Desprendido ya de la pegajosa (e innecesaria) etiqueta del ‘terror elevado’, Ari Aster busca afianzarse como maestro de la provocación en la comedia negra con un ambicioso retrato de la América pandémica corroído por su propio cinismo. Por Juan Galarza

Una revisión de algunos de los grandes nombres aupados por los principales festivales internacionales revela una cierta fijación por la misantropía: películas que se presentan como oscuras sátiras que ofrecen retratos implacables del patetismo humano, desprendidos de prácticamente cualquier empatía y con mucha intención corrosiva.
Con Michael Haneke o Lars von Trier como referentes y pioneros, quizá el exponente más destacado de este tipo de cine en la actualidad sea Rubén Östlund, ganador de dos Palmas de Oro consecutivas en Cannes.
En este clima, no resulta, por tanto, sorprendente que la edición más reciente del festival francés acogiera por primera vez una película de Ari Aster: Eddington encaja perfectamente en esta línea de cine cáustico, al igual que Sirat de Oliver Laxe, Premio del Jurado en aquella edición.
Eddington es el cuarto largometraje de Ari Aster y el segundo en el que se distancia del cine de terror, del que fue considerado un exponente del ‘terror elevado’ (qué viejo suena ya ese término) para adentrarse en la comedia negra, explorada ya en Beau tiene miedo y en algunos cortometrajes posteriores, como el corto Beau, que servía como primer acercamiento a aquel universo esquizofrénico.
El cine de Aster nunca ha sido completamente ajeno al mundo real: de manera simbólica o temática, siempre ha planteado lecturas extrapolables a problemáticas contemporáneas: véase la lectura feminista y la perversión del ‘good for her’ en Midsommar o la exploración de las enfermedades mentales en Beau tiene miedo, que también reflejaba la realidad desde la calle donde vivía el protagonista, plagada de drogadictos y ecos de la crisis de opioides en Estados Unidos.
No obstante, en Eddington, Aster toma el toro por los cuernos y se atreve ya a ofrecer un retrato directo de los Estados Unidos actuales, pospandémicos, o más bien pandémicos, situando la acción en el verano de 2020.

El punto de partida de Eddington es estimulante en la oposición que plantea entre dos comprensiones del poder. Por un lado, el alcalde del pueblo, interpretado por Pedro Pascal, encarna la integridad, la diplomacia política entrecruzada con el populismo y la cercanía a los magnates tecnológicos; por otro, el sheriff, interpretado por Joaquín Phoenix (atinadísimo en su encarnación de hombre mediocre engrandecido), representa un entendimiento del deber político basado en el respeto a la ley y al orden más clásico.
Este conflicto se hace visible desde el inicio de la película, a través de la gestión del COVID y el uso de mascarillas, con la tensión entre la ciencia y las indicaciones internacionales frente a las tradiciones locales y la mentalidad autóctona.
Este planteamiento inicial es, sin duda, uno de los aciertos de la película. Aster encuentra en situaciones cotidianas la oportunidad de generar comedia, y el absurdo que se deriva de ciertos enfrentamientos recuerda a los momentos más logrados de Beau tiene miedo, en los que los pequeños problemas cotidianos se estiran hasta convertirse en auténticas pesadillas. Además, el trabajo de localización y el cast de secundarios contribuyen a reforzar el universo que Aster construye, volviendo el escenario de Eddington coherente con su tono cómico y satírico.
Sin embargo, a medida que expande las subtramas de su generoso metraje (a estas alturas la longitud de sus películas parece marca de la casa de Aster), Eddington se dispersa al intentar abordar múltiples fenómenos contemporáneos. Por ejemplo, la subtrama protagonizada por la mujer del protagonista (empieza a hacerse empachosa la deriva ‘rarita’ de la carrera de Emma Stone entre Lanthimos y Aster), centrada en el culto a falsos profetas y el mundo de las conspiraciones, es demasiado caricaturesca y, en conjunto, deshilvanada.
No obstante, en ciertos momentos, el retrato de Aster pasa de ser inocuo a sencillamente desconcertante: es cuando la película representa la explosión del movimiento Black Lives Matter aquel verano pandémico en Estados Unidos tras el asesinato de George Floyd. Si entendemos toda la dimensión tonal de la película como un retrato de un país (o de un mundo) sumido en la histeria postpandemia, la aproximación a las protestas se reduce a un gesto burlesco y superficial: las manifestaciones se muestran como fenómenos aislados, absurdos o violentos, sin interesarse lo más mínimo por sus causas ni el contexto histórico y social que las sustenta.

Amparados por ese cómodo mantra de que “todos nos hemos vuelto locos”, la película rehúye de cualquier profundidad en su abordaje de estos movimientos y de cómo se relacionan con problemas estructurales: no en vano, se omite prácticamente cualquier referencia al impacto político de figuras como Donald Trump (en ese sentido, no sorprende la tibieza que mostraron Aster y su elenco al ser preguntados en Cannes por el presidente estadounidense y sus actuales políticas).
Aun entendiendo que el proyecto se gestó mucho antes, su estreno en 2025 hace que ciertos elementos resulten obsoletos frente a la realidad estadounidense, marcada por sucesos más rocambolescos y absurdos que los representados en la película, desde las redadas de ICE hasta la polarización extrema evidenciada tras el asesinato de Charlie Kirk. Si buscaba retratar el delirio colectivo del gigante americano, Aster parece tener muy poco que aportar a estas alturas.
De este modo, su sátira sobre lo woke y la parte más progresista del país, además de artificial, consciente o inconscientemente, parece completamente desconectada de las condiciones materiales que han llevado a ciertos sectores a la frustración o al extremismo. En el tramo final de la película, donde se acentúan los ecos coenianos y la acción remite a las silentes secuencias de acción de No es país para viejos, la representación del movimiento Antifa como un grupo terrorista organizado, siempre en clave genérica, se asemeja a la visión trumpista de un movimiento que, en realidad, se caracteriza por estar descentralizado.
En última instancia, Eddington pone de relieve las limitaciones de Aster como retratista social: en el mejor de los casos, torpe y superficial; en el peor, cínico y apologista. A pesar de la entrega de Joaquín Phoenix y de algunos aciertos en la construcción de momentos de comedia negra, la película termina convirtiéndose en una sátira fallida. Es como si, en su intento de reflejar lo que se perdió tras el confinamiento, Aster quedara irónicamente desnortado; mezcla churras con merinas para al final decir, con mucho, muy poco.