Cada estreno de Paul Thomas Anderson es un acontecimiento, y aunque Una batalla tras otra está despertando voces discordantes, hay que reconocerle su valentía a la hora de llevar adelante una (especie de) adaptación de Vineland de Thomas Pynchon. Por Tonio L. Alarcón

Una de las grandes obsesiones recurrentes de la carrera de Paul Thomas Anderson ha sido la de adaptar Vineland, su novela preferida de Thomas Pynchon, a la gran pantalla. Mientras le daba vueltas a la posibilidad, y se planteaba diferentes formas de aproximarse a un texto tan (en apariencia) inadaptable, introdujo elementos de otra obra del escritor, V., en The Master (2012), y trasladó de forma directa un tercer libro en Puro vicio (2014).
Tras dos décadas de continuos replanteamientos del proyecto, el director llegó a la conclusión de que la mejor manera de aproximarse a Vineland no era la literalidad, sino la libertad. De ahí que en el resultado final de sus esfuerzos, Una batalla tras otra (2025), haya optado por quedarse con los personajes, elementos y situaciones creados por Pynchon que habían resonando con él, para construir, en base a los mismos, una especie de pieza complementaria, o un reflejo cinematográfico.
La novela original, como una parte de la obra de su autor, gira en torno a la resaca de la generación usamericana de los 60 que soñó que podía cambiar el mundo, y que chocó frontalmente, primero, con una grave crisis económica, y luego, con la llegada del conservardurismo del gobierno Reagan.

Sin embargo, Anderson convierte su ambientación original eighties en una cierta contemporaneidad, hasta cierto punto difusa, debido a un diseño de producción voluntariamente atemporal. Lo que convierte a Una batalla tras otra en una reflexión amarga, pero no carente de sentido del humor, sobre las consecuencias de enfrentarse a un sistema ultracapitalista concebido para su supervivencia, y la frustración inherente a la aparente perpetuación de una clase dirigente aquí proyectada en el ridículo, pero también tremendamente inquietante, Club de Aventureros de Navidad.
Aseguraba el director que, a la hora de preparar Puro vicio, no solo se había inspirado en el noir clásico, sino también en stoner comedies del estilo de Como humo se va (1978) o el cómic The Fabulous Furry Freak Brothers, de Gilbert Shelton. Una influencia que, de forma inevitable, se proyecta también sobre un personaje tan claramente pynchonesco como el de Pal Calhoun/Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio).
Su naturaleza de personaje pasivo, desastroso (un schlemihl, como lo definiría el propio escritor), ajeno a los estándares convencionales de Hollywood, refleja el tipo de figura antiheroica afín al escritor que conecta con la cultura fumeta de Cheech y Chong o de Shelton. Porque todos ellos, igual que Pynchon, experimentaron esos Estados Unidos contraculturales, y la (vana) esperanza de cambio de toda una generación: no es casual, a ese respecto, que Bob vea por televisión un canto a la esperanza revolucionaria como La batalla de Argel (1966), de Gillo Pontecorvo.
No se puede negar el atrevimiento por parte de Anderson al hacer girar la construcción argumental de Una batalla tras otra alrededor de una de las figuras menos interesantes (por reactiva, mientras otros, a su alrededor, mueven la trama) del relato. Pero, por mucho que lo haya intentado compensar con el estatus estelar de DiCaprio, es difícil sostener 162 minutos de metraje sobre un personaje tan inútil, tan apático, como para que su relación ¿romántica? con Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) palidezca en intensidad respecto a la profunda obsesión sexual que siente hacia ella el teórico antagonista, el coronel Steven J. Lockjaw (Sean Penn).
Cierto es que el director, por influencia directa de Pynchon, no está interesado en el amor convencional según los estándares conservadores. Pero Bob parece tan ajeno a todo y a todos los que le rodean (a veces, incluso a su propia hija Willa (Chase Infiniti)) que, con toda su calculadora monstruosidad, Lockjaw resulta infinitamente más complejo y más sugerente. Quizás por eso Anderson le dedica un doble (e innecesario) final, como si en realidad le costara deshacerse de la sombra que proyecta sobre la historia.
En su segunda colaboración cinematográfica con el realizador tras Licorice Pizza (2021), y tras décadas dedicado en exclusiva a la iluminación, el director de fotografía Michael Bauman traslada aquí el aire seventies de aquélla.
Aunque, como hizo Brady Corbet en The Brutalist (2024), han recuperado el formato VistaVision para sacarle el máximo partido al celuloide en Super 35, el uso de lentes vintage característico de Anderson hace que Una batalla tras otra, pese a estar ambientada en una época más o menos próxima, siga transmitiendo un aire a la antigua que busca encajar, hasta cierto punto, con la naturaleza de la literatura de Pynchon.

Es cierto que el escritor mira, en general, hacia la época de la contracultura con cierta añoranza, porque su generación soñó con unos Estados Unidos que se han revelado, a la hora de la verdad, imposibles. Lo que Anderson añora, por su parte, es un tipo de cine que quiso revolucionar una industria aparentemente moribunda hasta que se topó de frente con el nacimiento del blockbuster moderno.
La trascendencia de ambos recuerdos para la historia estadounidense no resulta, ni mucho menos, comparable, y cabría plantearse si, desde su púlpito de gran director, Anderson es consciente de ello.