'Una quinta portuguesa' (Filmax)

Crítica ‘Una quinta portuguesa’: Huir para encontrarse

mayo 19, 2025
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Como hizo en su ópera prima, Avelina Prat apuesta en Una quinta portuguesa por desplegar una narración sutil y elegante, apoyada en un plantel de intérpretes excelente, que pone la potestad de rellenar los huecos del relato en manos del espectador. Por Tonio L. Alarcón

‘Una quinta portuguesa’ (Filmax)

La anterior película de Avelina Prat, Vasil (2022), concluía con su protagonista, el inmigrante búlgaro interpretado por Ivan Barnev, emprendiendo un viaje a Canarias en busca de una acogida más cálida que la recibida en Valencia.

En cambio, su nueva obra, Una quinta portuguesa (2025), arranca con una especie de contraplano o, si se quiere, reflejo especular de dicha escena. Es decir, en esta ocasión es una inmigrante serbia, Milena (Kasia Kapcia), en apariencia bien integrada en Barcelona, quien vuelve a su país sin dar mayores explicaciones, y planteando así uno de los misterios que introduce (ligeros) elementos de thriller dentro de una narración fundamentalmente costumbrista.

Cabe aclarar que, en todo caso, en ningún momento pretende Prat construir un relato policíaco. Pero sí quebrar la aparente normalidad de la existencia de su protagonista, Fernando (Manolo Solo), de manera más traumática que con la introducción de Vasil (Barnev) en la cotidianidad de Alfredo (Karra Elejalde).

En todo caso, ambas películas comparten la descripción que hace la directora y guionista de la trascendencia que puede llegar a adquirir dentro de la vida de sus personajes principales (y, por extensión, del ser humano en general) la presencia y/o ausencia de determinadas personas. A pesar de que Prat sienta un especial interés por las personas introvertidas, con especiales dificultades para expresar sus sentimientos.

Ahí residía uno de los aspectos más interesantes de Vasil, que reaparece, de forma más compleja y sugerente, en Una quinta portuguesa. La elegancia con la que Prat sugiere las relaciones personales, incluso los intereses amorosos, entre sus personajes. Deja que sea el espectador quien tenga que leer entre líneas, e interpretar los pequeños gestos de sus protagonistas, para entender qué les ocurre a nivel emocional.

Por eso no necesita subrayar la delicada historia de amor de Fernando con Amalia (Maria de Medeiros): en su cine no hay grandes gestos, ni excesivos aspavientos, sino que todo está implicado en los pequeños momentos cotidianos, que son los que, al fin y al cabo, realmente definen una relación.

‘Una quinta portuguesa’ (Filmax)

De ahí lo bien que funciona su nueva colaboración con el director de fotografía Santiago Racaj, habitual de creadores como Jonás Trueba, Fernando Franco o Javier Rebollo, y por lo tanto especialmente familiarizado con narrativas sutiles, discretas.

En Vasil construían la narración desde la (relativa) inmovilidad de la Arri Alexa Mini utilizada, limitando su desplazamiento a los reencuadres dentro de plano. Y aunque Una quinta portuguesa conserva gran parte de ese estatismo, que deja espacio a los actores para hacerse con el relato, se evidencia que, en esta ocasión, Prat y Racaj han contado con un presupuesto más cómodo. Lo que no solo implica que hayan podido emplear una Arri Alexa 35, sino también darle algo más de movilidad a la cámara.

A diferencia de su antecesora, que contaba con una ambientación totalmente urbana, el segundo largometraje de Prat se despliega hacia Ponte de Lima (en el norte de Portugal, y por lo tanto, paisajísticamente muy cerca de la atmósfera gallega) para establecer un marcado contraste con sus secuencias barcelonesas.

Tras ello late esa idealización de la vida en el campo que comparten muchos directores españoles contemporáneos, y que lleva a la descripción de la quinta que da título a la película como una clase de espacio etéreo, casi mágico, que sirve de refugio para todos los que pasan por ella.

De ahí que se apoye en Racaj para diferenciar los momentos ambientados en la Ciudad Condal, con una iluminación más fría, más lánguida, de aquellos que transcurren en la aldea portuguesa, en los que toma una especial preeminencia ese verde esmeralda que identifica la presencia de la naturaleza.

En todo caso, esa diferenciación resulta fundamental para incidir en el tema principal que desarrolla Una quinta portuguesa: la identidad como un constructo mucho más dúctil y más voluble de lo que (en teoría) nos permite la sociedad contemporánea. Un aspecto en el que Prat marca distancias con Vasil, que describía precisamente las dificultades del personaje de Barnev para construirse una vida nueva.

‘Una quinta portuguesa’ (Filmax)

En cambio, en la película que nos ocupa hay un juego constante de intercambio de existencias, una alteración continua del destino marcado por los orígenes de cada uno de sus protagonistas, enfrentándolos a la necesidad de romper las reglas del juego para encontrar una felicidad que les está vetada, precisamente, por esa rigidez que sufría Vasil.

Eso explica que la directora plantee un libreto en el cual los personajes se desdoblan, planteando una narración repleta de reflejos o, si se prefiere, de doppelgängers que aluden, de nuevo a los tropos del relato policíaco.

De hecho, Milena se convierte en una especie de figura fantasmástica, afín a noirs como Laura (1944), pues resulta una incógnita que se va despejando a través de la descripción que hacen de ella los demás. Lo que dificulta que Fernando pueda reconciliarse y/o entender su huida, algo que solamente puede resolver a través de la aparición de una doble que le ofrece la paz de espíritu que le faltaba.