Tras llevarse la Mención Especial del Jurado en el pasado Festival de Málaga, La buena letra, tercer largometraje de Celia Rico, llega a nuestras salas ofreciendo un nuevo punto de vista de la posguerra española. Por Belit Lago

En 2018, la cineasta sevillana se estrenaba en el largometraje con un relato minimalista sobre los vínculos maternofiliales. Viaje al cuarto de una madre, que ganó tres Premios Gaudí, un Feroz y el Premio de la Juventud en San Sebastián, significó para Rico su entrada en la categoría de cineastas españolas en el punto de mira. La sensibilidad de la propuesta, junto al trabajo con las actrices Anna Castillo y Lola Dueñas, confirmaba el descubrimiento de un talento inexpugnable, precedido por su ópera prima Luisa no está en casa, cortometraje que supuso la única presencia española en el Festival de Venecia de 2012.
El año pasado, María Vázquez y Adriana Ozores —ganadora del premio a mejor actriz de reparto en la 27a edición del Festival de Málaga— cogían el relevo de Castillo y Dueñas como protagonistas de Los pequeños amores, una especie de continuación de su primer largo, donde la cineasta seguía investigando esos lazos intrafamiliares tan complejos como universales.
Aun tratándose de una película de época —hecho al que Rico no nos tiene acostumbrados—, La buena letra, adaptación cinematográfica de la novela homónima de Rafael Chirbes, consigue mantener intacta la delicadeza de su mirada autoral. Pasamos de una panorámica relación entre madre e hija a un cuarteto que irá complicándose a medida que pasen los minutos: Ana —interpretada por una impoluta Loreto Mauléon— está casada con un obrero republicano, Tomás, cuyo hermano Antonio, un bohemio oportunista que anda algo perdido, acaba con Isabel, una joven que se niega a aceptar de dónde viene.

Es interesante cómo se utiliza la fragmentación de la película, en capítulos con nombres propios, para diseccionar las relaciones entre personajes: por un lado, el vínculo matrimonial, representado por partida doble a través de ambas parejas; por otro, el desajuste ideológico entre hermanos, cuyas consecuencias atraviesan profundamente a Tomás, un hombre ofuscado por la firmeza de sus creencias.
De todos los lazos aquí retratados, aquello que resulta más estimulante es la contraposición entre ambas feminidades: Ana ocupa un rol neurálgico tanto en el film como dentro de la familia, a quien dedica la totalidad de su tiempo y atención.
La irrupción de Isabel propone un nuevo modelo de mujer ante los ojos de Ana, y también del resto de personajes. La futura esposa de Antonio no solo prefiere los pantalones a las faldas, sino que desconoce de primera mano los últimos acontecimientos del país, ya que ha estado viviendo en Inglaterra.

Sus actitudes burguesas y cosmopolitas generan en Ana comportamientos fuera de la norma, mostrando una parte que choca con su apariencia lánguida y sumisa, pero que dotan al personaje de rasgos que la humanizan, pequeños despuntes naturales con los que la espectadora puede identificarse pese a la distancia temporal de la historia.
Rico toma una época tantas veces llevada a la gran pantalla que parece imposible construir un relato innovador; sin embargo, y gracias a su esfuerzo por resaltar aquello que no se dice por encima de lo evidente, consigue ubicar en los silencios gran parte del discurso.
A través de los detalles, La buena letra trata de visibilizar la vida de las mujeres (o por lo menos de algunas) durante la década de los 40 en los pueblos de España; mujeres que vivieron la muerte de padres, hermanos y maridos por culpa de la Guerra Civil y sus consecuencias, y que tuvieron que aprender a seguir adelante cargando el peso de unas ausencias que ocuparon demasiado.