo.
En cambio, en los relatos de los años treinta —uno que parte de La piedra oscura, de Alberto Conejero, para ficcionar de nuevo las posibilidades de inventar (o imaginar) una parte de nuestra historia; otro que escenifica lo que podría haber sido la primera obra de Lorca con un protagonista explícitamente homosexual, Carlos—, el dispositivo es tan apabullante que, a ratos, se come lo que nos están contando.
La bola negra no te deja descansar. Durante sus 155 minutos nos mantiene atentos, con el corazón en un puño y maravillados por un sublime tratamiento del plano, el montaje, la banda sonora y la escenografía. Todo parece milimétricamente pensado. No da puntada sin hilo. Y aunque te golpea en el estómago secuencia tras secuencia, lo impoluto de su forma denota cierta falsedad.

El hecho de estetizar hasta la última gota de sangre derramada no la convierte (a esa gota) en menos relevante, pero puede chocar con algunos espectadores, no solo por la cuestión moral, sino también por la reflexión cinematográfica que suscita.
No hay ninguna duda de que nos encontramos ante la película española del año —tal y como corrobora su presentación para representar a España en los Óscar—, ni aquí ni al otro lado del charco, donde acaba de ganar el Premio del Público en el Festival de Toronto. Lo que tampoco se puede negar es la sensación de extenuación con la que uno abandona la sala. Atravesado. Descompuesto. Removido. En busca de un lugar tranquilo en el que poder recuperarse de tan profundo e inabarcable viaje.