'La luz que imaginamos' (Atalante)

Crítica ‘La luz que imaginamos’: Luminosa sororidad

febrero 25, 2025
por

Retratando la cotidianidad de dos enfermeras de Bombay, Payal Kapadia explora el amor y las diversas formas de desigualdad social en la India contemporánea con una mirada curiosa y sensible. Por Juan Galarza

‘La luz que imaginamos’ (Atalante)

La cineasta india Payal Kapadia se dio a conocer en 2021 con el documental A Night of Knowing Nothing, premiado con la Cámara de Oro al mejor debut en el Festival de Cannes. No sorprende entonces que su primer largometraje de ficción, La luz que imaginamos, comience como si fuese también un documental.

La cámara se detiene en varios escenarios de Bombay y se interesa por los diferentes personajes que deambulan por la metrópoli durante la noche. Como acompañamiento de estas imágenes, escuchamos distintas voces en off que relatan su relación con la ciudad. Se habla del éxodo rural y de las oportunidades profesionales de la gran urbe, así como de los infinitos estímulos que ofrece para paliar la aflicción. “La ciudad te ayuda a olvidar esas cosas”, dice una joven.

Una muchedumbre se agolpa para subirse a un tren. Se escuchan más testimonios y Kapadia continúa alternando planos de diferentes personajes, como si las voces pudiesen corresponder a cualquiera de ellos. La cámara de Kapadia sigue observando con curiosidad: una madre y un hijo, un grupo de ancianas, dos chicas escuchando música por los mismos auriculares. Después de que la última intervención destaque el incesante ritmo de vida de Bombay, la cámara se detiene en una mujer con un traje azul, que duerme estirada en los asientos del tren.

‘La luz que imaginamos’ (Atalante)

En el siguiente plano, otra mujer, con el mismo uniforme, mira hacia sus lados mientras se agarra a un poste del vagón. Son las dos protagonistas de la película; Anu (Divya Prabha) y Prabha (Kani Kusruti), dos enfermeras que trabajan en el mismo hospital y viven en el mismo piso.

Esta secuencia de configuración documental no es solamente una eficiente primera aproximación a las dos heroínas de La luz que imaginamos desde la mera kinésica —por un lado, Anu, despreocupada y relajada, por el otro, Prabha, más reservada y formal —, sino también una buena muestra del punto de vista que adopta Kapadia en la película. La realizadora y guionista, en un espacio superpoblado, focaliza su mirada en aquellas figuras susceptibles de ser ignoradas, confundidas entre los millones de habitantes de Bombay.

En otra escena de la película, una compaña de trabajo de las protagonistas se fija en la construcción de un nuevo rascacielos. El edificio en el que ha vivido durante años va a ser demolido para que se levanten otras tantas torres como esa. Ciñéndonos a esa visión de la lucha de clases como un juego de alturas, la cámara se mantiene a ras de suelo. Es ahí, en la cotidianeidad de Prabha y Anu donde La luz que imaginamos despliega su historia, construida en torno a una de las ideas motoras del cine de Kapadia: el amor en la India actual.

‘La luz que imaginamos’ (Atalante)

Por un lado, el marido de Prabha, con el que se casó a través de un matrimonio de conveniencia, vive en Alemania y no contacta con ella desde hace más de un año. Por el otro, Anu mantiene con un joven musulmán una relación en secreto, temerosos de las opiniones de su entorno. El denominador común de estas dos historias no es otro, evidentemente, que el machismo perenne en la sociedad inda (muy posiblemente la razón por la que, pese a su reconocimiento internacional, la película no fue seleccionada por la India como su candidata al Oscar).

La desigualdad que denuncia Kapadia no es solo de clases, sino también de género: al igual que tratan de ayudar a su amiga Parvathy, desahuciada de su casa por los fondos buitres, Prabha y Anu se ayudan también la una a la otra en sus males de amores. Uno de los grandes logros de la película es cómo expone que, pese a sus personalidades y visiones tan opuestas, las protagonistas encuentran la manera de comprenderse a través de la escucha y del cuidado mutuo.

Como anticipa la introducción, en los mejores momentos de la película, Kapadia consigue retratar esta amistad con delicadeza, sin levantar en exceso la voz y centrándose en los pequeños gestos de complicidad y de (auto)descubrimiento de las protagonistas. Pese a su innegable carga social, es loable cómo la película rehúye por lo general de maniqueísmos, especialmente en las interacciones directas de las protagonistas con sus compañeras de trabajo o con los distintos hombres con los que interactúan.

El último tercio de la película, que transcurre alejado de la gran ciudad con motivo de una escapada hacia una zona costera, es quizás donde mejor se percibe las cualidades observacionales de Kapadia y la significación de las interacciones de las protagonistas con el espacio y con el cuerpo.

En cierta medida, esta liberación temporal de las protagonistas en su desplazamiento al pueblo permite también que la directora se desligue de cierto encorsetamiento formal: bajo el rigor y refinamiento de la cineasta se entrevé también un culto a sus grandes maestros (Chantal Akerman o Wong Kar-wai) y también un seguimiento bastante rígido de los lenguajes más académicos y “festivaleros”. La emoción de sus imágenes queda a veces aminorada por esta estetización, aunque por lo general la película se mantiene equilibrada, en buena parte gracias unas protagonistas muy entonadas.

Con todo, la mirada curiosa y luminosa de Kapadia, imperturbable a lo largo de las casi dos horas de metraje, hace de La luz que imaginamos un convincente relato sobre la sororidad como forma de resistencia.