Rodaje de 'Historias del buen valle' con Alicia Almiñana junto a José Luis Guerín (Foto: Oscar F. Orengo)

Alicia Almiñana: “En ‘Historias del buen valle’ trabajamos con la paciencia de dejar que la cámara se adaptara al ritmo de las personas, no al revés”

marzo 4, 2026
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Historias del buen valle, que se ha estrenado en salas españolas recientemente, es una de las películas españolas con mejor valoración crítica desde que se estrenó en el Festival de San Sebastián, donde recibió el Premio Especial del Jurado. El film supone la vuelta del venerado José Luis Guerín, cineasta de culto gracias a títulos como Tren de sombras, En construcción, En la ciudad de Sylvia, Innisfree o La academia de las musas. Hemos entrevistado a Alicia Almiñana, la directora de fotografía de su último trabajo, para profundizar en la imagen de este largometraje. Por Carlos Aguilar Sambricio

Rodaje de ‘Historias del buen valle’ con Alicia Almiñana junto a José Luis Guerín (Foto: Oscar F. Orengo)

También puedes leer nuestra entrevista con el productor Javier Lafuente a través de este enlace.

Rubik: ¿Es este tu primer largo? Si puedes explicar un poco tu background y cómo te definirías como DoP…

Alicia Almiñana: Es mi segundo documental, pero sí que ha sido el más exigente y ambicioso.

Vengo de un recorrido entre proyectos más pequeños, piezas documentales y trabajos de corte más experimental.

Como DoP me interesa una fotografía que no se limite a ilustrar, sino que dialogue con lo que sucede delante de cámara. Me atrae esa imagen que respira, que contiene imperfecciones y sorpresas, y que se construye a partir de escuchar el entorno.

‘Historias del buen valle’

Rubik: ¿Cuál fue tu enfoque fotográfico para Historias del buen valle?

A.A.: El enfoque fue muy orgánico. No se trataba de imponer un estilo, sino de acompañar la mirada de José Luis y la vida que iba apareciendo delante de la cámara.

El valle ofrecía una luz en continua transformación, que a lo largo del documental se percibe entre amaneceres y atardeceres, pero también en el tránsito de las estaciones, del verano al invierno. En lugar de tratar de dominarla, preferimos abrazarlas y trabajar con ella de la manera más natural posible.

Rubik: ¿Guerín te transmitió algunas ideas concretas? ¿Quería mantener una continuidad con el resto de sus trabajos anteriores?

A.A.: Más que dar instrucciones cerradas, José Luis propone intuiciones o ideas que se construyen a lo largo del rodaje. Habla de un gesto, de la atmósfera de un cuadro o de cómo la niebla, que tanto le gusta, modifica un paisaje. Esa forma de compartir ideas genera un terreno fértil, porque no te está diciendo “haz esto”, sino que te invita a buscar con él.

La continuidad con sus trabajos anteriores surge de manera natural, pero nunca desde la repetición, sino desde una curiosidad renovada en cada proyecto.

Me interesa una fotografía que no se limite a ilustrar, sino que dialogue con lo que sucede delante de cámara. Me atrae esa imagen que respira, que contiene imperfecciones y sorpresas”

Rubik: ¿Cómo es trabajar con él? ¿Se mete mucho en temas de fotografía o se mantiene más al margen?

A.A.: Trabajar con José Luis es una mezcla entre reto y placer. Es muy exigente, pero siempre escucha y se adapta.

Tiene una relación muy directa con la cámara, le gusta operar y se involucra de forma activa en la fotografía, pero más desde la sensibilidad que desde lo técnico: comparte intuiciones, matices y gestos que acaban marcando mucho la puesta en escena.

Era la primera vez que trabajaba con él y ha sido una experiencia muy enriquecedora.

Rubik: ¿Cuáles eran los principales retos a nivel de rodaje?

A.A.: Más que retos concretos, diría que fue un rodaje de constante adaptación. Había que estar siempre abierto a lo inesperado: el clima, las dinámicas del valle, las situaciones que surgían sin previo aviso.

Al trabajar con tiempos largos, con personas del lugar y situaciones que no siempre se pueden planear, teníamos que estar listos para reaccionar. Muchos días suponían un pequeño acto de improvisación, y eso exige concentración, pero también cierta ligereza para no perder la frescura.

Rodaje de ‘Historias del buen valle’ con Alicia Almiñana junto a José Luis Guerín (Foto: Oscar F. Orengo)

Rubik: Guerín tiene un estilo entre el documental y la ficción, con mucho actor no profesional… ¿Cómo afrontaste este aspecto para que quedase todo muy natural?

A.A.: Minimizar la presencia de la cámara, tanto en lo físico como en lo perceptivo. Trabajamos con equipo ligero, sin aparatosidad, y sobre todo con la paciencia de dejar que la cámara se adaptara al ritmo de las personas, no al revés.

Esa cercanía que crea Jose Luis con los personajes permite que lo filmado conserve su naturalidad.

Rubik: Se rodó en varios años. ¿Cómo afectó eso a tu manera de abordarlo? Entre otras cosas, me imagino que el mero raccord fue una odisea…

A.A.: Sí, la película se fue construyendo a lo largo de varios años. Yo me incorporé un poco más tarde al rodaje, lo que implicaba familiarizarme rápido con el material previo y con la lógica que ya se había ido estableciendo.

El raccord en un sentido clásico era complicado, pero lo asumimos. El paso del tiempo y sus transformaciones no se convirtió en un problema, sino que jugamos con él y lo adaptamos.

‘Historias del buen valle’ (Wanda Visión)

Rubik: ¿Con qué equipamiento a nivel de cámara y ópticas rodaste? ¿Fue todo con equipo reducido y sin mucha cosa de grip?

A.A.: Rodamos con un equipo muy reducido. Una cámara Panasonic Lumix con Atomos Shogun y otra cámara Blackmagic, ópticas sencillas, y prácticamente nada de grip, un slider y poco más.

La idea era mantener un rodaje austero, sin artificios, que nos permitiera movernos con libertad y sin interrumpir la dinámica de los lugares y las personas filmadas.

Rubik: ¿De qué aspectos de tu trabajo en la peli estás más orgullosa? ¿Hay algunas escenas en particular que pienses que quedaron especialmente bien?

A.A.: Me enorgullece haber podido acompañar la mirada de José Luis con discreción, sin que la fotografía pesara más de la cuenta.

Una de mis secuencias favoritas es aquella en la que vemos a los personajes a través de los cristales de un edificio: se genera un juego muy sutil entre las miradas y los reflejos, creando una coreografía conjunta.