'Caso 137' © Fanny de Gouville / Imagen cortesía de Filmin

Crítica ‘Caso 137’: ¿Quién vigila a los vigilantes?

junio 23, 2026
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Aunque no ha obtenido tantos premios como su anterior La noche del 12, el nuevo proyecto como director de Dóminik Moll, Caso 137, supone su retorno a los contornos del polar… Eso sí, desde una perspectiva quizás más incómoda para las élites galas. Por Tonio L. Alarcón

‘Caso 137’ © Fanny de Gouville / Imagen cortesía de Filmin

Salvando incursiones puntuales en el terror como El monje (2011) y en la comedia como Des nouvelles de la planète Mars (2016), la filmografía de Dóminik Moll parece confirmar que el terreno genérico en el que se siente más cómodo es del del thriller.

Desde su laureado debut con Harry, un amigo que os quiere (2000), (casi) siempre junto a su inseparable coguionista Gilles Marchand, desarrolló una cierta querencia por la intriga de filiación aparentemente hitchcockiana, aunque uno diría que tiene más de chabroliana.

Una atracción por la vertiente más oscura de la burguesía francesa, sus hipocresías y sus contradicciones, a la cual renunció para aproximarse al terreno del polar, heredero del procedural de Georges Simenon y Léo Malet, con La noche del 12 (2022).

‘Caso 137’ (Imagen cortesía de Filmin)

Cierto es que el propio Moll aludía, por el concepto del asesinato no resuelto, a Memories of Murder (Crónica de un asesino en serie) (2003) o Zodiac (2007), pero el director de origen alemán, que al fin y al cabo se inspiró en un libro de no ficción de Pauline Guéna, tuvo la inteligencia de aplicar una cierta idiosincrasia francesa sobre el conjunto.

Hasta cierto punto, Caso 137 (2025) puede considerarse una continuación espiritual de aquella, o como mínimo, una confirmación de que Moll se está alejando de lo chabroliano para explorar un policíaco más puro. Una visión de la antigua Sûreté más próxima al hiperrealismo que Michel Alexandre imprimió en el guión de Ley 627 (1992) que al nihilismo desesperanzado que Olivier Marchal empezó a desplegar en Asuntos pendientes (2004).

Precisamente uno de los aspectos más interesantes del guión que ha vuelto a escribir a cuatro manos con Marchand está en el retrato que realizan del aspecto más burocrático y reiterativo del trabajo de su protagonista, la investigadora de la IGPN, es decir, de los Asuntos Internos franceses, Stéphanie Bertrand (Léa Drucker). Ahí conecta, de forma casual o plenamente consciente, con el procedural casi bergmaniano de los suecos Maj Sjöwall y Per Wahlöö, los creadores de Martin Beck, en la paciencia y el pragmatismo con el que va armando un caso a base de retazos de información, y frente a la falta de cooperación de sus compañeros.

Lo que convierte a Bertrand en una heroína tan interesante es, precisamente, que habita en una especie de intersticio existencial. Por un lado, es policía, con la aprensión y la desconfianza que ello provoca en la gente de a pie de la que intenta obtener testimonio. Por el otro, investiga a sus compañeros, lo que genera tensión y conflictos con los mismos (y lo que es más grave, con sus superiores directos).

No es casual que Moll y Marchand ambienten Caso 137 en plena eclosión del movimiento de los gilets jaunes, los chalecos amarillos. Al menos, dentro de lo narrado, la violencia policial desatada se convierte en consecuencia de la nefasta gestión de la crisis social por parte del primer gobierno Macron. Y las víctimas como Victor (Solàn Machado-Graner), daños colaterales necesarios, según las instancias superiores, para contener la insurrección.

Agentes como Lavallée (Théo Costa-Marini) y Fages (Théo Navarro-Mussy) ejercen, pues, como peones que ayudan a perpetuar un régimen agotado mediante la violencia institucional: la única posibilidad de fuga de tan asfixiante realidad son, para Moll y Marchand, los vídeos de gatitos. Una solución mucho más aseada y más discreta que la de los antihéroes de Marchal, que no dudan en abrirse camino a tiros.

Por supuesto, Moll vuelve a contar con el apoyo de Patrick Ghiringhelli en la dirección de fotografía, con quien lleva colaborado desde Solo las bestias (2019). Película a película, han ido creando una aproximación cada vez más desnuda, más ascética, al policíaco: según Ghiringhelli, el director le pidió que, para La noche del 12, se fijara en el trabajo de Álex de Pablo para Rodrigo Sorogoyen en Que Dios nos perdone (2016), El reino (2018) y Antidisturbios (2020).

En este caso, optan por usar la Arri Alexa 35 para obtener unos tonos más fríos, a tono con el carácter nada espectacular del trabajo policial de su protagonista. A cambio, hay un interesantísimo juegos con los formatos, alentado precisamente porque Bertrand y su equipo, como los miembros reales de la IGPN, usan vídeos de toda procedencia para reconstruir los hechos que investigan.

‘Caso 137’ © Fanny de Gouville / Imagen cortesía de Filmin

Se produce, pues, un esfuerzo de mimetización de las tomas documentales recuperadas por Moll y Ghiringhelli de los medios de comunicación de la época con reconstrucciones ficcionales que, tanto mediante el empleo de cámara de móvil como mediante la manipulación digital, reflejan la (cruda) realidad de las revueltas que se produjeron en Francia entre 2018 y 2020.

Cierto es que, a medida que la trama avanza y se centra más en los interrogatorios, Caso 137 se vuelve más convencional en lo narrativo. Pero el director todavía se guarda retruécanos como la persecución en transporte público a una posible testigo, Alicia (Guslagie Malanda), tan átona y tan poco emocionante como el resto del caso: al fin y al cabo, lo excitante del mismo está en sus consecuencias morales y emocionales.