En busca de reconocimiento como director, Aaron Sorkin ha tomado el riesgo asumido de prolongar lo que apuntaba La red social a través de una secuela, El precio de la red, que simplifica alguna de las complejidades de la película que dirigiera David Fincher. Por Tonio L. Alarcón

Pese a que Sorkin ha alcanzado un perfil muy alto como dramaturgo y guionista, especialmente gracias a la creación de series tan bien valoradas como El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) o The Newsroom (2012-2024), no ha conseguido un reconocimiento semejante como director.
Logró una recepción notablemente buena con su ópera prima, Molly’s Game (2017), pero en sus proyectos posteriores ha ido perdiendo el pulso y la energía que allí se apreciaban, quizás porque fueron directamente a plataformas, culminando en el desinterés generado por Ser los Ricardo (2021).
Desde esa perspectiva, asumir el control absoluto de la secuela de una obra tan laureada y recordada como La red social (2010) podría parecer, al menos sobre el papel, una oportunidad espléndida de recuperar algo de crédito tras las cámaras. Sin embargo, y eso es algo que Sorkin quizás no había calculado en su justa medida, era inevitable que despertara comparaciones con el trabajo previo de David Fincher.

La recuperación del director de fotografía de La red social, Jeff Cronenweth, tras su colaboración en Ser los Ricardo, apunta a una intención de generar cierta continuidad visual entre ambos proyectos. Sin embargo, la sociedad ha cambiado tanto en los dieciséis años transcurridos entre una y otra, que resulta casi imposible conectarlos a nivel expresivo.
De hecho, cuando Fincher asumió el proyecto original, era consciente de estar retratando un momento de cambio: como en El club de la lucha (1999), pero en un tono menos aparatoso, estaba hablando del final de nuestra civilización tal y como la conocíamos. O lo que es lo mismo, la evolución, debido a la presencia de las redes sociales, hacia una realidad mucho más fría y más despiadada, que es la que retrata de forma abierta, con una intención mucho más combativa a nivel político, El precio de la red (2026).
De la misma manera, Fincher y Cronenweth aplicaron en la película original lo que el director había aprendido del uso de cámaras digitales en Zodiac (2007) y El curioso caso de Benjamin Button (2008). Rodar de forma íntegra con una RED One equipada con lentes Zeiss Master Primer y Angenieux Optimo era, después de todo, la forma perfecta de retratar ese proceso socioevolutivo que La red social quería mostrar en pantalla.
En cambio, en la película que nos ocupa, Cronenweth ha empleado una nieta de aquella, una RED V-Raptor XL, añadiéndole lentes Arri DNA LF que pretenden añadir cierta imperfección cinematográfica a las imágenes 8K de la cámara. Con lo que, de alguna manera, tanto Sorkin como su director de fotografía quieren rehuir la sensación de simulacro del tipo de cine político en el que pretenden reflejarse, como Todos los hombres del presidente (1976), de Alan J. Pakula.
Si no fuera por la relación directa que establece, ya en su propio título, con su antecesora, El precio de la red podría considerarse una prolongación de los discursos sobre la auténtica utilidad del periodismo en los que Sorkin había ahondado en The Newsroom. De hecho, aquí remata lo que allí apuntaba sobre la decadencia de la profesión y el auge del ruido digital, buscando un contraste evidente entre la escasez de personal del Wall Street Journal, con sus oficinas prácticamente vacías, y la auténtica marabunta de programadores que pulula por las oficinas de Meta, por aquel entonces todavía llamada Facebook.
Su intención es establecer una especie de batalla de David contra Goliat que, sin embargo, no se refleja en absoluto a nivel de trama: no da la sensación de que Mark Zuckerberg (Jeremy Strong) suponga una amenaza ni para el periodista Jeff Horwitz (Jeremy Allen White) ni para su ingeniera de datos Frances Haugen (Mikey Madison).
Sorkin insiste en apuntar la villanía de sus decisiones, pero las consecuencias de las mismas son tan abstractas, salvo el ataque al Capitolio de 2021, que no logra dar forma cinematográfica al peligro que debería cernirse sobre sus protagonistas.

Precisamente algunas de las argumentaciones en contra de la sociedad digital que Sorkin ya esgrimía en The Newsroom evidenciaban lo que más pesa sobre el discurso alrededor del que gira El precio de la red: que el guionista y director tiende a simplificar, por incomprensión generacional, la complejidad del comportamiento humano que late tras las redes sociales. Lo que se ejemplifica en el retrato de Zuckerberg que aquí aborda Strong, heredándolo del que Jesse Eisenberg había desarrollado en La red social. Su comportamiento abiertamente dentro del espectro autista, casi extraterrestre, le convierte casi en un cíborg en el que no se distinguen deseos ni miedos humanos, solamente confusión programática.
Tanto Fincher como Eisenberg, en cambio, entendieron que detrás de tan cuestionable comportamiento tenían que existir anhelos humanos (de ahí, probablemente, que el actor prefiriera no repetir personaje), y dotaron a la figura real de una cierta intención juguetona, no por eso menos psicopática, que prolongaría en su Lex Luthor de Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia (2016).