Tras un paréntesis en el que llevó adelante la serie Los años nuevos, Rodrigo Sorogoyen vuelve a lo cinematográfico con El ser querido, largometraje sobre las ausencias paternofiliales encabezado por unos prodigiosos Javier Bardem y Vicky Luengo. Por Tonio L. Alarcón

Cuando Sorogoyen rodó Madre (2017), el cortometraje que dio pie, dos años más tarde, al largometraje homónimo, partió de lo angustioso de la posibilidad de perder a un hijo (o, lo que es todavía peor, lo terrible de ser incapaz de ayudarlo) para construir un ejercicio de tensión hitchockiano que tenía algo de malabarismo formal.
Casi una década más tarde, El ser querido (2026) aparta a un lado esa espectacularidad expresiva en pos de profundizar, desde una visión más reposada, en cómo la pérdida también puede vivirse desde el otro lado a través de la ausencia de uno de los progenitores. Y hasta qué punto esa grieta, ese vacío, se transforma en algo irreparable cuando la herida no cicatriza bien.
Igual que Gustav Borg (Stellan Skarsgard) en Valor sentimental (2025), aquí otro director cinematográfico, Esteban Martínez (Javier Bardem), intenta aproximarse a su hija Emilia (Vicky Luengo) a través de lo cinematográfico. En el largometraje de Joachim Trier, Borg lo hacía reconstruyendo, desde la ficción, sus propios recuerdos de infancia.

Por su parte, el guion de Sorogoyen y su colaboradora habitual, Isabel Peña, apunta hacia un esfuerzo por parte de su personaje principal de (re)conectar con la intensa presencia fílmica de la madre de Emilia, Charo (no por casualidad, interpretada en su juventud también por Luengo), que se convierte así en un proyección fantasmástica de aquel pasado del cual, en algún momento, huyó.
El núcleo de El ser querido se concentra en dos secuencias que se reflejan entre sí, y establecen así la evolución (o la falta de ella) en la relación de Esteban y Emilia. En la primera de ellas, se reúnen en un restaurante pijo, y a medida que el intento de aproximación entre ambos va derivando en una situación más tensa, más incómoda, la cámara se va cerniendo sobre unos actores que defienden esos primerísimos primeros planos como las auténticas bestias pardas interpretativas que son Bardem y Luengo.
En la segunda, próxima al cierre del largometraje, los personajes comparten un sencillo sandwich durante el rodaje que centra gran parte de la acción, pero en esa ocasión los planos son más abiertos y el sonido también está mucho más limpio, más desnudo. Porque, aunque la herida que los mantiene distanciados sigue abierta, han dado un primer paso, muy tímido, hacia la sanación de un vínculo devastado por el simple desinterés.
Se ha hablado y se hablará mucho de la secuencia del rodaje de la comida, pues en ella Sorogoyen hace un ejercicio de tensión que se basa tanto en la preparación que ha hecho a nivel de guión (con las historias sobre la agresividad que solía desplegar Esteban en sus rodajes) como en la capacidad de Bardem para transmitir violencia en sus gestos sin llegar jamás a la agresión física.
Sin embargo, lo auténticamente prodigioso de dicho momento es cómo, tras ir enrareciendo más y más el ambiente a través de su actitud despótica, El ser querido deriva en su hallazgo de un momento de auténtica verdad en la interpretación, hasta ese momento, un tanto envarada de su hija. Y la emoción que transmite su intérprete nos da a entender que ha hallado, a través de tan agresivo comportamiento, esa energía en crudo que caracterizaba a Charo.
Lo más sugestivo de que El ser querido gire en torno a la producción de un largometraje de ficción no está en los desencuentros, las amistades y los problemas que genera la mala actitud de Esteban. Lo interesante es que, a través de esa descripción de cómo se construye un relato cinematográfico, Sorogoyen y Peña están poniendo sobre la mesa hasta qué punto la expresión cultural humana proyecta nuestra necesidad casi incontrolable de construir relatos que nos expliquen tanto a nosotros como a nuestro propio contexto.

De ahí surge, nos están diciendo, la imposibilidad de que los personajes de Bardem y Luengo se entiendan. Cada uno de ellos ha asumido un relato respecto a su relación con el otro, así que su negativa a encontrar un terreno neutral, un punto medio, hace imposible que se comuniquen, pues no se puede crear un relato común.
Como viene siendo habitual en las colaboraciones de Sorogoyen con el director de fotografía Álex de Pablo, hay aquí un trabajo muy complejo a la hora de desplegar formatos. Aunque el largometraje arranca con el uso de una Alexa 35 y una Alexa Mini, a medida que el metraje avanza, y la relación entre Esteban y Emilia se va haciendo más compleja, abandonan el digital e introducen cámaras analógicas como la Arricam LT, la Arriflex 765 y la Arriflex 416 (con negativo en color Kodak Vision 3 500t y 200t, y Kodak Double X para el blanco y negro), además de captar también imágenes en Super 8 mm y en miniDV.
El resultado es una obra que juega constantemente con los cambios de formato para reflejar también la inestabilidad emocional de sus dos personajes principales: no es baladí que sean, también, los más aislados, los más solitarios.