Con nueve nominaciones a los Premios de la Academia de Hollywood y un Globo de Oro para su protagonista, Timothée Chalamet, Marty Supreme irrumpe como uno de los títulos clave de la temporada. Por Belit Lago

São Paulo, 1997. Así empezaba The Smashing Machine (2025), primer largo en solitario de Ben Safdie tras la separación artística de Joshua, que ya debutó sin su hermano en 2008 con The Pleasure of Being Robbed. No es casualidad (o sí), que Marty Supreme, estrenada tan solo tres meses más tarde, utilice el mismo despegue, aunque en este caso, situando la historia en la Nueva York de los años cincuenta.
Es curioso que en el momento en que los hermanos Safdie —cuyo sello han logrado esculpir a fuego en nuestras retinas a base de propuestas tan atrevidas como sofisticadas— deciden tomar caminos distintos, lo hagan con dos biopics sobre deportistas dominados por el ansia del éxito.
Sin embargo, quien le sigue siendo fiel al lenguaje que los caracteriza es Joshua. Como hiciera Ethan Coen en Dos chicas a la fuga (2024) o Honey Don’t (2025) —títulos fallidos pero en consonancia con el universo que imaginó durante décadas junto a Joel—, el mayor de los hermanos ha decidido apostar por esa continuidad estilística: primeros planos, movimientos constantes, diálogos atropellados.

Todo bajo un filtro scorsesiano que, como vemos en la filmografía de autores contemporáneos como Paul Thomas Anderson o Winding Refn en su primera etapa, atraviesa, también, buena parte de la carrera cinematográfica de los Safdie. Y no es esta la única huella del Nuevo Hollywood, sino que entre los guiños y homenajes que emergen en Marty Supreme, destaca la caída vertical de las pelotas naranjas, evocando a uno de los momentos (y motivos) más icónicos de El padrino (1972).
¿Será este el año de Chalamet? Tras aprender a tocar la guitarra para interpretar a Dylan el año pasado —papel que también le valió la nominación al Oscar—, las posibilidades de que el próximo 15 de marzo (aquí ya 16) vuelva a casa con la estatuilla no son pocas. El neoyorkino, que ha trabajado con cineastas de la talla de Villeneuve, Gerwig, Guadagnino o Anderson, abraza el cinismo con férrea determinación en su retrato de la ambición del muerto de hambre por triunfar en la vida.
Bajo el lema ‘Fake it till you make it’, el personaje de Marty Mauser performa un estatus e influencia que no le pertenecen, pero que anhela con absoluta devoción y por los que sería capaz de pisar a cualquiera. Y es en esa esencia de ser despreciable donde el actor parece encontrarse cómodo, sucumbiendo al juego corporal de una lucha continua (y despiadada) por alcanzar la cima.

De forma inconsciente, el espectador llega a olvidarse del pimpón y se ve arrastrado por un viaje imparable entre Estados Unidos, Japón, París o Londres, donde el montaje acelera el paso del tiempo a un ritmo vertiginoso. Elipsis tras elipsis, los días y los meses se amontonan hasta llegar al torneo mundial, al que sin ni siquiera estar convocado, Marty acudirá con una idea clara entre ceja y ceja: ganar es la única opción posible.
Y en un preámbulo comercial, donde el acuerdo es perder frente al ídolo nipón Koto Endo (interpretado por el jugador profesional Koto Kawaguchi) con el fin de contentar a un público manipulado por la marca de bolígrafos que financia dicho teatrillo, Marty recupera la estrategia subversiva de Dylan en el final de A Complete Unknown (2025) y desafía las normas: se sube al escenario y hace lo que realmente le apetece, sin importarle la reacción de los que mandan o de un público que atiende al espectáculo con otras expectativas.
Marty Supreme es de aquellas películas que, pese a haberse estrenado en enero, sobrevivirá en el recuerdo de muchos de nosotros, no solo cuando llegue el final del año y elaboremos nuestras listas de las mejores producciones de 2026, sino de forma atemporal.
La agresividad de sus imágenes —no por lo que muestran, sino por cuestiones formales—, junto al trabajo de los intérpretes —con especial atención a la fisicidad casi mística con la que Timothée encarna al protagonista—, y sin olvidar una banda sonora ochentera que contrasta con la temporalidad del film, sin duda conseguirán dejar huella tanto en el público como en la prensa, que ya ha mostrado su entusiasmo otorgándole varios de los premios de la crítica.