La Concha de Oro recibida por Los domingos no hace más que confirmar la firme trayectoria del cine de Alauda Ruiz de Azúa, que aquí se atreve a lanzar una propuesta todavía más incómoda y más provocativa que en sus obras anteriores. Por Tonio L. Alarcón

Salvando esa incursión en lo comercial (al fin y al cabo, con guión ajeno) que fue Eres tú (2023), la obra como autora completa de Alauda Ruiz de Azúa ofrece una mirada muy áspera, muy incómoda, sobre las relaciones humanas.
No llega a la misantropía más absoluta, pues siempre ofrece cierto hálito de esperanza, pero apenas hay personajes felices en sus ficciones, y los lazos emocionales que generan con aquellos que tienen cerca acostumbran a ser tensos, asfixiantes. De ahí que las parejas que aparecen en su filmografía suelan estar al borde de la ruptura, o como mínimo coqueteen con ella.
En cuando a las familias, son un foco de presión y de desestabilización, sirviendo solamente para transmitir comportamientos tóxicos o incluso para generar traumas, sea por ausencia, sea por exceso de celo.
Pese a tratarse de dos obras muy distintas, Los domingos (2025) comparte con su anterior miniserie para Movistar+, Querer (2024), cierta reflexión sobre nuestra imposibilidad para aceptar que alguien de nuestro entorno rompa con el status quo. Sea porque, como en el caso de la adolescente Ainara (Blanca Soroa) se plantee su reclusión en un convento, sea porque, como ocurría con Miren (Nagore Aranburu), denuncie por maltrato y violencia sexual continuada a su marido Iñigo (Pedro Casablanc).
No es casual que, en ambos casos, se trate de personajes más o menos resignados, y que pese a sus (comprensibles) dudas existenciales, cargan calladamente con la discrepancia de los que, sobre el papel, deberían estar más próximos a su corazón.
Lo interesante del cine de Ruiz de Azúa es que, a diferencia de tantos cineastas contemporáneos, que tienen la necesidad de subrayar su posicionamiento y el mensaje que habría que sacar de sus ficciones, ella optar por no juzgar.

Ya desde Cinco lobitos (2022), la vizcaína toma cierta distancia respecto a lo que está narrando, y, así, presenta la situación, establece los conflictos y distribuye las suficientes miguitas de pan para que sea el espectador quien tome sus decisiones sobre lo que está viendo en pantalla.
Desde esa perspectiva, lo provocador de Los domingos no es que hable sobre el fervor religioso, y la renuncia que ello supone, sino que se niegue a ridiculizar a Ainara y trate con dignidad a la madre superiora del convento (otra vez Aranburu). Somos nosotros, el público, quienes tenemos que posicionarnos, y decidir qué significa la secuencia en que el personaje de Soroa tiene su momento de iluminación religiosa: ¿ha recibido un mensaje de lo divino o su psique se ha quebrado definitivamente?
En todo caso, incluso con sus dudas, Ainara es seguramente la figura más feliz y más calmada de Los domingos. Los adultos que le rodean están marcados por esa aspereza que caracteriza a los personajes de Ruiz de Azúa, que elude la simpatía fácil, y prefiere definirlos a través de sus limitaciones y sus imperfecciones. De ahí que el personaje más laico, a priori más progresista, como es el de Maite (Patricia López Arnaiz), sea también el más intolerante y el menos empático, mientras el apoyo del padre de Ainara, Iñaki (Miguel Garcés), proviene más de sus francas dificultades para comprender y conectar con ella, lo que provoca en él continuos arrebatos y desconexiones emocionales.
De forma, en apariencia, sencilla, desde lo más íntimo, la cineasta está hablando también de un país que todavía es incapaz de reconciliar posturas encontradas, de comprender posicionamientos ajenos, pese a nuestra experiencia previa (o quizás, simplemente, porque determinadas heridas no llegaron a curarse jamás). Lo que ha impelido el auge de populismos que simplifican esas divergencias, y radicalizan esos enconamientos para sacar aprovechamiento político de ellos.
Aunque en Querer colaboró en la fotografía con Sergi Gallardo, y aquí lo ha hecho con Bet Rourich, en ambas obras se aprecia un esfuerzo de la cineasta por presentar los acontecimientos de forma pausada, ligeramente distante.

La directora de fotografía señala que sus referencias principales fueron cineastas tan austeros como Yasujiro Ozu, Robert Bresson y Carl Theodor Dreyer, y por eso, a la hora de emplear la cámara de cine digital Arri Alexa 35, minimizaron los movimientos de cámara y optaron por grandes angulares, de entre las ópticas Blackwing7 T Tune escogidas, para englobar dentro del plano todo lo que ocurría en las secuencias con muchos personajes.
Esa sencillez les llevó también a emplear una iluminación lo más natural posible, empleando sobre todo las ventanas como focos de luz, y empleando fuentes artificiales solamente para subrayar determinadas sensaciones. Véase, por ejemplo, la secuencia de la discoteca, en contraste con la paz que suele rodear a Ainara, o el fluorescente utilizado en el lavabo del convento, que subraya la sensación de austeridad, de inclemencia, de la vida de recogimiento que está a punto de escoger.