Se ha hecho esperar, pero finalmente Danny Boyle y Alex Garland se han lanzado a continuar 28 días después y 28 semanas después con una nueva trilogía que arranca con 28 años después, y que lanza un puñetazo en el estómago a la Gran Bretaña post-Brexit. Por Tonio L. Alarcón

En el momento de su estreno, 28 días después (2002) provocó una auténtica conmoción dentro del terror de principios de los dosmiles. Sobre todo, porque Danny Boyle y Alex Garland supieron reconocer hasta qué punto la figura del zombi romeriano (o, en este caso, el infectado, que tomó aquí carta de naturaleza), por aquel entonces abandonada por la vertiente mainstream del género, representaba a la perfección tanto los miedos como la sensación de paranoia post 11-S.
Una recuperación que Zack Snyder y James Gunn elevaron a una narrativa ya plenamente hollywoodiense con Amanecer de los muertos (2004), que terminó de establecer una serie de tropos modernos que conformarían la fiebre contemporánea de los muertos vivientes.
Un movimiento cultural que tendría su punto culminante en las once temporadas de The Walking Dead (2010-2022), spin-offs aparte… Que, no por casualidad, (re)aprovechaba la idea del arranque del filme de Boyle/Garland. El cual, a su vez, provenía de un clásico de la ciencia ficción británica como El día de los trífidos de John Wyndham.
Si Boyle y, sobre todo, Garland se habían resistido hasta ahora a continuar la serie que había continuado 28 semanas después (2007) es porque no se conformaban, como hacía aquélla, con limitarse a ofrecerle al público una variación más espectacular de la original. En un universo cultural post-The Walking Dead, no quedan apenas caminos dentro de la ficción zombi que no haya recorrido antes Robert Kirkman, sea en los cómics originales, sea en sus traslaciones televisivas.
No hay margen, al menos en apariencia, para revolucionar el género como lo hiciera la original. Pero sí para intentar un retorno a las raíces, a un cierto minimalismo en el planteamiento dramático. De ahí que la chispa que ha acabado prendiendo la inspiración en Garland, y que ha dado pie, tras más de dos décadas, a 28 años después (2025), no se encontrara en la propia ficción zombi, sino en un pequeño clásico del Free Cinema como Kes (1969) de Ken Loach.
Como la novela de Wyndham que tomaba como referencia, o los mismos largometrajes de Romero, 28 días después se escudaba en el cine de género para lanzar una mirada nada halagüeña a su contexto más inmediato, en su caso, la Gran Bretaña de Tony Blair.
En ese sentido, no es casual que la única población humana que Boyle/Garland nos muestran en 28 años después esté situada en la isla británica de Osea, que queda aislada cuando sube la marea y el agua cubre la única vía de entrada. No es sutil, pero desde luego es una metáfora visual muy directa del Brexit, así como de la cuarentena económica (en el filme, debido a la infección) que ha provocado respecto al resto de la Unión Europea.

Ahí el largometraje que nos ocupa conecta a nivel sociopolítico con Kes, al remarcar el carácter autárquico y retrógado en el que se ha criado el joven protagonista de la historia, Spike (Alfie Williams). Pero también su necesidad, como ocurría con el Billy Casper (Dai Bradley) de Loach, de romper con esa herencia cultural, y encontrar su propio camino, cuando detecta las grietas (y la hipocresía) del sistema.
Porque, con una intención claramente comercial, los trailers de 28 años después se centraban en la parte del metraje más centrada en las deudas que Boyle y Garland pagan respecto al subgénero de zombis y/o infectados. Pero la realidad es que, una vez han establecido el universo post-apocalíptico en el que se va a situar la acción, lo que aquí han construido es un coming of age en el que el personaje de Williams asume el principal protagonismo junto a su madre Isla (Jodie Comer).
Un trayecto de maduración que no consiste en la asimilación por parte del niño de un rol heteronormativo tradicional como el de su progenitor, Jamie (Aaron Taylor-Johnson), sino en la búsqueda de un sentido propio, personal, a su existencia dentro de un contexto así de bizarro. Lo que nos lleva al personaje de Ralph Fiennes, que aparece en el último tercio del metraje, y que impele la historia a su auténtico sentido: el proceso de aceptación de la pérdida (y de su propia mortalidad) por parte de Spike, que le da el último impulso para encontrar su propio espacio vital.
Aunque Danny Boyle haya vuelto a contar con Anthony Dod Mantle como director de fotografía, (muy) atrás ha quedado la estética videográfica, heredada del movimiento Dogma, de 28 días después.

La cámara Canon XL1 (sobre formato MiniDV) ha pasado aquí a toda una sinfonía de iPhone 15 Pro Max, en algunas secuencias montados sobre rigs construidos mediante impresión 3D, que les ha ofrecido mayores opciones de montaje en algunas de las secuencias más tensas.
De hecho, en general, el montaje que Boyle ha trabajado junto a Jon Harris durante el primer tercio del metraje es el más efectista, con notables salidas de tono (las tomas con visión nocturna en rojo de los infectados, los insertos de películas medievales), mientras que, cuando 28 años después se centra en Spike e Isla, se impone una mayor sobriedad en la puesta en escena. En ese sentido, Mantle confesaba que las lentes de los iPhone no rinden igual de bien en los extremos, lo que les ha impelido a centrar sus composiciones panorámicas, que así dejan más espacio dentro del plano para que los exteriores adquieran protagonismo visual.