'Coyote vs. Acme' (Beta Fiction)

Crítica ‘Coyote vs. Acme’: El informe Conejo

septiembre 28, 2026
por

Teniendo en cuenta que 2026 está siendo uno de los peores años, a nivel económico, para la división cinematográfica de Warner Bros. Discovery, quizás le habría salido a cuenta asumir el estreno de una película desechada allá por 2022 como Coyote vs. Acme. Por Tonio L. Alarcón

‘Coyote vs. Acme’ (Beta Fiction)

Ni en sus sueños más enloquecidos los máximos responsables de Coyote vs. Acme (2026) habrían podido prever que la Warner Bros. Discovery encabezada por David Zaslav pretendería desembarazarse del largometraje para obtener, a cambio, una deducción de impuestos.

Y que precisamente ese gesto de la megacorporación, que borró de forma definitiva filmes que no tuvieron la suerte de ser salvados como Batgirl o Scoob! Holiday Haunt, le daría una lectura mucho más subversiva e iconoclasta a un proyecto que, a la hora de la verdad, simplemente pretendía darle a los Looney Tunes un vehículo algo más digno que Space Jam: Nuevas leyendas (2021).

En realidad, el largometraje nace como adaptación, eso sí, muy libérrima, del relato satírico Coyote v. Acme que Ian Frazier escribió en febrero de 1990 para The New Yorker, y que en realidad ya marcaba las líneas básicas de lo que acabaría siendo su versión definitiva: una parodia de las ficciones legales desde la perspectiva, notablemente ingeniosa, de la posibilidad de que el Coyote pudiera demandar a Acme.

‘Coyote vs. Acme’ (Beta Fiction)

A diferencia de Looney Tunes. El día que la Tierra explotó (2024), que se estrenó antes pese a haberse producido después, Coyote vs. Acme establece una relación directa, prácticamente hereditaria, con ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (1988).

No solo por la mezcla de animación e imagen real, que al fin y al cabo también caracterizaba a ambas, y horrendas, Space Jam, sino sobre todo porque asimismo establece un universo genérico (allí inspirado en el hardboiled de los años 40; aquí, en las ficciones audiovisuales de abogados) que marca una cierta cotidianidad en la que los dibus están insertados de forma natural, si bien se les trata como una clase inferior.

La lectura racial está, desde luego, ahí, y eso marca la deriva a nivel discursivo de un largometraje que arranca mirando hacia el Capra idealista de Caballero sin espada (1939) o Juan Nadie (1941), y se enfanga en un prolongado clímax que busca el reflejo de obras con cierto carácter de denuncia social, para acabar reiterando ideas y situaciones.

Porque, aunque esté repleta de hallazgos y de momentos afortunados, Coyote vs. Acme también es un largometraje por el que han pasado muchas manos, especialmente a nivel de guión. Y no es difícil presentir que es en el tercer acto donde más dificultades ha habido para atar la historia. Es allí donde la película cojea, pese a lo ajustado de sus 103 minutos de duración, y el ritmo que le imprimen tanto el director Dave Green como su montador, Carsten Kurpanek, con el que ya había trabajado en Tierra a Eco (2014).

La idea inicial de Green era construir una especie de mockumentary que tomara como referencia expresiva los realities judiciales, pero renunció a la idea a cambio de ofrecer un relato de tono más clásico. Para ello, según el director de fotografía Brandon Trost, tomaron como principal referencia visual El dilema (1999), de Michael Mann, si bien también incorporaron elementos del Soderbergh de Erin Brokovich (2000) y, en menor medida, del Coppola de La conversación (1974).

Desde luego, la incorporación de Trost es uno de los grandes aciertos de Coyote vs. Acme, pues su amplia experiencia en comedia, sus colaboraciones con el tándem Neveldine/Taylor y su experiencia previa en Sonic 2: La película (2022) lo hacían perfecto para comprender y complementar a la perfección las intenciones expresivas de Green. Ahí está, de hecho, el mayor acierto del largometraje.

Sus responsables usaron una Arri Alexa Mini LF equipada con lentes Panavision Ultra Vista para garantizar que las imágenes transmitieran una sensación orgánica, anclada a la realidad, más allá de la presencia dentro del plano de los personajes de Looney Tunes. Precisamente, para producir una integración más natural de los dibus, se incorporaron marionetas sencillas que permitían a los actores interactuar a nivel físico y contar, por lo tanto, con una referencia visual para incorporar después la animación cartoon.

‘Coyote vs. Acme’ (Beta Fiction)

Lo que nos lleva a una de las características diferenciales, para bien y para mal, de Coyote vs. Acme: que la mayor parte de dicha animación está llevada a cabo con cel shading, es decir mediante técnicas 3D, por el estudio británico DNEG. Y aunque lo hicieron trabajando mano a mano con animadores bidimensionales, que les ofrecían poses y expresiones de referencia, y les ayudaban a pulir el acabado, el resultado es inequívocamente más robótico que con técnicas tradicionales.

De hecho, el propio largometraje lo confirma a través de la secuencia protagonizada por Bugs Bunny, incorporada a última hora, de ahí que fuera más económico que se encargara de ello, con técnicas 2D, el estudio de animación de Ken Duncan. Esos breves minutos incorporan todo el carácter, la plasticidad, que le falta al resto del metraje, y muy especialmente al deficiente modelado de algunos secundarios: véase, sin ir más lejos, a Elmer Fudd como senador durante la audiencia final en el Congreso.