Tras 15 años de espera desde la aplaudida Mary and Max, Adam Elliot regresa al largometraje con Memorias de un caracol, un minucioso ejercicio narrativo y estético que fluctúa entre lo tierno y lo sórdido. Por Juan Galarza

En los minutos finales de Uncle, Adam Elliot parafraseaba a Søren Kierkegaard cuando, en uno de sus últimos momentos de lucidez, el tío del narrador balbuceaba que “la vida solo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero debe ser vivida hacia adelante”.
Casi treinta años después de su primer cortometraje, el cineasta australiano recupera esta misma cita en uno de los momentos cúlmenes de Memorias de un caracol, su más reciente obra, nominada a Mejor Largometraje de Animación en los últimos premios Óscar.
Además de servir como un curioso guiño metatextual, esta referencia al pensador danés es también una vía de acceso a la filosofía de Memorias de un caracol y del cine de Adam Elliot en general.
Su filmografía, compuesta íntegramente por películas de animación en stop-motion con plastilina, desarrolla una mirada existencialista a la vida a través de tragicomedias para adultos donde se repiten varios motivos: los protagonistas del universo de Elliot son individuos con diversas discapacidades; personajes alcohólicos o adictos, seres con profesiones estrafalarias, figuras condenadas a la soledad y amenazadas constantemente por la muerte a través de enfermedades y desgracias de distinta índole.
Si, como sugiere la paráfrasis de Kierkegaard, solo podemos dar cuenta de la integridad de nuestra existencia al recordar y reflexionar, Elliot incorpora a menudo este ejercicio en la estructura narrativa de sus películas. Las desdichadas vidas de sus protagonistas suelen estar relatadas mirando hacia atrás, a veces a través de un testigo (la vida del tío desde los ojos de su sobrino en Uncle o la del primo del protagonista en Cousin), otras por un narrador omnisciente (la voz de Geoffrey Rush contando la vida del entrañable Harvie Krumpet) y otras, como es el caso de Memorias de un caracol, por la propia protagonista de la historia.

Al relatar estas trayectorias vitales con la perspectiva del tiempo ya vivido, se pone de relieve la sucesión de desgracias que han marcado el transcurso de la existencia de los protagonistas. Sin embargo, en sus relatos, el director de Mary and Max encuentra también la manera de filtrar algo de luz. Sus primeros cortometrajes, principalmente por la sosegada entonación de sus narradores y por el minimalismo de los escenarios, evocan un sentimiento de nostalgia y de añoranza por un pasado a veces más cálido.
También, el cineasta australiano ha hecho siempre gala de un acertado sentido del humor negro y de juegos irónicos que vuelven más soportables a sus narraciones. Aunque sufridores, los personajes de su cine encuentran de la forma más inesperada pequeños resquicios de felicidad y de amor. Elliot evita así que sus películas sean simples ejercicios de crueldad y exhibe compasión ante sus desvalidas criaturas. La idea es que, pese a su parte negativa, la vida debe ser experimentada: “Life is like a cigarette, smoke it to the butt”, concluía su Harvie Krumpet, ganadora del Oscar a mejor cortometraje de animación en 2003.
La obra de Adam Elliot, por lo tanto, puede ser vista como un complejo ejercicio de equilibrismo entre lo trágico y lo cómico.
En Memorias de un caracol el punto de partida es, como siempre, tremendo: Grace, la protagonista, rememora su infancia en los años 70, marcada por una malformación en un parto prematuro al que su madre no sobrevivió, el alcoholismo y la ludopatía de su padre parapléjico y el acoso en el colegio. No obstante, tiene motivos para la alegría, como su relación con su hermano Gilbert, su afición por la literatura y su pasión por el coleccionismo de figuras decorativas de caracoles: es, pese a todo, una niña feliz y ella misma se define como alguien que ve siempre el vaso “medio lleno”. Sin embargo, cuando su padre fallece, los dos hermanos son separados y enviados a hogares de acogida, donde ambos experimentarán más eventos infaustos que los arrastran a un depresivo presente.
Memorias de un caracol es una película fecunda en simbolismos y paralelismos; uno de los más transparentes es el de la propia protagonista con un caracol, que se esconde bajo su propia concha como mecanismo de autodefensa ante un mundo hostil. Sin embargo, Adam Ellliot cree que hay reductos de esperanza para su frágil protagonista; bajo la forma de las cartas que envía a su hermano Gilbert una vez son separados o en forma de una amistad con Pinky, una excéntrica anciana a la que conoce en una biblioteca.
Al igual que en Mary and Max, su director está convencido de que son los encuentros más improbables los que dan sentido a la vida.
Quince años son los que separan precisamente a esta película de Mary and Max, un largo hiato motivado en gran medida por la lenta producción de Memorias de un caracol, extendida durante ocho años debido a su laboriosa realización artesanal. El aspecto formal de la película refleja este complejo trabajo: aún siendo puro Adam Elliot, la película cuenta con una viveza y un nivel de detalle como el que nunca se había visto en sus películas, que permiten desplegar un rico imaginario. Del mismo modo, sus personajes ganan en expresividad y flexibilidad; se muestran más moldeables que nunca para encarnar el paso del tiempo y también para gesticular en los momentos cómicos, sin que eso signifique una renuncia a la comedia deadpan insignia del australiano.
Ya sea mediante esta forma de comedia inexpresiva, gags de puro slapstick, guiños referenciales o juegos de palabras, Adam Elliot exhibe una gran vis cómica.

Por ello, resulta una lástima que en esta película se acentúe su recurso frecuente a lo trágico y lo tremendo como un desmedido contrapeso dramático. Aun asumiendo que en su trabajo siempre hay una de cal y otra de arena, en Memorias de un caracol la sensación es que por momentos se pasa de frenada y los personajes, especialmente Grace, son meros sacos de boxeos condenados a resistir las embestidas de la vida.
Es ahí donde la cinta cae en una contradicción: para enfatizar su mensaje final de optimista resiliencia, se regodea antes en el sufrimiento y el infortunio. Si su autor desea defender que la vida debe experimentarse siempre hacia adelante, sin detenerse en el pasado, resulta una pena que parezca condenar a la protagonista a definir su identidad a partir del trauma, en una lógica de «siempre se puede ir a peor» que hace que los giros finales más complacientes terminen resultando algo cínicos.
Por su metodología y su filmografía, sabemos que hay pocos directores tan orfebres como Adam Elliot, un esmeradísimo constructor de universos y un minucioso diseñador de criaturas; por eso nos gusta especialmente cuando su cine, más que mostrar el vaso medio vacío, nos muestra el vaso medio lleno.