'Flow' (Adso Films)

Crítica ‘Flow, un mundo que salvar’: Y subieron las aguas

febrero 7, 2025
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Pese a que ha sido una de las películas de animación más laureadas de 2024, hemos tardado en poder disfrutar en cines de Flow, un mundo que salvar, y además en un estreno limitado, pensado para explotarla comercialmente en plataformas. Por Tonio L. Alarcón

‘Flow’ (Adso Films)

El brevísimo cortometraje Aqua (2012) viene a funcionar como una especie de prueba de concepto de lo que Gints Zilbalodis ha desarrollado de forma más rica, con la ayuda en el guión de Matīss Kaža, en Flow, un mundo que salvar (2024). De la misma manera que en su ópera prima largometrajística, Away (2019), está plantada la semilla expresiva que ha acabado de explotar en su laureado nuevo trabajo. Tanto es así, que algunos de sus celebrados diseños ya nacieron allí, en un estadio todavía muy primitivo.

Pero lo estimulante es que todas las obras mencionadas comparten un aspecto fundamental: que su máximo responsable no pone el peso sobre el acabado técnico de las mismas, sino sobre la expresividad que logra y, a través de la misma, la resonancia emocional que genera en el espectador.

No es tema baladí, teniendo en cuenta hasta qué punto el dominio económico de grandes conglomerados como Pixar, Disney o DreamWorks ha desviado el interés del género hacia el puro logro tecnológico, los avances de software y la imitación del cine de imagen real. Lo que ha provocado que se quede por el camino la importancia de la estilización, a veces radicalmente enloquecida, que permite el trazo humano dentro de la animación tradicional (que parece que ya es sólo cosa de la industria japonesa o del Cartoon Saloon de Tomm Moore).

‘Flow’ (Adso Films)

Ni siquiera la irrupción de una explosión imaginativa como Spider-Man: Un nuevo universo (2018), que parecía destinada a funcionar como balón de oxígeno para el sector, parece haber cambiado gran cosa, pues se diría que su influencia se ha ido diluyendo con el paso de los años.

Frente a ello, una producción modesta como Flow, un mundo que salvar ha optado por escoger con cuidado sus armas y presentar batalla allá donde las majors han perdido pie: a la hora de recuperar una cierta pureza en la expresividad y el movimiento de las figuras, y sobre todo, un sentido de la aventura y de la maravilla que suele estar bastante ausente de la animación contemporánea.

Por eso Zilbalodis no se ha preocupado de que, en el producto final, los modelados o las texturas sean perfectos. Como ya había ensayado con la animación en Maya con la que dio forma a Away, aquí aprovecha la ligera tosquedad de las imágenes generadas con Blender para ofrecerle al espectador una personalidad expresiva propia, intransferible, que de hecho transmite a todo el metraje un aire onírico que va ganando más y más fuerza a medida que avanza la trama.

Para lograr esa transición, el director lituano ancla el arranque de la historia a un cierto sentido de la realidad, que se apoya tanto en el espléndido retrato que hace del comportamiento de sus animales protagonistas como en la bellísima utilización compositiva de unas masas de vegetación densas, pobladas de vida.

Aunque, sin duda, el foco narrativo de Flow, un mundo que salvar está puesto sobre el elemento acuático. Más concretamente, en cómo los efectos digitales creados para la ocasión por Mārtiņš Upītis son capaces de hacer brillar tanto un simple reflejo (que, por otro lado, se reitera al principio y al final del metraje con un sentido argumental muy claro) como la inmensidad de un océano, en apariencia, inacabable. Y es que la utilización narrativa que hace la película del agua es, quizás, la más rica que ha ofrecido el cine de animación desde las probaturas (si bien, en su caso, con animación tradicional) que hiciera Hayao Miyazaki en Ponyo en el acantilado (2008).

‘Flow’ (Adso Films)

La referencia al genio japonés no es gratuita: Zilbalodis asegura que su principal referencia estética a la hora de crear su propio mundo inundado ha sido la serie Conan, el niño del futuro (1978), y más concretamente la icónica dirección artística de Nizo Yamamoto. La inquietante presencia de elementos extraños, como estatuas gigantes, pero sobre todo la influencia oriental(ista) de algunos de sus paisajes, remiten al cine de Studio Ghibli.

Sin embargo, Flow, un mundo que salvar no intenta reproducir el ritmo del anime comercial, sino que busca su propia cadencia narrativa, quizás más contemplativa, menos dinámica, pero igualmente fascinante por la oportunidad que ofrece al espectador de sumergirse en la belleza de sus encuadres.

Algo que resulta imprescindible para que la historia funcione, teniendo en cuenta que el director ha tomada la osada decisión, de nuevo coherente con su obra anterior, de desarrollar la historia sin diálogos. De hecho, a diferencia de Away, en esta ocasión ha decidido prescindir totalmente de presencia humana. Lo que ha obligado a su equipo de animación a volcarse en la expresividad de sus figuras animales, logrando un equilibrio entre el realismo y una estilización puramente cartoon. Pero, al mismo tiempo, esa característica también dota a Flow, un mundo que salvar de una mayor sensación de extrañeza, al no ofrecer respuestas al (aparente) desastre ocurrido, pero sí pequeños rastros que indican que, hasta hace relativamente poco, hubo personas habitando el mundo de la película.