'Aún estoy aquí' (Vértigo Films)

Crítica ‘Aún estoy aquí’: Ausencia de cariño

marzo 17, 2025
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La significancia política de Aún estoy aquí, especialmente tras la legislatura ultraconservadora de Bolsonaro, no es óbice para reconocer las limitaciones de un trabajo especialmente blando, y carente de carácter, por parte de Walter Salles. Por Tonio L. Alarcón

‘Aún estoy aquí’ (Vértigo Films)

En los trabajos tempranos de Walter Salles junto al que, por entonces, era su director de fotografía de confianza, Walter Carvalho, se aprecia una búsqueda de una personalidad visual propia dentro de las coordenadas estéticas mayoritarias dentro del Cinema da Retomada brasileño.

Pese a compartir experiencia en el documental con el colaborador habitual de Fernando Meirelles en lo fotográfico, César Charlone, ya en Estación central de Brasil (1998) dejaba atrás el jugueteo con los formatos cinematográficos de obras anteriores, conservando solamente una relativa tendencia al uso de colores cálidos, especialmente terrosos, y un uso de la iluminación con pretensión realista. Una tendencia hacia un mayor clasicismo en el lenguaje que se fue acrecentando con posteriores experiencias internacionales como Diarios de motocicleta (2004), Dark Water (La huella) (2005) o En la carretera (2012), pero que alcanza cotas especialmente acomodaticias en un supuesto retorno a los orígenes como Aún estoy aquí (2024).

La particular estructura del libro original de Marcelo Rubens Paiva ofrecía la (sugerente) posibilidad de alterar la cronología de los acontecimientos, y la lectura del espectador de los mismos, a raíz de la enfermedad de Alzheimer sufrida en los últimos años de la vida de Eunice Pavia (Fernanda Torres de joven, Fernanda Montenegro de anciana). Sin embargo, el guión de Murilo Hauser y Heitor Lorega toma la opción de reordenar lo narrado de forma lineal, empleando una construcción mucho más convencional, en tres actos, que no parece tener en cuenta que el interés de los mismos está claramente descompensado.

‘Aún estoy aquí’ (Vértigo Films)

Así pues, el impacto visceral que provoca la desaparición en off visual de Rubens Paiva (Selton Mello), que debería haber sido el epicentro dramático absoluto de Aún estoy aquí, acaba diluyéndose en una concatenación de estampas cotidianas y reuniones de burgueses comprometidos que tampoco le hacen justicia al carácter supuestamente guerrero del personaje de Torres.

Salles ha reconocido que su interés en la adaptación partió de su relación de amistad con la hija mediana de los Pavia, Nalu (Barbara Luz de joven, Gabriela Carneiro da Cunha de mayor), durante la época de la desaparición del pater familias. De ahí su evidente delectación a la hora de desarrollar ese universo familiar, hasta el punto de englobar una (larga) hora de metraje: no es casual que ahí se produzca el juego más interesante con la imagen, incluyendo los esporádicos apartes en Super 8 mm a los que da pie el tomavistas que porta la hija mayor, Vera (Valentina Herszage de joven, Maria Manoella de mayor). El retrato que hace el director del barrio costero de Leblon, en Rio de Janeiro, es tan vibrante, tan corpóreo, que produce una conexión (casi) directa con la estética del Cinema da Retomada.

Claro que, salvando las secuencias de la detención e interrogatorio de Eunice y Eliana (Valentina Herszage de joven, Maria Monoella de mayor), en cuanto se aleja de esa burbuja temporal que experimentó de forma personal, su puesta en escena se va volviendo cada vez más vulgar, más complaciente.

Haber dejado la encarnación de Eunice en manos del dúo de madre e hija que forman Montenegro y Torres no solamente supone una reivindicación de esa industria cinematográfica brasileña a la que le dio la espalda el gobierno de Jair Bolsonaro. También establece una conexión con las primeras obras de Salles, al haber protagonizado, respectivamente, Estación central de Brasil y Tierra extranjera (1995).

‘Aún estoy aquí’ (Vértigo Films)

Pero siendo lo de la primera apenas un cameo, el peso específico del proyecto recae en la segunda, que asume un andamiaje dramático que se sostiene exclusivamente sobre su interpretación. Aunque es Mello quien debe dejar un impacto suficiente como para que su sombra se proyecte sobre el resto del metraje, la tarea de Torres no es menos ardua: ejercer como pegamento que ayude a sostener al resto de actores, y muy especialmente a toda la parte más joven del reparto. Esa mezcla de dignidad y melancolía de la que dota a su personaje no solamente redimensiona el dolor de la situación más allá de lo narrado a través del guión, sino que además ofrece un posicionamiento dramático sobre el que sus compañeros pueden (intentar) reflejarse.

No cabe poner en duda la relevancia política de Aún estoy aquí, no solamente como reacción a los años de gobierno de la ultraderecha, sino también por hacer visible a nivel internacional la brutal represión de la dictadura militar brasileña.

Pero habría que reivindicar que, antes de que Salles ofreciera un acercamiento de carácter moderado (y abiertamente burgués) a la temática que la hiciera susceptible de recibir premios internacionales, ya hubo cineastas brasileños que realizaron aproximaciones mucho más estimulantes al conflicto, como Roberto Farias en Para frente, Brasil (Adelante Brasil) (1982), Bruno Barreto en Cuatro días de septiembre (1997), Flavia Castro en Diario de una búsqueda (2010) o Wagner Moura en Marighella (2019).