Tras dos décadas y media batallando por llevar adelante La chica zurda, Shih-Ching Tsou y Sean Baker han recogido los frutos de su esfuerzo: première en Cannes, premios y nominaciones, así como candidatura al Oscar a la Mejor Película Extranjera. Por Tonio L. Alarcón

Los más de veinte años transcurridos entre su primera incursión en la dirección, Take Out (2004), y su segundo largometraje, la recién estrenada La chica zurda (2025), representan también la batalla de su directora, Shih-Ching Tsou, por sacar adelante un proyecto a contracorriente dentro de la industria convencional.
Cuando le habló de la idea a Sean Baker, que acababa de estrena Four Letter Words (2000), éste se entusiasmó con las posibilidades cinematográficas que les ofrecía Taipéi. Se dieron cuenta enseguida, sin embargo, de que el proyecto era dificilísimo de financiar para un par de cineastas casi sin experiencia. De ahí que ambos decidieran apostar por un proyecto más barato y más asequible (al fin y al cabo, costó poco más de 3.000 dólares) como Take Out.
Precisamente, esta última representa a la perfección el cine temprano de Baker. No en vano, allí codirigió con Tsou, de ahí que ambos aplicaran esa filosofía, compartida con el movimiento mumblecore, y heredada del Dogma 95, de rodar de forma muy barata, con pocos actores y apostando al máximo por el naturalismo.

Todo lo cual se sostenía sobre esa estética agresivamente lo-fi que les proporcionaba el uso de una cámara de vídeo Sony DSR-PD150. De haber sido rodada en aquella época, es muy probable que, a nivel de puesta en escena, la versión de La chica zurda que nos hubiera llegado hubiera sido muy distinta. Porque, aunque el uso de iPhones que experimentaron en Tangerine (2015) les garantizó una agilidad e inmediatez próxima a la que, en su momento, les aseguraba grabar con cámara miniDV, ya hace una década se había producido un salto técnico importantísimo.
De ese salto evolutivo se ha aprovechado Tsou para rodar un largometraje muy a ras de suelo, muy pegado a la realidad de Taipéi, pero sin renunciar por ello a retratar la ciudad con una estética cuidadísima, que por momentos recuerda al Hong Kong casi onírico de Wong Kar-wai y Christopher Doyle.
Para ello, los directores de fotografía, Ko-Chin Chen y Tzu-Hao Kao han exprimido al máximo las posibilidades de los iPhone 13 Pro Max con los que pudieron contar en el instante de la producción, montándolos para ello en rigs de Beastgrip y equipándolos con lentes anamórficas.
La directora insistió, además, en contar con un equipo de rodaje muy reducido, de unas cinco o seis personas. Eso les permitió pasar relativamente desapercibidos en los mercados nocturnos en los que se grabaron la gran mayoría de escenas, captando, así, la realidad de forma directa, sin necesidad de figurantes.
Claro que, si en Take Out utilizó únicamente intérpretes no profesionales, para hallar a las tres generaciones de mujeres que constituyen la familia de La chica zurda, Tsou prefirió hacer un casting de actrices que le permitiera hallar la sutilidad necesaria para darle entidad a Shu-Fen (Janel Tsai), I-Ann (Ma Shih-Yuan) e I-Jing (Nina Ye).
Ahí está la principal diferencia respecto a su ópera prima. Precisamente el estilo nervioso, documental, de aquélla, no daba pie al tipo de momento íntimo, introspectivo, que supone la columna vertebral del desarrollo de la tríada de protagonistas de su segundo largometraje. Porque sí, Tsou y Baker vuelven a crear una película con unos personajes que están (casi) en perpetuo movimiento, en este caso desplazándose por una colorida Taipéi en lugar de por la grisácea Nueva York post 11-S.
Pero aquí hay un trabajo, realizado mano a mano con las tres intérpretes, para sacar a relucir el dolor, los sueños, las limitaciones de ese núcleo familiar, en aquellos momentos en que la cámara se presta a enfatizar la importancia del más pequeño gesto de sus respectivos rostros.
Algo, al fin y al cabo, imprescindible en un relato especialmente centrado en describir la presión que la sociedad taiwanesa ejerce sobre las mujeres. Tal y como la directora ha comentado en entrevistas, La chica zurda arrancó buscando reflejar en I-Jing sus propias experiencias con el uso (prohibido) de la mano izquierda. Pero, enseguida, ese conflicto con el abuelo Wen-Xong Chen (Akio Chen) se convierte en el reflejo de una pauta de comportamiento por parte de prácticamente todos los personajes masculinos respecto a las tres protagonistas, que representan otras tantas generaciones de féminas presionadas por una cultura que sigue arrastrando excesivas rémoras del pasado.

De ahí la importancia, mucho más allá del simple shock emocional, de ese giro que se desvela a poco más de diez minutos del final del metraje, y que obliga al espectador a reevaluar (y a reconcebir) lo que hemos visto respecto a la relación entre las protagonistas.
Lo interesante es que, aunque la directora apunta a la recuperación de una cierta armonía familiar, pese a la presencia de la optimista banda sonora supervisada por Matthew Hearon-Smith sigue latiendo un dolor sordo. Una carencia, quizás, incurable.