Ocho años después de la aventura americana que supuso Colossal, y tras varias incursiones televisivas, Nacho Vigalondo ha podido volver a rodar un largometraje en el que desarrolla su obsesión por las historias de amor salpicadas por el fantástico. Por Tonio L. Alarcón

Cuando se etiqueta a Nacho Vigalondo como autor de género (y más en concreto, de fantástico), tiende a obviarse que prácticamente toda su filmografía como autor completo gira en torno a la complejidad de las relaciones sentimentales heterosexuales. Algo que ya latía en los dos cortometrajes que le permitieron saltar a la fama, 7:35 de la mañana (2003) y Choque (2005), y que desarrolló con mayor complejidad en largos como Extraterrestre (2011) y Colossal (2016), así como en su contribución a la película colectiva V/H/S: Viral (2014).
Un tema recurrente que también se podía distinguir de fondo en las que pueden considerarse sus películas más depalmianas, Los cronocrímenes (2007) y Open Windows (2014), y que en realidad, más que sobre las relaciones hombre-mujer, giraban en torno a la obsesión psicosexual (una idea, por otro lado, también muy depalmiana).
El protagonista tipo de Vigalondo es un varón heterosexual con un profundo complejo de inferioridad y, como resultado, una clara tendencia a establecer relaciones tóxicas con sus parejas. Desde su etapa previa como cortometrajista, el director ha establecido cierta distancia irónica respecto a esa masculinidad herida. Pero, a partir de Colossal, esa visión se ha hecho más crítica y menos comprensiva.

Esto es, en su obra previa, dichos antihéroes se caracterizaban por lo censurable de su comportamiento, pero ofrecían ciertos rasgos positivos que los hacían redimibles. En cambio, desde la creación de Oscar (Jason Sudeikis), el autor niega cualquier rasgo de complicidad respecto a la toxicidad de sus personajes. Algo que se traslada también al retrato de Nicholas, la figura principal de Daniela Forever (2024), para lo cual el director aprovecha la imagen previa de Henry Golding como galán romántico (en obras como Crazy Rich Asians (2018), Last Christmas (2019) o Persuasión (2022), desarmándola a conciencia desde la deconstrucción de los tropos de la romcom que propone el largometraje.
Al cántabro siempre le ha gustado saltarse la linealidad de las narraciones convencionales, pero Daniela Forever seguramente sea la obra en la que más ha jugueteado con la estructura del relato desde Los cronocrímenes. De hecho, no se limita a alterar, como allí, la temporalidad, sino que también se abre a la idea de los mundos paralelos que ya había explorado en su episodio para V/H/S: Viral.
La intención de Vigalondo no anda lejos de la de referencias tan seminales como Te quiero, te quiero (1968), de Alain Resnais, u ¡Olvídate de mí! (2004), de Michel Gondry. Es decir, romper con la idea del espectador de lo que es un relato romántico convencional, partiendo de una situación de pérdida y/o duelo emocional para, a lo largo del metraje, ir reconstruyendo una historia de amor que se nos revela como mucho más compleja e imperfecta de lo que aparentaba.
A ese respecto, cabe matizar que, aunque se pueda enmarcar Daniela Forever entre los retratos sobre relaciones salpicados por los tropos de género que acostumbra a brindar el director, también tiene algo de sus obsesiones psicosexuales depalmianas.
Después de todo, el director de Femme Fatale (2002) es uno de los grandes maestros (como su referencia principal, Hitchcock) en la manipulación del punto de vista que le llega al público, y aquí Vigalondo está construyendo un relato que, desde el primer momento, está condicionado por la narración desde la perspectiva patologizada de Nicholas.
Eso implica que, en realidad, lo que estamos viendo en todo momento en la pantalla no es la Daniela (Beatrice Gannó) real, sino la concepción de ella que tiene el personaje de Golding. Cabría plantearse, pues, hasta qué punto se trata de un narrador no fiable, y de qué manera su búsqueda de una determinada redención moral es, en realidad, una consecuencia de su perspectiva inevitablemente heteropatriarcal.

El retorno de Vigalondo a la industria española tras la incursión hollywoodiense de Colossal le ha permitido volver a colaborar con su director de fotografía habitual desde 7:35 de la mañana, Jon D. Domínguez. Y ambos han optado por separar visualmente las dos realidades a través de las que se narra Daniela Forever, la convencional y la perteneciente a los sueños lúcidos, utilizando tecnologías muy dispares.
Así, mientras para las ensoñaciones han empleado una cámara de cine digital Arri Alexa Mini, para la vida real han optado una cámara de vídeo analógica Sony Betacam SP. Ese cambio de formato, de la imagen 4K a la definición estándar (y, por lo tanto, también del panorámico a los 4:3), retrotrae al espectador a una estética feísta, un tanto destartalada, característica de los cortometrajes en vídeo de los 90. Lo que, por una parte, sirve pare retratar el estado de depresión (y de desconexión respecto a la realidad) que sufre su protagonista. Pero también sirve para situarlo generacionalmente: a ese respecto, no es en absoluto baladí que declare que, como DJ, no le encuentre sentido a mezclar desde archivos de audio, y no desde platos con vinilos encima.