Los premios obtenidos en el Festival de Málaga han ayudado a dar visibilidad a un proyecto tan pequeño como Muy lejos (Molt lluny), debut en la dirección de Gerard Oms, coach interpretativo de Mario Casas, que vehicula en él sus experiencias como emigrante. Por Tonio L. Alarcón

Uno de los aspectos más interesantes de la filmografía de Mario Casas es de qué manera ha aprovechado ese estatus de estrella autóctona adquirido gracias a Los hombres de Paco (2005-2021) y consolidado con el díptico formado por Tres metros sobre el cielo (2010) y Tengo ganas de ti (2012) para apoyar, y ayudar a sacar adelante, proyectos con cierto sentido del riesgo.
No es sólo, pues, que el intérprete se haya esforzado en cultivar una carrera rica, variada, y que le ha ido permitiendo demostrar una mayor ductilidad dramática de la que se achacaba a sus primeras interpretaciones. Su mera presencia en el reparto ha engrasado el proceso de producción (y ha facilitado el estreno) de películas tan interesantes como Carne de neón (2010), Toro (2017), El fotógrafo de Mathausen (2018), Adiós (2019), No matarás (2020) o Escape (2024), entre otras.
Lo que dice también mucho de su instinto, y de la existencia de una cierta mirada creativa que derivó, inevitablemente, en su salto a la dirección con Mi soledad tiene alas (2023).
Fue Casas quien reconoció el potencial creativo de Gerard Oms, que lleva ejerciendo como su coach de interpretación desde, precisamente, No matarás. Y quien, además, le impelió a volcar sus experiencias personales en un guión con el compromiso de, en caso de conectar con el material resultante, implicarse en el mismo como protagonista.
De forma paralela, el cineasta y productor Carles Torras, interesado en la posible ópera prima, sugirió a Oms que buscase su voz propia como autor realizando más cortometrajes más allá del primigenio Hummus (2019). Ahí está la raíz de dos obras quizás de aprendizaje, pero en las que ya se reconoce un cierto pulso propio en desarrollo, como son Inefable (2021) y Has estado, hace tiempo (2022). Sendos ensayos alrededor de la construcción de relatos esquivos, indirectos, que le piden al espectador que completen aquello que queda entre líneas.

Pero sobre todo suponen también la búsqueda de un equipo con el que Oms se encontrara cómodo a la hora de explorar a nivel creativo, en especial el director de fotografía Edu Canet (que también colaboró con Casas en Mi soledad tiene alas). Su trabajo en Has estado, hace tiempo vehiculaba a la perfección aquello que el director había buscado previamente en Inefable: un hálito documental, hiperrealista, inspirado en la franqueza del cine de los hermanos Dardenne.
A ese respecto, supone un paso adelante, fundamental para dar forma a Muy lejos (2025), la incorporación como montadora de la también directora Neus Ballús. Su experiencia a la hora de trabajar entre los límites de la ficción y el documental en su propia obra ha contribuido a que la película resultante esté impregnada de una notable autenticidad.
Con la idea, precisamente, de captar sus propias vivencias en Holanda de la manera más cercana a la realidad, Oms optó por llevar consigo un equipo lo más reducido posible para escarbar dentro de su propio guión en busca de ese sentido de la naturalidad dardenniano.
La paradoja formal de Muy lejos está, precisamente, en que en ella conviven encuadres muy pensados, que incluso se esfuerzan en generar metáforas visuales sobre la situación emocional de su protagonista, Sergio (Casas, claro está), con otros en los que surge, de golpe, una frescura, una cierta chispa, a través de fogonazos de improvisación. Quizá uno de los aspectos más interesantes del trabajo de fotografía de Canet está en la manera en la que retrata una Amsterdam grisácea, nada acogedora, cuyos cielos solamente se abren cuando su personaje principal empieza a encontrarse a sí mismo.
Resulta evidente que, a la hora de construir el libreto, el director ha aplicado lo aprendido (para bien y para mal) en Has estado, hace tiempo. Es decir, construye un relato elusivo, que no quiere proporcionarle respuestas inmediatas al espectador, pero que tampoco quiere ser tan narrativamente frustrante como el mencionado corto. De ahí que ofrezca pequeños apuntes, gestos de raíz interpretativa, que permiten intuir hacia dónde se dirige el relato, si bien, al final, no deja demasiados huecos argumentales por rellenar: todo tiene su debida explicación, aunque sea breve, incluso insatisfactoria.

Quizás eso sea lo peor que se le puede achacar a Muy lejos. Que da más respuestas de las que serían necesarias, lo que seguramente tiene una relación directa con el carácter confesional del guión, y la necesidad por parte de su autor principal de confrontar, por supuesto desde la ficción, algunos demonios personales.
Decía al principio que un proyecto tan fuera de lo comercial como Muy lejos no se podría haber llevado adelante sin la implicación en el mismo de Mario Casas. Pero además, seguramente, a día de hoy, tampoco haya otro actor de su misma generación capaz de echarse, como hace aquí, una película a sus espaldas, para permitir que el público escrute la evolución del relato en su rostro.
Cierto es que lleva mucho tiempo esforzándose en deconstruir su imagen más popular, pero aquí lleva ese proceso unos pasos más allá: tanto es así que Sergio puede entenderse como una relativización por parte de Casas del significado de su físico, de su postura característica, dotándolos de una dimensión herida, quebradiza, que también reinterpreta y/o cuestiona la masculinidad heteronormativa de nuestro país.