Crítica ‘Diamante en bruto’: El milagro de Liane

agosto 19, 2025
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No sería justo calificar Diamante en bruto como una mera extensión del corto previo de Agathe Riedinger, J’attends Jupiter, ya que ha reenfocado el mismo punto de partida, pero centrándose en la dependencia actual de la validación que ofrecen las redes. Por Tonio L. Alarcón.

Diamante en Bruto, de Agathe Riedinger © Caramel Films

La razón de que, siete años después de su cortometraje J’attends Jupiter (2017), Agathe Riedinger haya podido ofrecer una variación largometrajística de la misma historia, Diamante en bruto (2024), es la supervivencia casi hercúlea del formato reality show. La fórmula ha ido variando, los componentes se han ido adaptando. Pero, sobre todo, el experimento sociológico de Gran Hermano, en realidad una proyección televisiva del interés humano por el cotilleo, ha ido derivando en un símbolo de esperanza, de superación, para jóvenes desesperados como Liane (Malou Khebizi), sin nada a lo que agarrarse. Desde la crisis económica de 2008, que sirvió como excusa para que el neoliberalismo desmantelara el estado del bienestar, las nuevas generaciones de (potenciales) trabajadores han tenido que asumir una tremenda pérdida adquisitiva respecto a sus antecesores.

Una perspectiva socioeconómica a través de la cual Riedinger no pretender excusar el comportamiento del personaje de Khebizi, pero sí explicar, de alguna manera, su furia, su desesperación, casi de animal herido. A lo que contribuye el asfixiante trabajo de fotografía de Noé Bach, que, pese a haber utilizado lentes anamórficas Atlas Orion SE (aunque también se han empleado unas Zeiss Go) sobre una Arri Alexa, ha recortado el scope resultante para lograr un 1,33:1 que se cerniera mucho más sobre sus protagonistas. De hecho, a diferencia del trabajo de iluminación de Alexandre Léglise para J’attends Jupiter, mucho más plano y más realista, Bach le ha ofrecido aquí a Riedinger un rango mucho más extremo, que encaja mucho mejor con la volatilidad de los sentimientos de Liane. Por eso los momentos más oscuros, a los que además se les ha añadido grano digital en posproducción, contrastan con tanta fuerza con aquellos mejor iluminados, y que, en general, retratan los momentos de felicidad (aunque a veces resulte efímera) de su personaje principal.

Aunque Diamante en bruto esté narrada exclusivamente desde la perspectiva de Liane, Riedinger es consciente de que se trata de un personaje a veces antipático, un tanto incómodo, así que lo matiza estableciendo contrastes y paralelismos respecto a las figuras femeninas que le rodean. En ese sentido, la crianza profundamente desestructurada de su madre Sabine (Andréa Bescond) no solo supone una sombra de toxicidad de la que escapar, sino también una proyección de aquello en lo que, si no logra progresar en la vida, podría llegar a convertirse. De la misma manera que su grupo de amigas, Carla (Léa Gorla), Stéphanie (Kilia Fernane) y Jessy (Alexandra Noisier), representan para ella el conformismo de su generación respecto a un sistema que les asfixia hasta no dejarle mucha más opción que la pura supervivencia.

Uno de los aspectos más interesantes a la hora de construir a Liane, más allá de la propia interpretación de Khebizi (sin duda, un espléndido descubrimiento), es cómo Riedinger, en complicidad con la actriz y los encargados de vestuario, maquillaje y peluquería, le han dado forma a un nivel puramente físico. Seguramente la característica más llamativa del personaje, al menos a primera vista, es esa sexualidad vulgar que exuda tanto por la forma que tiene de arreglarse como en su manera de moverse: ambas cosas giran en torno al rasgo de caracterización de los prostéticos mamarios que los encargados de efectos especiales, Kaméleón Studio, han incorporado al físico de la intérprete. No es un detalle en absoluto baladí, partiendo de que los pechos del personaje, rellenos de silicona en la ficción, representan con especial eficacia esa coraza de aparente agresividad tras la que, en realidad, oculta una vulnerabilidad emocional que los hombres con los que se cruza confunden con deseo… O quizás, simplemente, reconocen a la perfección (y se aprovechan de ello). Una característica que Khebizi trabaja desde los pequeños gestos, las miradas, que se le escapan a la protagonista entre estallidos de rabia.

Cierto es que la excusa argumental que mueve adelante Diamante en bruto vuelve a ser, como en J’attend Jupiter, el reality que podría cambiar para siempre la existencia de Liane. Pero, aquí, Riedinger le da mucha mayor importancia a la presencia (y la importancia) obsesiva de las redes sociales dentro de la vida de unas generaciones que se han acostumbrado a recibir validación en formato digital. La elección de la directora de no mostrar el feedback de los seguidores de Liane en la propia red (claramente Instagram, aunque no se nombre de forma directa), sino a través de gigantescas cartelas que ocupan toda la pantalla, intenta representar desde una perspectiva visual hasta qué punto resultan fundamentales para la estabilidad psicológica de su protagonista. De ahí que, como por otro lado es un gesto ya plenamente integrado en nuestra sociedad, siempre esté consultando su móvil, necesitada de un chute de dopamina que le ayude a seguir adelante.