En 2024, el último largo de ficción de Jia Zhangke pasaba por la Sección Oficial de la 77ª edición del Festival de Cannes. Más de un año más tarde, A la deriva aterriza en nuestras salas de la mano de Atalante. Por Belit Lago

Durante las últimas semanas, cuatro películas de producción china se han estrenado en nuestro país: la animación más taquillera de la historia, Ne Zha 2 (Yu Yang); el thriller familiar con toques hanekianos Breve historia de una familia (Jianjie Lin); la ganadora del premio Un Certain Regard a Mejor Película en Cannes Black Dog (Guan Hu) —donde Zhangke aparece como tío del protagonista—; y A la deriva, una especie de Boyhood romántico que, en lugar de mostrar el salto de la infancia a la adolescencia en forma de coming-of-age a lo largo de 12 años, realiza un retrato durante más de dos décadas, no solo de la relación entre sus dos personajes principales, sino también del entorno en el que estos se ubican.
Bajo una forma precisamente “a la deriva”, o dicho de otra manera, poco definida y, por tanto, mucho más interesante por ser capaz de abrir ante el espectador distintas puertas por las que transitar la experiencia cinematográfica que ofrece, la séptima cinta que el director presenta a competición en Cannes recupera fragmentos de trabajos anteriores.
Resulta sencillo reconocer planos de Naturaleza muerta, ganadora del León de Oro en Venecia a Mejor Película en 2006, pero también hay rastros de Placeres desconocidos (2002).

Zhao Tao, actriz china, pareja sentimental y musa del cineasta —ha protagonizado prácticamente todas sus ficciones—, es Qiaoqiao, una joven que se enamora de Bin en pleno cambio de siglo. La marcha inesperada del enamorado, quien huye a otra provincia más grande, dejará una angustia no resuelta en el interior de la joven, quien años más tarde saldrá en su búsqueda.
En este sentido, la trama recuerda al último film de Miguel Gomes. En Grand Tour (2024), aunque un siglo antes, también perseguimos a una mujer que a su vez persigue a un hombre que escapa. Un viaje que sirve, en el caso de la última propuesta del director de Un toque de violencia (2013), para ofrecernos una visión más social, y de este modo pretendidamente crítica, de uno de los lugares por los que transitan sus personajes: la ciudad china de Datong.
Aunque lo que realmente quiere manifestar Zhangke es el movimiento, no únicamente el de la pareja, sino también el de los cambios de un país en constante adaptación a la nueva era tecnológica, y todo esto acompañado del sonido de la música.
Los personajes apenas se cruzan: ni en espacios —casi no comparten escenas juntos—, ni en conversaciones —estamos frente a una propuesta mayormente sin diálogo—.

Divida en tres tiempos —2001, 2006 y el presente—, A la deriva recoge imagen de archivo desde inicios del siglo XXI hasta llegar a la actualidad pospandémica.
Es en el último capítulo donde observamos con más claridad ese hincapié en la adrenalina incesante del capitalismo, tras un evocador inicio de corte más poético y pausado donde una mezcla abstracta de fragmentos van sucediéndose unos a otros, obligando al espectador a participar activamente del visionado, generando ese vínculo confuso entre público y dispositivo donde todo es posible.